El trencito de Lobos: la historia desconocida de la máquina que forjó a una familia


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Hace 23 años, Juan Carlos Alonso transporta cientos de niños, y hasta una vez, llevó a una pareja de recién casados en su noche de bodas. Los abuelos que pagan el boleto para recordar su infancia. Y un negocio jamás imaginado que salvó a su propia familia.

 

En el año 94 Juan Carlos Alonso tenía un problema. Su hijo mayor, Pablo, terminaba la Secundaria y mientras el pibe planeaba cuántas fiestas iba a tener en la despedida del curso, él pensaba en cómo iba a pagarle los estudios en La Plata. Su hijo quería ser contador. Un sábado por la tarde, la solución se la dio Nicolás, su hijo menor, con seis años. Sonaba la música del trencito de los niños, conocido como La Gallinita (por tener la trompa de la locomotora con forma de gallina), que venía desde  Mercedes. Nico se desesperaba por ir a la plaza Tucumán a subirse al trencito. Y Juan Carlos, mientras le pagaba el boleto para el viaje, pensó: “va siempre lleno, el dueño se está llenando de plata”.

 

Se sentó en un banco medio alejado, contó la suma de pasajeros, tomó nota mental de la cantidad de vagones, observó detalles de la estructura de la locomotora y calculó gastos del recorrido. Para concluir el relevamiento, se acercó al tren y lo caminó para dar con el largo.

 

—¿Qué hace, compañero? —le dijo el dueño de La Gallinita.

 

Juan Carlos dudó, se sentía descubierto, en falta, pero eligió ser sincero. Le contó que Pablo su hijo mayor, quería estudiar Economía y que él tenía un taller de elásticos para camiones, pero que con eso no le daba para costear viajes, alquiler en La Plata, libros, comida. Quería que su hijo estudie, que no termine trabajando en el taller, sino que el día de mañana tenga un título, como el que él no tuvo. En resumen, le confesó todo y remató:

 

—Amigo, usted está haciendo plata, y yo también la necesito.

 

El maquinista miró el trencito, mientras de fondo empezaba a sonar “es la hora, es la hora, es la hora de jugar”, la canción de Xuxa que en ese verano del ’94 fue furor. Luego lo miró a Juan Carlos, sin apuro. Los segundos pasaban y la tensión entre esos dos hombres era ignorada por la decena de chicos listos para que arranque La Gallinita.

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—Miré, compañero, usted dele para adelante con su trencito. Cuando lo tenga hecho yo no vengo más, le dejo el negocio. Para usted y para su hijo.

 

“Y el tipo cumplió che”, rememora Alonso, “cuando empecé no vino más, macanudísimo!”, cuenta hoy con 66 años cumplidos y tantos kilómetros arriba de su propio trencito como para dar una vuelta al mundo.

 

 

En el ’95 Pablo se pudo ir a estudiar a La Plata. En la semana gastaba libros para ser el primer Alonso de la familia con título universitario y, los sábados y domingos, en Lobos le daba una mano a su papá manejando el trencito. “Es fácil, como un auto”, asegura Pablo respecto a la conducción. “Encarás con la trompa y el resto sigue solo”. Lo que sigue son cuatro vagones de diez pasajeros cada uno. “Antes tenía cinco vagones, pero la máquina sufría mucho”, explica Juan Carlos. La máquina es un motor Jeep Continental de 4 cilindros modelo ‘60. Con esa máquina también supo recorrer Roque Pérez, Monte, Navarro. No levanta más de 40 km/h en la ruta, “por eso no puedo ir más lejos ¡pero me han llamado hasta de Saladillo!”. Para estacionar necesita por lo menos media cuadra libre —son veinte metros de largo— ya que como buen tren, no puede hacer marcha atrás. Patente, seguro especial y un registro de conducir habilitado para transporte público de pasajeros, todo en regla para cualquier tipo de salida y al servicio de la educación familiar.

 

En el ‘99, ya Pablo iba encaminado con contabilidad, pero ahora Romina, la segunda de los Alonso, dejaba el nido y quería estudiar abogacía. Pero antes también fue parte de la fiesta de egresados de la secundaria de Romina. “Me dijo que eran menos”, recuerda Juan Carlos “pero se subieron como 70 al trencito, ahí dije ¡nunca más!”. Ese fue el récord de transporte del trencito, y la última vez que lo llevó a una fiesta adolescente de sus hijos.

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Pasajes y títulos profesionales

 

Año 2004. ¡Se recibe Pablo! Huevos, harina, globos de agua, todo sobre la humanidad del flamante contador que acaba de salir de la facultad. Ese fin de semana pocos de los nenes que desbordaban el trencito se dieron cuenta, pero el maquinista iba hinchado de orgullo: su hijo mayor ya tenía un título.

 

Año 2005. Ahora le toca al tercer y último Alonso, Nicolás, quien parte rumbo a La Plata porque también quiere ser contador. Era el más fanático del trencito, claro, empezó cuando él tenía 8 años, ahora con 18 el tren era parte de casi toda su vida. Nico lo acompañaba a su papá a los otros pueblos, animaba a los nenes con el micrófono, les cantaba. Así bien lo resume él mismo: “Muchas veces me ponía más pesado que los propios nenes, era insoportable”. Pero ahí estaba el trencito sumando vueltas extras: viajes a escuelas, despedidas de soltero, de Secundaria, cumpleaños de quince. “Una vez hasta hice un casamiento”, recuerda Juan Carlos. “A la salida de la iglesia subí a los novios y varios invitados, y los llevé a todos al Spa”.

 

Ya estamos en el 2009, en este viaje generacional arriba del trencito más famoso de Lobos. Y ahora se nos recibe Romina ¡la familia Alonso tiene abogada! Los años pasan, el boleto que en sus inicios salía un peso hoy está veinticinco. “Siempre fue más o menos el valor de un litro de nafta”, simplifica Juan Carlos. El trencito que supo animar los carnavales de La Paz Chica, en Roque Pérez, o que desfiló orgulloso en las celebraciones del día de Lobos y Roque Pérez, hoy ya no sale mucho de la ciudad. “Es que el trencito se hizo una tradición en Lobos”, explica Juan Carlos. “Si un sábado no vas, el domingo los chicos te reclaman y se te enojan”.

 

 

Año 2018. Recién empieza y el trencito ya está firme. Con su vuelta de cuatro kilómetros, aún sabe lo que es terminar el recorrido y que haya una fila de gente esperando para la próxima salida. Desde octubre hasta semana santa, año tras año, jamás faltó a la cita. “Y jamás choqué, cruz diablo, llevo veintitrés años invicto”, se enorgullece Juan Carlos y agradece: “He tenido suerte y prudencia”. Sobre el final de la charla, Juan Carlos llega a su propia conclusión: “¿Vos sabés qué es lo que más me gusta de esto?”. Y explica: “No tiene parte fea, porque te distraés, conversás, no tenés apuro ni horarios y si tardás veinte o treinta minutos la vuelta, nadie se queja”.

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El paseo para él inicia desde que lo saca del taller y pasa por la YPF a cargar combustible. “Ahí el playero siempre me toca la campanita, ¡le encanta!”, se ríe Alonso, ya jubilado tras más de 50 años en el taller de elásticos. Y va a seguir por mucho tiempo más. “Jamás pensé en dejar en el trencito”, se enorgullece, “nunca lo hago forzado”.

 

También las distintas generaciones se van sucediendo en el trencito. “Hoy la mitad de los padres que vienen con sus hijos, anduvieron en el trencito cuando eran nenes”, cuenta Juan Carlos. Suben los abuelos con sus nietos, incluso varios abordan sin nietos. Esos suelen acercarse tímidos, a preguntar si se puede viajar ‘siendo grande’. “Yo les digo: el trencito es para chicos y grandes”, explica Juan Carlos “para no decir viejos que queda mal”. Asegura que los “grandes” lo disfrutan incluso más que los nenes. Quizás porque en el tren, que transita todas las generaciones, al final del viaje se aprende que no falta tanto para que el recorrido llegue a su fin, que la música se apague y haya que bajarse del vagón y que, para cuando todo termine, lo más valioso, es haber disfrutado del viaje.

 

Cobertura fotográfica: Fernando Sambade – Espacio Mirar

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