Tu cuerpo pide salsa


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Leo Ullua conoció Lobos 25 años atrás haciendo paracaidismo. Y se transformaría en el profesor de salsa más convocante de la ciudad. Llegó a tener 108 alumnos. Fue guardavida, motoquero y personal trainer. Por qué se inspira en Napoleón.

 

 

 

 

Leo Ullua está cayendo del cielo –es un puntito sobre el fondo celeste–, un puntito que se hace cada vez más grande, desciende a más de 200 kilómetros por hora directo al suelo lobense. Nació en Capital en el ’70 y es su primera vez en Lobos: llegó como alumno de paracaidismo. Aún no sabía que en el paracaidismo no pasaría de alumno, y en cambio, quince años después, para todos sería, en Lobos “el profe”. El profe de salsa. En esa década y media del salto a la actualidad pasaron muchas historias, y pasaron muchos alumnos. Leo le puso música y salsa a la vida de cientos de lobenses. Cayó literalmente en paracaídas, pero se arraigó a la ciudad como pocos. “De Lobos me gusta todo”, confiesa Leo “hasta el nombre, es agresivo: Lobos”.

Entre ese salto y su aterrizaje como profesor de salsa, en el medio, hubo mucho “baile”. Laura Giberti fue una de sus primeras alumnas allá por el 2014 cuando Leo debutó en Lobos como profe. “Parecía más un profesor de karate que de baile”, recuerda Laura “con esa voz gruesa y esa pose intimidante”. Y no estuvo tan lejos, Ullua fue muchas cosas además de salsero. Llegó a segundo dan de Sipalki-Do, un arte marcial de origen coreano que contiene 18 técnicas de lucha con 15 armas diferentes. Pero también fue guardavida, personal trainner, trabajó la cerámica, administrativo, motoquero, podador de árboles, levantó quiniela. Hasta que a los 32 años se separó, y a los 34 empezó a tomar clases de salsa. A los 39 dio su primera clase como profesor. Y hoy con 48 es la referencia para hacer salsear a la ciudad. Él lo resume así: “La salsa fue blanquear mi vida”.

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“Como profe formás parte de la vida de la gente”, explica Leo “llegué a tener 108 alumnos propios en una sola clase”. Ullua enseña en capital, no solo a alumnos sino también a profesores. Sus semanas tienen siete días de salsa, algunos con 12 horas de baile. “Esta exposición te pasa mucha factura, mover tantas personas te exprime la energía, pero me apasiona”.

Arma de seducción. Dice que muchos tuvieron su debut sexual gracias a la pasión que despierta la salsa.

 

En esa primer caída a Lobos, Leo aterrizó en el aeroclub Fortín Lobos, pero luego terminó en su pileta. Cuando la concesión de la piscina pasó a estar a cargo de otro reconocido profesor local, Martín Garrocho, un visitante fijo era Ullua. Al final dejó el paracaidismo, pero nunca, aún hoy, las visitas a la pileta y a Martín. Así lo recuerda Garrocho: “llegaba en una moto chopera, de cuero y en el vestuario se cambiaba a guardavida, se transformaba en dos personas distintas, de motoquero a sex simbol”. También fue un testigo de cómo creció la pertenencia con la ciudad. “Me dice todo el tiempo que ama a Lobos, él es muy expresivo, es un enamorado de esta ciudad y de su gente”. Y en su dedicación a la salsa y la enseñanza Martín lo define así “le pone mucha garra a todo lo que hace, y por sobre todo: es un talentoso”.

“Para conquistar Lobos estudié las técnicas de invasión de Napoleón”, se sincera Leo. Su sueño es lograr un gran clan de salsa, que sus alumnos sean reconocidos por su calidad para la danza. Para eso sus clases tienen mucha energía, mucho humor, pero también mucha disciplina. “La salsa es un baile que tiene reglas, me gustan las reglas”. Esas reglas ordenan a sus alumnos y logra la magia de poner a bailar a cualquier mortal en una sola clase. No importan que tan patadura, sordo o descordinado sea, luego de una hora y media bajo la dirección de Ullua, el alumno descubre las reglas y la magia de la salsa.

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Uno de sus primeros alumnos fue también Víctor Carrazan. “La primera clase me quedé anonadado, ver hacer bailar a tanta gente y con tanta facilidad”, recuerda Víctor “el ambiente que forma es hermoso, me incentivó a dar lo mejor de mí para aprender y bailar con la pasión que él lo hace”. Así fue que Carrazan no solo aprendió a bailar, sino que en las clases conoció a Laura, la alumna que mencionamos al principio. Y parece que le metió mucha pasión, porque hoy son pareja y Benicio, el hijo de ambos, tiene dos años.

“Algunos empezaron a tener relaciones sexuales gracias a la salsa”, asegura Leo, sin hacer referencia a nadie sino al poder de seducción del baile. “Me apasiona la conquista del grupo”, explica Leo “uno seduce con cada movimiento, con cada palabra, estás bailando y enseñando con decenas de ojos sobre vos, un mal movimiento y estás afuera”.

Apto todo público. Desde principiantes hasta instructores expertos, todos encuentran su lugar.

 

 

Cada jueves Lobos salsea de 20:30hs hasta casi entrada la medianoche en el primer piso del club Atlethic. Desde el que jamás pegó dos pasos en su vida hasta profesores recibidos, todos marcan el son bajo la tutela del profe de salsa. “Mis clases son clases de entrenamiento”, define Leo, y entrena a sus alumnos en disfrutar lo mejor del baile, no solo la seducción, sino lo social, la confianza, las relaciones humanas. “Leo transmite y trabaja con valores como el respeto, la lealtad, el amor, el compañerismo, el cuidado por el otro”, define Laura “y lo hace porque lo ama, doy fe de que muchas veces invierte tiempo y dinero sin ganar, pero es su proyecto, su desafío”. Llueva, truene o caigan paracaidistas, Leo está todos los jueves en el club. “Es mi trabajo, pero no voy detrás de la guita”, y explica que realmente va mucho más allá de su medio de vida: “Le tengo miedo a la vejez y esto me mantiene joven”. El profe de salsa que enseña a través del baile, busca mucho más que buenos pasos “Yo quiero que la gente me quiera, que mi velorio esté lleno”.

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