Roberto Jofre: El verdulero que se hizo artista internacional y hoy vive en Lobos


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Tuvo 20 años una verdulería hasta que se volcó a la pintura. Lleva 3000 cuadros hechos. Y hoy cuelgan en galerías de todo el mundo. Hace nueve años, mudó su casa y su taller a Lobos, su lugar en el mundo. El día que sus cuadros hicieron llorar a una brasileña. Y hechizó a un músico de la Filarmónica de Viena.

 

 

 

Quién diría que en este chalet, en la zona de quintas camino a Empalme se ha mudado un artista cuyas obras cuelgan a lo largo y ancho del planeta. Quién diría, aún más, que este artista que nació en Avellaneda tiempo atrás era verdulero –lo fue durante 20 años-. Sus estudios en la escuela industrial donde egresó como técnico mecánico –nunca ejerció-  tampoco indicaban una inclinación al arte. Ni siquiera sus padres –papá pintor de máquinas-, señalaban que el destino lo llevaría del lado de la pintura. Pero un día, en el 2001, Roberto Jofre decidió seguir un berretín de niño y se apuntó en un taller de arte, aprendió las nociones básicas de la expresión artística, y el profe le dijo lo que dicen los profes cuando ven un alumno con pasta: lo alentó a ir por más. Y pasaron los años, y 15 años atrás instaló su taller en La Boca –a media cuadra de la emblemática calle peatonal Caminito- y se volvió punto de atracción del turismo. Y sus cuadros llegaron a lugares impensados.

 

Lobense por adopción. Jofre en su taller camino a Empalme donde vive hace nueve años.

 

Se presentó en eventos de primer nivel: desde galerías, por invitación, en Nueva York hasta una feria de arte internacional –el Art Shopping- en el museo del Louvre, en París. Y ganó premios prestigiosos, con tan pocos años en el rubro que ni a él mismo le entraban en la cabeza. Pero, el punto geográfico que nos interesa aquí es este: nueve años atrás, dejó todo y decidió mudarse a Lobos. ¿Por qué a Lobos?  Esa es la primera pregunta que le hacemos en ADN Lobbos a Roberto Jofre, ya instalado en la ciudad, feliz, con taller propio y bajo perfil.

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“Siempre soñé vivir con un lugar fuera de la ciudad. Yo toda mi vida transcurrió en Avellaneda. Conocí Lobos de escapadas de fin de semana. Y me empezó a gustar tanto que tomé la decisión de radicarme acá. Estoy entre el centro y Empalme, se llama barrio de quintas. Un lugar muy tranquilo. Acá tengo mi casa y mi taller. Me había volcado después de la frutería a un puesto de diarios. Y dejé todo para venir acá y dedicarme de lleno a la pintura. Esta ciudad y la gente pasaron a ser mi lugar en el mundo”.

 

-¿Cómo nace su inclinación por la pintura?

-A mí me gustaba de chico. Pero no tenía de donde agarrarme. Y nunca me propuse apuntarme a ningún taller. Hasta que ya, pasados los 40 años, me anoté en el 2001. Empecé a pintar sin pensar todo lo que pasaría después. Arranqué con una muestra en el Fundación Bollini, un bar legendario de Barrio Norte. Fue todo tan rápido que no me dí cuenta lo que pasó.

 

-¿Cuántas obras lleva pintadas?

-Llevo un registro de cantidad de obras hace unos años. Calculo que ya pasé las 3 mil pinturas. Y llevo registradas ya en mi contabilidad dos mil. Las viejas obras no sé ni dónde están.

 

-¿Cuál fue la obra más importante que vendió?

-Era sobre unos músicos, y precisamente me la compró un músico de la filarmónica de Viena. Se vendió a 4 mil dólares. En Europa las cotizaciones se triplican con respecto a los precios de acá. Es otro mercado.

 

Rumbo a Europa. Con el cuadro y el músico de la Filarmónica de Viena que se enamoró de su obra.

 

Su inspiración y lo que ha inspirado

 

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-¿A qué pintores argentinos admira?

-Son muchos. Pensá que soy autodidacta entonces siempre experimento y busco cosas nuevas. Mis pinturas son expresionistas, pero años atrás, a raíz de un viaje a Europa, me puse a explorar con el arte abstracto que me resulta muy grato. Como pintores argentinos favoritos, te nombro a Raúl Russo, Carlos Alonso y Claro Bettinelli. Los identifico con lo mío. Más allá, obviamente de Quinquela Martín, de quien tomo sus colores. Y tengo mi galería en su barrio y su cuna en la Boca.

 

-Imagino que debe tener muchas historias de clientes extranjeros que pasan por su local. Cuéntenos algunas que lo hayan impactado.

-Te cuento dos. Una vez, yo recién empezaba y me compró un cuadro un empresario de Puerto Rico. El cuadro era una pintura de un personaje sentado en un bar. Cuando vino a buscarla, el hombre llegó con varios secretarios. Me dijo que era coleccionista de arte. Yo estaba nervioso. Y él me dijo: ‘Tu cuadro va a tener el honor de estar al lado de un Miró y un Picasso originales’. No lo podía creer. Fue la venta más emotiva de mi vida. ‘Si me hubiera dicho eso antes’, le respondí. ‘Se la regalaba’. Aún hoy, no lo puedo creer.

 

-¿Y la última historia de clientes?

-Una vez, entró a mi galería una turista brasileña y se quedó paralizada mirando los cuadros. ‘¿Qué le pasa?’, le pregunté. Y la mujer estaba llorando. “¿Sabe qué pasa?”, me dijo. “Usted, dentro de sus pinturas ha volcado el corazón”. Es mi pasión pintar, me la guardé de chico hasta los 44 años que empecé con esto. Se ve que algo de esa emoción queda en mis cuadros.

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