Reparte diarios en la ciudad hace 54 años y en la misma bici


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Hugo Colombo es el canillita más histórico de la ciudad. “Andar en bicicleta para mí, ya es como tomar mate”, dice. ¿Cuántas vueltas al mundo lleva recorridas repartiendo diarios? Y la pregunta del millón: ¿por qué se resiste a usar moto?

 

 

El 7 de mayo de 1989 se inauguraba el circuito de bicicletas del parque, con más de 700 ciclistas, pero solo uno de ellos llevaba ya cinco vueltas al mundo. En la misma bicicleta, lleno de diarios y revistas, y sin salir de Lobos.

 

Cincuenta y cuatro años atrás, Mario Hugo Colombo se subió a una bicicleta, la cargó con diarios y salió a repartirlos por toda la ciudad. Aún no paró. Lleva pedaleados 525.000 kilómetros, poco más de 13 (sí, trece) vueltas al mundo, y calcula que algunas más le va a dar. “Voy a seguir repartiendo”, amenaza Colombo “mientras me den las piernas”.

 

Tiene sesenta y ocho años, esposa, Silvia, y tres hijos: Gisele, Gonzalo y Gastón. “Tiene las fuerzas y las ganas intactas”, reconoce Gastón “pero solo le pido que descanse un poco más”.

 

Hugo Colombo (nadie le dice Mario, porque ese nombre ya lo usaba el padre), no nació en Lobos, pero la ciudad lo adoptó. Oriundo de Pueblo Doile (San Antonio de Areco), llegó a nuestra localidad a los 12 años. A los pocos meses ya estaba trabajando en la zapatería de Costa (esquina de 9 de Julio y Buenos Aires ¿Se acuerdan?). Los cuatro hermanos de su mamá trabajaban en la venta de diarios, y esos tíos lo tentaron a que se haga canillita. Así que continuó en lo Acosta por la mañana y se largó con los diarios por la tarde. “Empecé con veinte” recuerda “y desde el primer día en bicicleta”; parece que le gustó, porque todavía no se bajó.

 

Hugo lleva pedaleados 525.000 kilómetros

 

A los 16 fue el punto de no retorno. Dejó la zapatería y se dedicó por completo. “Llegué a tener, solamente de La Razón: 200 clientes”, esgrime orgulloso Colombo. Es que vivió la época dorada del diario –años ’70, ’80-, la gente compraba La Nación a la mañana y La Razón a la tarde. Hasta a Hugo le cuesta creerlo: “hoy es impensado, dos diarios por día en una casa”. También es impensado que alguien pueda pedalear todos los días -cargado de papel- por más de medio siglo. “Es que andar en bicicleta ya no me produce ningún esfuerzo”, fanfarronea Mario Hugo “es como tomar mate”.

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No es cierto que tome mate mientras pedalea, pero sí en varias casas de sus clientes. “De eso depende cuanto tarde el reparto: de las paradas a tomar mate”, confiesa. ¿Cómo no lo van a esperar con el mate? Si hay casas que lo reciben desde el primer día, cuando un Huguito de trece años les llevaba el matutino. Así lo siente el protagonista: “Después de tantos años, soy uno más de la familia”.

 

De esa época dorada que hablábamos, el pico fue el ’78. “En el mundial se agotaba todo lo que salía”, recuerda Colombo y le brillan los ojos verdes “diarios, revistas, posters; se llevaban todo”. Es el sueño del canillita: volver a su casa agotado (y no precisamente de pedalear).

 

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-Disculpe jefe, ¿para ir al hotel Petit?-. Le preguntan desde la ventanilla de un Palio.

 

Colombo responde y luego nos responde: “acá en mi puesto de diario, es información continua; dónde comer, dónde comprar, qué pueden ver en Lobos”. Expone con la seguridad del hombre que se dedica a vender la información (en forma de diarios y revistas).

 

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Según registros del servicio meteorológico nacional, en estos últimos 54 años: hubo lluvia, viento, tormenta, granizo, rayos y centellas. “Nunca dejé de salir por el clima”, responde inmutable. “No se puede dejar el reparto para la tarde”, explica como quien señala la mayor obviedad. “Como van las noticias hoy, para las 8 de la mañana el diario ya es viejo”.

“Cuanto tarda el reparto, depende de las paradas en casas de los vecinos a tomar mate”

 

Es que la tecnología, internet y demás, atacan al diario en papel. Aunque a veces también le dan una mano. “Los clientes me mandan un mensajito mientras estoy repartiendo porque vieron alguna revista en la tele; y saben que enseguida se las llevo”. En verdad Colombo no solo es el canillita más pedaleado, sino también el primer delivery de la historia de Lobos.

“Nunca dejé de salir por el clima”, responde inmutable. “No se puede dejar el reparto para la tarde”

Y con respecto a  los aguaceros. “Botas, equipo de lluvia, los diarios bien tapados y a otra cosa”, simplifica. Pero no todo es tan simple, hay algunas complicaciones impensadas: “Sí, los equipos de lluvia me duran muy poco”, reconoce Hugo “se me rompen todos los pantalones, no aguantan la fricción del pedaleo”. Así como el Chucaro las gastaba en el baile; Colombo los gasta en la bicicleta.

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Para confirmar la cantidad de kilómetros que pedalea el canillita estrella de la ciudad, ADN Lobos le puso un GPS y asegura que -todos los días-, recorre 28.380 metros y llega a una velocidad máxima de 20 km/h. Sobre la bici está casi dos horas, pero entre la paradas, y dependiendo del largo de los mates, le lleva más de cuatro. No entra todo en un solo canasto, así que tiene que volver dos o tres veces por turno a recargar a su casa. Repartió desde que empezó 3.500.000 de ejemplares, lo que es lo mismo que decir: el peso de 230 elefantes. Parecen muchos, para una sola bicicleta.

 

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Hay que reconocerlo: es una profesión de riesgo. El barro (porque su reparto no se limita a los pudientes que viven sobre asfalto), el barro en varias oportunidades le pegó una patinada y fue con bici, diario y revista, al suelo. Chocó una sola vez, con una moto, “pero lo curioso, es que con el chico habíamos estado charlando hacía cinco minutos”. Por lo visto no hablaron de por dónde iba a ir cada uno. Pero donde sí la vio fea, fue entregando un simple diario. “Fue en lo de un cliente de toda la vida: la familia Ojeda”, recuerda Hugo. “Ellos solían tener varios perros doberman”. Recordamos que el comisario José Miguel Ojeda llegó a ocupar uno de los más altos cargos en la policía provincial. “Durante el día los tenían siempre encerrados en los caniles”, y Colombo entró como siempre, a la vivienda vacía, a dejarles el diario, “pero ese día parece que alguien los dejó sueltos”.

 

“Voy a seguir repartiendo mientras me den las piernas”

 

“Siempre me metía hasta bien adentro de la casa, ese día me doy vuelta y tengo a los perros a dos metros míos mirando como para comerme”. En ese momento se la vio color negro, se podría decir: negro Doberman. Pero tenía a alguien nunca lo dejaba solo. “Lo único que atiné a hacer, fue poner mi bicicleta entre los perros y yo”. Aún hoy no, se explica bien el poder disuasorio que pudo tener su vehículo de trabajo sobre esos animales entrenados para atacar. Pero los perros se mantuvieron firmes, sin avanzar, pero sin retroceder. “Tenían la vista clavada en mí, y me llevó varios minutos animarme a dar un paso”. La estrategia fue cauta. “Corría la bicicleta un metro y daba un paso, muy despacio”. Los doberman, al compás, se corrían otro metro. No atacaban, pero no dejaban de amenazar. “Estaba lejos y me llevó un tiempo enorme llegar al portón de salida”, explica Hugo “pero ni bien pisé la vereda, se dieron media vuelta y se fueron para la casa”. Se podría decir que ese día, su bicicleta le salvó la vida.

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¡Aunque ojo! A no confundirse con este personaje lobense, al que todos saludan con una sonrisa. También tiene su sombra. Y si no es cuestión de hacerle la gran pregunta: ¿Por qué no se compra una moto? “Por me gusta mucho andar en bicicleta”, responde rápido. Pero hay que indagar más: ¿solo por eso? “Bueno, con la bici te podés subir a alguna vereda, hacer alguna cuadra en contramano”. Y ahí muestra Colombo su costado transgresor. Sin embargo falta lo peor, su perfil vandálico. “He roto de todo”, confiesa. Muchos diarios se enrollan y se arrojan casa por casa. Nada ha quedado a salvo. “En la época que repartían la leche en botella”, recuerda sin lamentarse por la vaca que se ordeñó en vano. “Macetas, vidrios… si les querés pegar a propósito no te sale!”. Pero aún así, sin querer queriendo, carga un larga lista de daños y perjuicios.

“Bueno, con la bici te podés subir a alguna vereda, hacer alguna cuadra en contramano”

Algo especial debe tener ese rodado porque ya lleva cincuenta años con él. La rueda delantera tiene freno de moto Puma Galga, dos guardabarros de chapa más una extensión de goma en el delantero, bocina de timbre, horquilla delantera reforzada con un par de caños, cajón de madera con banderita argentina, cincho en el portaequipaje trasero para atar las revistas, banditas elásticas en el manubrio (para enrollar los diarios), capa de nylón para tapar la mercadería y aproximadamente cien soldaduras distintas. ¿Por qué no la cambia? “Me compré una nueva”, aclara “pero la vieja es más cómoda”.

Premio a la trayectoria al cumplir 50 años de trabajo. Creación del artista Osvaldo Disanto

 

Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

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