El chofer de Lobos que llegó con su remis hasta el Amazonas


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Para Roberto Rodríguez, cada viaje es una aventura. Habla tres idiomas. Y dice que trabaja de remisero por placer. Cómo fue el viaje de 5000 kilómetros que lo sumergió en la selva.

 

 

Habla inglés, portugués y siempre tuvo autos de alta gama. Desde hace diez años, es uno de los 30 choferes de la agencia El Gaucho. Pero su trabajo de remisero no lo hace por dinero. Es —dice él— su hobbie. “Cada viaje, para mí, es una nueva aventura”, asegura Roberto Rodríguez, acomodándose el pelo a lo Luis Machín. “A mí me gusta la vida al aire libre y conocer gente —agrega convincente— y por suerte tengo otro trabajo donde me alcanza para vivir”.

 

Desde estancias como La Candelaria y Santa María, los turistas del mundo del polo llaman a la agencia y lo piden especialmente. Ya trasladó pasajeros de Moldavia, de la India, ingleses, portugueses y alemanes. Hace semanas, transportó a una dinamarquesa. Desde una mesa en La Marina, sonríe de costado. “No sabía una jota del castellano —explica— y nos fuimos entendiendo con mensajes de whatsapp en inglés”.

 

Maneja a diario ocho horas su Renault Influence alta gama que cambió hace poco —desde el mediodía hasta las veinte— y lo hace con placer. Dice que su fuerte es ser cordial con las personas mayores y afirma: “Es muy difícil que ande serio arriba del auto”.

 

Roberto estudió para cura en un colegio pupilo, aprendió inglés y abandonó en cuarto año. A los veintidós, dejó de trabajar en una agencia de lotería en Lobos y partió hacia Capital Federal. Allí, vivió junto a sus cuatro hermanos en un departamento de un ambiente. “Fueron años de miseria linda”, sonríe. Uno de ellos, le avisó: “Si no te calzás un traje, no vas a conseguir laburo en Capital”.

 

Sus ahorros se achicaron, hasta que se presentó en una agencia de colocación “bien empilchado” y al otro día, comenzó a trabajar en un banco. Fue cadete, hasta ser encargado del armado de los clearing en el extinto banco de La Rioja. Hacia mediados de la década de los 90 fue jefe en una empresa textil, pero la apertura de importaciones de aquel tiempo, hizo que en poco meses tuviera que cerrar. Hacia 1996,  continuó con  el trabajo en administración y regresó a Lobos.

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Conductor designado. Roberto, el preferido del turismo polo.

 

 

Roberto nunca taxi

Ya pasó una década desde que Roberto —El Gallego— se subió a su remis y no detuvo su marcha. La decisión, la tomó después de hacer un viaje con un amigo remisero que lo convidó con un “venite a laburar con nosotros, Gallego”. Pero, al principio, la idea no le cerraba. “Para mí, en ese momento, trabajar de remisero es como si me hubiesen dicho andá a limpiar zanjas”.

 

Pero el prejuicio se transformó en pasión. Todo se dio para que —apenas un mes después— elija embarcarse a diario arriba de su auto. Le sobraba el tiempo: se la pasaba sentado mirando televisión y le molestaba todo. Con el trabajo administrativo en Capital que resolvía a distancia, el ocio lo perturbaba cada vez más. Asegura que el remis fue su válvula de escape. Enarca las cejas. Dice: “Tenía que hacer algo o, fuera de broma, terminaba mal”.

 

Carlos Yrigoyen, trabaja junto a Roberto en El Gaucho y lo conoce como pocos. Cuenta que cuando Roberto tiene un viaje para compartir se comunica con él y destaca que jamás un cliente llamó a la agencia para quejarse. “Es puntual y tiene algo que no abunda: es un chofer que la pasa bien arriba del auto”.

 

El remis me reditúa anímicamente, me da moneda, estoy al aire libre, me distraigo y paseo.

 

Las claves del Gallego

Sus consejos para personas que quieran iniciarse a pilotear un remis, son tres. La primera. No romper el auto. “Al embrague ni pisarlo”. Dos. Ser educado y respetuoso con todo el mundo. “Jamás nadie dijo a éste no me lo mandes”. Tres. Disfrutar cada viaje. “Si no, te sale una joroba”.

 

¿Cómo es ser remisero en Lobos?

Esta ciudad es muy difícil para manejar. Hay que estar atento a los chicos con patineta, perros que andan sueltos, de los que no usan los guiños, los repartidores, colectiveros y señoras distraídas.

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¿Qué cosas son las que más te gustan de ser remisero?

Me reditúa anímicamente, me da moneda, estoy al aire libre, me distraigo y paseo. Ah, y no tengo jefe.

 

 

 

 

Cierre despacio

A punto de cumplir 60, Roberto lleva una vida “planificada” y no llega a su casa más de las veinte, donde vive con su hijo de dieciocho. Cenan, hace zapping entre noticieros y documentales de viajes y a la medianoche, ya está en la cama. Conoce las bandas que escuchan los amigos de su hijo. En la lista, Roberto enumera a Led Zeppelin y Ac/Dc. “A veces suenan en el auto —hace seña de tocar el volumen— pero tranqui”.

 

En Lobos, sólo a cuatro personas no carga en su coche. No da nombres pero se descarga. “Me molesta la gente maleducada que no agradece, que se dirige mal y cuando se van pegan el portazo”.

 

Destino Búzios

Entre tantas de sus salidas fuera de Lobos, hubo una que le cambió los días para siempre. Estaba tomando un café en el restaurant El Pescador en la Laguna. Un cliente conocido, el Blanquito, lo interceptó.

 

—Nos rajamos a Brasil y nos da miedo el avión. Queremos que nos lleves vos, en remis.

 

—Esperá: ¿A qué parte de Brasil?

 

El punto de llegada era Cabo Frío, a 2875 kilómetros de casa. Roberto comenzó a cerrar el plan: un hermano vive a quince kilómetros de ese punto, en Búzios. Días después, el llamado de Roberto fue contundente.

 

—Blanquito, afinamos el lápiz, planeamos y salimos.

 

Un viaje de trabajo y con vacaciones de invierno en Brasil. Pensó: dos pájaros de un tiro. Roberto no dio muchas vueltas. Una semana después —el sábado 9 de julio de 2016— puso en marcha su Toyota Corolla —“en más de cuatro mil kilómetros no abrí el capot”— y salieron los tres. Su cliente debía estar el martes, antes de las cuatro para comenzar a trabajar allá. Setenta y dos horas después, arribaron en Cabo Frío, con dos horas a favor. Media hora más tarde, Roberto aterrizó en la casa de su hermano, en pleno Búzios. Pasó una semana recorriendo cafés, cenando en los bares callejeros y hablando con turistas y nativos. Y todo a bordo de su remis. “Siendo un argentino que andaba de paso, pude sentir que el brasilero es buena onda”.

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A 2875 Km de casa. Destino 1: Cabo Frío.

 

 

Disfruté atardeceres con el sol cayendo en el horizonte en plena selva

 

El llamado de la selva

Una mañana, cansado de hacer la gran turista, resolvió regresar, pero decidió añadirle una cuota más a la aventura. “Me voy, hermanito. Y quiero volver por la selva del Amazonas”, anunció con la camisa arremangada. “No hubo forma de que me convenza de volver por rutas conocidas”, narra a un año de la aventura. Hasta ese momento, no sabía que viajar solo arriba del remis iba a ser el mejor episodio de su vida.

 

El derrotero completo fueron poco más de 5000 kilómetros, más de 600 litros de nafta y paradas clave, como en San Pablo, donde visitó la basílica que bendijo el Papa. Roberto mira el techo de La Marina y tira, agradecido: “Siempre digo que para revitalizar mi felicidad, ese viaje me lo mandó dios”.

 

 

Alegria nao tem fim

 

Rodríguez viajó con su Corolla por selva, ríos, y puentes. Postales asombrosas que hoy guarda en su teléfono. “Hice 100 kilómetros en una ruta rodeada de selva y por momentos pensé: ‘Sale una anaconda y olvidate’”.

 

Cada tanto paraba en medio de la selva a tomar mate. “Vi atardeceres con el sol cayendo en el horizonte en plena selva”, narra el chofer que sabe tres idiomas, el elegido por los turistas. El que salió por trabajo y volvió vacacionado.

 

Falta poco para las veinte. Roberto se peina y mira fijo su taza de café. La ve medio llena, parece. Como en el final de cada viaje, muestra los dientes. Y dice. “Fue sentir la libertad en cuatro ruedas”.

 

Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

 

 

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