Pochoclo errante: la historia del trotamundos que terminó llenando Lobos de pochoclos


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Recorrió todo el país pero su destino lo esperaba en Lobos, ¿cómo se transformó en el pochoclero de la ciudad? Los secretos de unos de los oficios más dulces y el código de su nombre oculto.

“La frase echar raíces me da escalofríos, yo prefiero echar alas”, relata Ricardo Martínez y asegura que no tiene segundo nombre, si no un código, ya nos explicará. Más allá de cómo se llama, si sos de Lobos seguro lo conocés, quizás no por el nombre, aunque sí por el oficio: es el pochoclero de la ciudad.

Pero antes de llegar a ser el pochoclero de Lobos, nació en General Roca un 2 de mayo de 1961 y fue muchas cosas más. Fue pesquero en alta mar, fue artesano en Chubut, fue herrero y constructor de tinglados, vendió números para puertas en Salta. “A los 8 años me fui de casa, en mi familia había muchos problemas”, inicia su historia Ricardo “yo vivía mejor en la calle que en mi casa. Agarré y no volví más”.

 

 

Cuenta que viajaba con un sueño: “Cuando era chico tenía la ilusión de que había un lugar perfecto, y ese lugar buscaba. Después me di cuenta que son todos iguales, con gente buena y mala. Pero no me arrepiento, así disfruté toda la Argentina”. Hace 14 años vivía en una villa en Lanús Oeste, y pensaba: “Miguel [su hijo] ya tiene 4 años, no quiero que se crie en la villa, quiero que crezca en un pueblo tranquilo”. Y aclara: “Ojo, no la menosprecio, a mí me encanta la villa, pero para criar un hijo no sirve”.

Hace 14 años caminaba por Lobos con eso en la cabeza mientras tocaba timbres y vendía números para las casas. “Yo creo en Dios, no soy de ninguna religión pero hablo con él como hablo con vos”, explica y en esa charla con el ser supremo le comentaba: “Dios, conseguime un terreno, donde sea, si vos sos el dueño de planeta. No para mí, para mi hijo, yo para mí no quiero nada”.

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Dos días después de caminar por Lobos y charlar con Dios ¡sucedió el milagro! “¡¿Vos podés creer que me compre un terreno por inmobiliaria?! Te estoy hablando sin trabajo, sin plata”, aún se sorprende Ricardo. La historia fue así, vio unos terrenos baratos y en muy cómodas cuotas que se vendían entre el parque y el callejón Dorrego, detrás de la planta purificadora. “Me dije, esta no la puedo dejar pasar, así tenga que vender hasta de noche”.

Así que salió a tocar el doble de timbres buscando poner número a todas las casa de Lobos. “Ojo, la gente compra números, es una necesidad. Y lo bueno que vos ya sabés, antes de llamar, a qué cliente le falta”, explica con lógica comercial. Ve un edificio que no tenían número y llama, era la iglesia Bautista Misionera. “Me atendió Alejandro “Pelufo”. Se me pone a hablar y a los 15 minutos que se entera de que soy herrero, me ofrece un tinglado para hacer”, relata el actual pochoclero. “Yo no le daba bola, mirá que le vas a dar un tinglado a un tipo que recién te tocó el timbre… pero era así, era Dios que me estaba contestando, ahí tenía la plata para el lote”.

 

 

Así Dios le dio el terreno en un pueblo tranquilo para criar a Miguel. “¡Increible que pase tan rápido el tiempo! Fueron 14 años y parece que fue ayer cuando lo planee y hoy ya está todo hecho. El loco [su hijo] es un chavón normal, no como yo”, aclara Ricardo. Y ante la consulta de por qué no se ve a sí mismo muy normal, agrega: “Que vos vivas viajando y viajando no es normal, yo lo hice porque no me quedó otra, pero yo quería que él tenga la posibilidad de elegir, que tenga más armas que yo”.

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Ya en Lobos se dedicó un tiempo a la artesanía. “Pero después de unos años me embolé y quise hacer pochoclos. Yo sé trabajar con plata, alpaca, madera, cuero. Y el pochoclo es un oficio más de la calle”, detalla el hombre de mil oficios y también amenaza: “Lo mismo me va a pasar con esto, cuando me aburra del pochoclo cambio de palo”.

 

 

El primer carro lo construyó él mismo con una heladera abandonada. Este que tiene ahora es el segundo: “Está todo con acero inoxidable que cirugié de la calle. Me llevó tres, cuatro meses. También le puse para copos de nieve”. Con este mismo carro lo llevaron a varios peloteros, a cumpleaños infantiles. Pero uno que no olvida fue un cumpleaños de 15: “Fue en el salón del club Newberry, casi no llego, estaba muy difícil para subir la pochoclera por las escaleras y el cliente me llamaba por teléfono para putearme porque no llegaba… pero llegué justito cuando largaron la mesa dulce… ahí vino el padre y me pidió disculpas, me abrazaba”. El pochoclero había cumplido su misión.

Y la pregunta que todos nos hacemos: ¿Funciona el negocio del pochoclo? “Siempre alrededor de un chico hay dos o tres mayores dispuestos a gastar un mango. Pero los grandes también les gustan los pochoclos. Ahora la garrapiñada si la piden más los grandes que los chicos”.

 

 

Sabiendo que funciona y queriendo dejar el periodismo y dedicarme a un negocio más dulce. Le pido los tres consejos imprescindibles que debo conocer antes de iniciarme en el rubro:

1º. “El más importante, fijarte si hay otro pochoclero y no pasarlo por encima. En cualquier lugar hay que ver quien está antes y pedir permiso. Porque esa gente pagó derecho de piso, se comió que la policía los corra… vos tenés que tener ese respeto. Con la gente de la calle tenés que llevarte bien, siempre te vas a necesitar”.

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2º. “Ubicate donde más público pase”, suena lógico pero no menos efectivo.

3º. “Ponele excelencia al laburo. Es decir, hacé lo mejor que puedas, hacelo con el mayor amor”.

Todos los días del señor Ricardo sale de su casa con la pochoclera. “Para no salir tiene que estar lloviendo a cántaros… pero no solo para vender, sino porque yo necesito estar en la calle”.
Con tantos años de pochoclear, ¿se cansó de comer ese maíz explotado en azúcar? “¡Para nada! Como pochoclo a morir, me encanta morfar pochoclo”.

 

 

Ah, y ya casi nos olvidábamos… ¿Cómo era ese segundo nombre que sonaba a código secreto?

“Prestá atención porque nunca lo oíste antes”, aclara Ricardo. “Más que un nombre, es un código, mi segundo nombre es: Eleacín. Ponelo con ese, con zeta o como quieras total es el único, no hay otro que lo tenga y te vaya a decir que está mal escrito”, larga la risa y mira de costado, una nena está tocando el vidrio de la pochoclera, detrás el padre busca su billetera, me saluda rápido y se da media vuelta y, Ricardo Eleacín Martínez, saluda a la joven clienta y despliega una sonrisa dulce como un pochoclo.

 

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