No tiene brazos y conduce el auto, ceba mates y administra dos locales de lotería: “Cuando me dicen manco, me siento querido”


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A los 14 años, Ricardo Mattei perdió ambos brazos jugando con un cable de alta tensión. A tres meses del accidente, ya manejaba un tractor. A los 60, se afeita solo, se peina, escribe y dice que lo único que le cuesta es cortar la carne. Hoy tiene dos locales de Lotería de la Provincia. Un héroe que se sobrepuso a todo.

 

 

Hace más de 46 años que Ricardo Mattei no tiene sus manos. “Un millón de veces me han dicho manco de mierda”, narra sin resentimiento y asegura que eso lo hace sentir apreciado y querido. “Hoy hago tan fácil todo que no me doy cuenta que me faltan las manos”, asegura. Le sucedió a los catorce jugando con una rienda de los cables de alta tensión en su casa de Las Chacras, donde vivía con su tocayo padre, su madre Etelia Rossi y su hermano, Raúl. Ricardo se quedó pegado durante unos segundos casi letales. Fue rápidamente intervenido y a fin de frenar las quemaduras internas, le amputaron ambas manos pocas horas después.

 

Pronto, los días cambiaron y con ellos, Ricardo. Probó con manos ortopédicas, pero no se adaptó y las dejó a un lado. “No eran cómodas y me dificultaban todo”, dice hoy con 60. No le resultó fácil adecuarse a una vida sin sus manos. Su historia es la de un convencido al que nada va a detenerlo. Es un verdadero héroe de asuntos cotidianos. “Me fui acostumbrando a la vida así: me daba trabajo, pero lo repetía hasta lograrlo”, cuenta y ríe al recordar que al principio se ponía nervioso y largaba todo pero al rato intentaba de nuevo. “Más no podía perder”.

 

Y de perder y después ganar, algunos se nutren y desarrollan habilidades. René Lavand, el famoso ilusionista con cartas, es un ejemplo clave: hizo carrera solo con su mano izquierda. La lógica de Ricardo es inversa al “no se puede hacer más lento” de Lavand: ceba mates con la pava eléctrica, absorbe, sirve de nuevo y convida con la misma velocidad que entrega un boleto de lotería o arroja un disco de tejo. Su familia jamás lo trató como a una víctima o “un lisiado”. Eso fue lo que hizo que en menos de tres meses comience a hacer la quinta, a manejar el tractor junto a su hermano en el campo y a usar la pala. También a pilotear una moto Puma Galga (con acelerador adaptado) con la que mordió el polvo de las calles de tierra tres veces.

 

Ricardo por Estudio Mirar

 

“Tengo los muñones que me sirven como manos, si hubiese sido más arriba, sí me habría imposibilitado”, calcula. Su deseo a futuro es que en Lobos exista un lugar donde las personas con dificultades motrices puedan juntarse para contar sus experiencias. Hoy, Ricardo hace de todo y solo: va al baño, puede ducharse, afeitarse, vestirse y hasta peinarse. En lo que más evolucionó es en su caligrafía. Lo único que no hace —“por haragán”, reconoce— es cortar la carne: “Me lleva más tiempo y se enfría”.

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Sin rencor y con unas tremendas ganas de vivir, Ricardo cuenta con el toque de seguridad necesaria ante la adversidad. Su abuelo llegó desde Italia muy joven y a los pocos años formó familia en Las Chacras, partido de Lobos. La familia Mattei se dedicaba a las tareas del campo y Ricardo se crió junto a su hermano Raúl sin ser el distinto. Diez años después del accidente que lo dejara sin sus manos, tras la muerte de su padre, se vino a vivir a la ciudad junto a Etelia y Raúl. Empezó haciendo comisiones y cobros en una Garelli 50, modificada para acelerar con el muñón derecho. Cinco años después, conoció al amor de su vida: Adriana.

 

Ella habla de Ricardo y se nota que sigue enamorada. Tenía veinticinco, dos hijos —María Ángela y José Luis, de tres y cuatro— y hacía ya un tiempo que estaba separada. Conocía de vista a Ricardo y un día aceptó la invitación. Se conocieron luego del  clásico “¿Salimos a tomar algo?” de un Ricardo apuesto, seductor y bien peinado. Adriana quedó impactada: por sus ojos y su lucha. Su tono agudo y tembloroso, delata admiración. “Él no se dejaba avasallar”, afirma y trae un ejemplo: “Hacía poco que nos conocíamos, íbamos en la ruta y se nos paró el auto. Estacioné a un costado y él se puso a arreglar el carburador con un destornillador entre los dientes. Yo lo miraba y me decía por dentro ‘lo va a hacer’ y finalmente, ‘¡lo hizo!’”. Es por eso que hoy, cada vez que Ricardo no seca el baño o se “hace el sota” con los quehaceres de la casa, Adriana le remarca:

 

—¡Si desarmaste un carburador con la boca, no podés no secar el piso, Ricardo!

 

Vida normal

 

Al poco tiempo armaron la familia. Ricardo comenzó a ser el papá del corazón de María y José. “Él acompañó a mis hijos desde que eran chiquitos”, subraya Adriana. Esta historia de amor y admiración —mutua— también contó con dificultades como que los chicos no pudieran tomar la comunión en Lobos. “Estaba mal visto porque yo estaba separada, pero hicimos lo imposible hasta que el Padre Pedro, de Buenos Aires, lo hizo y sin preguntar nada”.

 

Abrazo con el alma por Ricardo Alfieri

Avanti Ricardo

Antes del 2000, Ricardo se compró un auto y arrancó a manejar cada vez más seguido. Anduvo muchos meses sin licencia porque le “costaba conseguirla”, se excusa. Como al pasar, dice que alguna vez lo paró la policía, pero lo dejaron seguir sin hacerle multas. Cuando se dispuso a hacer el registro, en la Municipalidad lo inhabilitaron “¡por 100 años!”, cuenta Adriana. Ella no se quedó con eso y tras escuchar el testimonio de Víctor Dell’Aquila en el programa de Susana Giménez (¡también trae suerte!), comenzó a buscar el contacto por todos lados. Y lo encontró. Víctor —hoy amigo de la familia— es conocido por haber quedado capturado en una postal del Mundial 78 “abrazando con el alma” al conejo Alberto Tarantini y al Pato Ubaldo Filliol. Con naturalidad, Ricardo dice: “Víctor me dio una gran mano”.

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Cuando se dispuso a hacer el registro, en la Municipalidad lo inhabilitaron ¡por 100 años!

 

En 2001, en Lobos cerró una agencia y Ricardo y Adriana se la jugaron y enviaron una carta a Lotería de la Provincia, en aquellos años dirigida por Chiche Duhalde. Un día cualquiera, recibieron un llamado. Debían presentarse “urgente” en las oficinas de La Plata. Ricardo viaja diecisiete años en el tiempo y recuerda la ansiedad de todo el papelerío. Llegó el momento de afrontar los alquileres del local y aún seguían sin tener un dato contundente o una autorización oficial. A eso, debieron sumar el aporte de $5 mil de depósito y comenzar a equipar el local para que lo habiliten. Finalmente, a los ocho meses, llegó el llamado más esperado y a Ricardo le cambió la vida de nuevo.

 

Una vez con El Mago de la suerte abierto —“íbamos a ponerle El manco de la suerte, pero sonaba chocante”, revela Adriana— debían sumar otro gasto necesario y óptimo: la publicidad. Y a Adriana —“que es muy vicha y chispita”, la pinta Ricardo— se le ocurrió el mejor plan del mundo. Le propuso hacer un spot para la radio y otro para salir con un parlante a difundirlo por las calles, con la cortina de Avanti Morocha de Los Caballeros de la Quema. En todos lados sonaba el tema que termina con el canto desgarrado de Iván Noble: “No tires la toalla, hasta los más mancos la siguen remando”.

 

Foto Estudio Mirar

 

Hace once años, la familia de Ricardo y Adriana sumó otro local en Salvador María, donde también Ricardo hizo amigos. Saúl Delía, Coio, es uno de ellos. “Ricardo no tiene ni dos pelos de resentimiento”, dice Coio. Los temas que tienen en común son dos: el escolazo y la pesca. Ricardo prefiere pescar desde la orilla. Tiene buen manejo de la caña y para encarnar no necesita ayuda. El cantor y guitarrero lobense Luis Giuliano —a quien un accidente con el tren le deterioró una de sus piernas y le hizo perder un ojo cuando tenía 35— es cliente de la agencia. Lo ve cada día marcando en la registradora con una lapicera en la boca, contando los billetes y dando los tickets de lotería. “Aunque no lo creas”, dice Luis, “una vez lo vi  a Ricardo, pescando y comiendo un sánguche a la vez”.

 

 

 

Ricardo al volante

Ricardo maneja más de 80 kilómetros por día entre las dos agencias, trámites y visitas a su madre. “Cuando me dicen manco por la calle, me siento querido”, confiesa. Para dar contacto a su Toyota Corolla toma la llave con sus codos y se reclina hasta dar en la cerradura. Gira con un movimiento veloz y arranca. Mientras pispea los espejos retrovisores, apaga la radio y espera las preguntas con el codo izquierdo afirmado en la ventanilla.

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¿Alguna vez tu testimonio sirvió de ayuda para alguien que pasó por la misma situación?

Una vez, un chico de Roque Pérez vino a visitarme. Había perdido una mano con una máquina de picar carne. Estaba depresivo y sus padres estaban muy afligidos también. Le dije: ‘mirá, hermano, llega un día en el que hay que decidirse e ir para adelante. No sirve aflojar’. Él estaba preocupado. Lo entendía, pobre, porque le pasó con más de treinta años. Él decía “no me van a dar bola las chicas”. Y yo le explicaba: “Las chicas te van a dar bola igual, tengas o no tengas brazos”. Y lo jodía: “Mirá el vaso medio lleno ¡A vos te queda un brazo!”.

 

¿Qué tres consejos para superar dificultades le contarías a los que lo necesitan?

Tener verdadera voluntad, no mirar para atrás y no sentir vergüenza. Como quien dice no bajar los brazos.

 

Los días felices

Es el mediodía soleado de un viernes de falso invierno. Adriana y Ricardo están atendiendo su local. Ambos desprenden energía de negocio familiar. Los apostadores llegan antes de que cierren las jugadas de las 13. Se mueven como habituales y a todos nombran por sus apodos o apellidos. Hasta Homero, el loro que hace juego con el verde del local, saluda a los clientes. Ricardo marca las jugadas y acerca el ticket hasta el borde del mostrador a un señor grande que siempre le juega al 52. Es hora pico y los clientes caen a la agencia seguros de tener alguna chance en la vespertina.

 

Ahora Ricardo está con el teléfono acomodado entre el mentón y su hombro izquierdo. Habla, espera para responder mientras marca muchos números en una libreta. Sus ojos apuntan hacia abajo y los lentes están a medio centímetro de la punta de su pronunciada nariz. En la vereda, Adriana resopla un poco. “Lo único que puedo decir de Ricardo es que a veces me molesta su excesiva bondad, y por eso, a veces la mala soy yo que pongo la cara para cobrarle a los morosos”, concluye. Hace dos años, después que le entraran a robar, Ricardo sufrió un infarto y se le vinieron canosos años encima. “Algo aprendimos de él y es a no aflojar, nunca, pase lo que pase”, agrega Adriana. “Te aseguro: tiene muchas vidas”.

 

 

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