Matías Díaz, el boxeador del que habla toda la ciudad: “En ningún lugar me siento tan cómodo como cuando estoy peleando”


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Se gana la vida como ayudante de cocina en la Escuela Nro 4. Pero en la ciudad todos lo conocen como la gran promesa del boxeo. Tiene 57 combates como amateur y entrena cuatro horas al día. Cómo pasó de pelear en patios de casas y en el Parque Municipal, a llegar al boxeo profesional.

 

 

Antes de entrar a la Federación Argentina de Boxeo, Matías Díaz, lobense, 23 años, se curtió en peleas sin ring. En la más brava hubo una cita vía Facebook, un encuentro en el Parque Municipal y un piedrazo que terminó con un traumatismo en el cráneo y que lo dejó dos días en el hospital. Su papá, Palito, le dio un ultimátum: “te vas a entrenar al gimnasio y te dejás de hinchar las pelotas”.  Matías tomó la sugerencia de su padre en serio. Giró por toda la provincia en 57 peleas como amateur en encuentros de clubes, gimnasios y hasta patios de casas de familia. El kilometraje bonaerense le dio a sus puños la chispa que lo convirtió en La Joya: “en eso el boxeo es como el fútbol”, compara su papá, “si no pasaste por el potrero te falta una dosis necesaria de picardía”.

 

 

Ahora, en un rincón del Club Madreselva, diez metros cuadrados divididos con lona separan a Matías de las 300 personas que vinieron a verlo pelear en su quinto encuentro profesional. Ya federado cosechó tres derrotas y una victoria, y esta noche espera equilibrar la balanza a su favor. Sabe que su contrincante,  Jonathan Leyes, no va a regalarle nada. Tiene al rival estudiado de pé a pá: ocho peleas profesionales, con victorias y derrotas en partes iguales. Sabe que debe pegarle a la distancia, retroceder y evitar que se le tire encima. Matías, en silencio, concentrado, se deja fotografiar, y piensa en lo que vendrá mientras su entrenador, Walter Rodriguez, lo embadurna en un ungüento mentolado.

 

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El papá de Matías fue su primer entrenador y es el principal mentor de su carrera deportiva. Es en homenaje a él, ex combatiente, que en su short camuflado lleva una estampa de las Islas Malvinas. Mientras La Joya mira a la cámara sentado en una silla de plástico azul, Palito asegura que este vestuario es un lujazo comparado a otros sitios donde le tocó pelear. “Con Matías hemos ido al patio de una casa de Villa Dominico para que pelee con un gordo de pelo pinchudo casi 10 años más grande que él”. De ganar una pelea así, Matías podía llegar a hacerse de una suma total de 100 pesos y lo más importante: el training de salir airoso cuando las condiciones las proponen otros.

 

 

En su etapa con la Federación el escenario es otro. Adentro, el ring no es imaginario ni improvisado, y lo custodian cuatro juegos de luces que no se vieron ni en el baile más copetudo del Club Madreselva. Afuera, las pautas que pone la Federación se hacen carne en dos escenas. La primera, la de la ambulancia estacionada, que por reglamento debe custodiar la pelea. La segunda, una nube de humo que llega desde la parrilla y se arremolina entre los que toman tragos largos para terminar la cerveza antes de entrar. Es la regla menos simpática de la Federación: adentro del club, durante la pelea, ninguno de los espectadores puede consumir una gota de alcohol.

 

Pero estar federado para un boxeador es además rendir cuentas de su aptitud física cada mes. Es un certificado –costoso para un púgil que está arrancando-  que garantiza “estoy físicamente apto para recibir la paliza de mi vida”. Porque así están Leyes y Díaz esta noche: calzados con el traje de punching ball.

 

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Antes de subirse al ring, antes de dejarse de hinchar las pelotas, la Joya pasó por otros deportes. Hizo atletismo y natación, en los que tenía condiciones pero se aburría muy rápido. “En ningún lugar me siento tan cómodo como cuando estoy peleando. No sufro, los golpes no me duelen”. Matías se queda pensando: “O será que nunca me partieron la nariz ni me rompieron la cara. Nunca ligué una de esas palizas. O bueno, no arriba del ring”.

 

 

Díaz sale de su rincón de lona encapuchado y la banda de sonido de Rocky lo acompaña. El trabajo del sonidista será poco original pero el nivel de efectividad se comprueba con el barullo generalizado: ningún público se resiste a la épica de Eye of the tiger envolviendo a una joven promesa local.

 

En el living de la casa, Díaz repasa un recorrido de episodios poco afortunados que lo llevaron hasta el boxeo. “En la escuela era vago, un poco bardero, escupía a las maestras. Realmente era un desastre”. Pero el salto del ring imaginario al real lo puso a recalcular energía: “Boxear me cambió por completo y me dio ganas de llegar a ser alguien adentro de este deporte”. Desde esa experiencia tiene la certeza de que la disciplina podría ayudar a otros chicos jóvenes: menos ring imaginario en el parque, más entrenamiento deportivo.

 

 

 

Por estos días reparte su tiempo entre su familia –está en pareja y tiene dos hijos de 6 meses y dos años y medio-, su trabajo –es ayudante de cocina de la escuela 4- y el entrenamiento –cuatro horas por día en el gimnasio-. Para entrenar boxeo debe viajar a La Plata tres veces por semana porque Lobos no tiene su espacio propio para el deporte profesional. “En algún momento –dice- entrené en un gimnasio de acá pero necesitas el ring para tener los límites”. Después, consiguieron un espacio en un salón de fiestas en el barrio FoNaVi y armaron un cuadrilátero con cuatro sillas y veinte metros de soga.

 

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Arriba del ring, Matías queda escondido atrás de sus guantes, la espalda blanca por las luces del reflector. Sucede lo previsto: Leyes avanza con insistencia y desde el público se escucha a Rodriguez pidiéndole que se lo saque. “Matías tiene una pegada muy potente”, define el entrenador como la mejor cualidad de Díaz. También, dice, tiene la insistencia obstinada que lo llevó hasta el profesionalismo y lo sostiene guanteando en el ranking de posiciones de la Federación. Esta noche él también avanza sobre Leyes y en los últimos dos rounds, cuando a Leyes se le empiezan a agotar las baterías, hay  run rún de knock out.

 

En las primeras filas, los espectadores se ponen de pie y a la cabeza del club de groupies está Yolanda Reyna, la mamá de Matías. La misma que al principio se horrorizaba, que cuando se enteró que su hijo iba a boxear casi se muere, que renegaba cuando veía a Matías jugar a las piñas con su papá y que en las primeras peleas sufría unos nervios horribles. “Tener miedo ya pasó”, dice, “si lo veo tranquilo a él yo no tengo por qué estar nerviosa”.

 

 

Aunque Leyes vuelve a su rincón cada vez más cansado, aguanta bien las cuatro vueltas del local, ya un poco envalentonado olfateando el resultado. El público quería puñal y hubo una prolija intervención quirúrgica: Matías gana por puntos. Decisión unánime del jurado, todas las tarjetas a su favor: 40 a 36, 40 a 36 y 40 a 37. La dosis necesaria de picardía en sangre, se ve, ya está en sangre.

 

Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

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