Mariano Vairo, el último lobo rockero


Share

Tiene 43 años y no quiere ser la última generación dentro de las huestes del rock local. Aspira a  que los más chicos escuchen a Pappo. Su primera guitarra, sus canciones y el lado menos conocido de su intimidad.

 

Mariano Vairo no es del palo del tango, pero le encanta aggiornar la frase y decir “el blues te espera, nene”. Tiene 43, cinco guitarras y una voz gruesa como salida de adentro de un tanque de agua vacío. Con ese vozarrón, dice: “Soy modelo 1975 y hago rock que es lo que me sale”. Vairo, está al frente de Once Catorce desde hace más de dos décadas junto a Juanjo Couderc y Ariel Scarpino con quienes despliega un puñado de viejas y nuevas canciones. Y, como todo baluarte de un pasado (y presente) vinculado a la música, ya piensa en cómo hacer para que los más jóvenes se entusiasmen con Pappo, BB King y La Mississippi. “No tenemos que dejar de tocar, de usar las redes, de seguir enchufando violas”, augura y se esperanza un poco. “La música te salva a cualquiera”.

 

Es papá de Rafael y papá del corazón de Barbi, hija de su actual pareja, María, “el amor que aún me banca”. De Barbi cuenta que es una nena despierta y que se conoce casi todos los temas que hace con su banda. Con Rafa, de once, la relación es distinta y distante. Es el hijo que tuvieron con su ex pareja, Sabina. Desde que se fueron de Lobos viven en Córdoba Capital. Mariano se descarga. “Aprendí a ser padre pese a la distancia y hoy, agradezco tener más contacto con Rafa aunque esté a 800 kilómetros”. De las visitas de su hijo destaca: “Rafa es una luz y espero que salga rockero como el padre”.

 

A punto de cumplir 44, Mariano se auto perfila como alguien que con el tiempo logró dar con el tan buscado equilibrio. Hace meses dejó de fumar, pero aumentó treinta kilos de un saque. “Estoy haciendo un tratamiento para mejorar la calidad de las comidas”, explica serio con voz de oso asustado. Y se recupera. Haber dejado el pucho le mejoró la respiración. “En el escenario ya no me canso más como un perro”.

 

 

“Mi temor pasa por pensar que con el tiempo va a desaparecer el rock”.

 

 

Una vasta parte de esta ciudad —personas entre los treinta y 55— cantan sus temas, perciben sus matices y armonías. Mariano tiene un 50 por ciento de pum para arriba y el resto de la melancolía propia del género blues. Son historias que lo cruzaron y se ríe cuando declara con el vozarrón entre risas. “¡Jamás ninguna de las canciones de amor que escribí me sirvieron para conquistar un amor!”.

 

En «Una idea para el tiempo», de su segunda banda La Rejunte Blues Band por ejemplo, Vairo canta casi desgarrado de dolor a ese amor que no está, que se fue. “Podría creer tantas cosas que mi corazón se llenaría de ilusiones”. Ahora dice: “Ella la escuchó, le encantó, pero no quiso saber nada conmigo”. Y tararea el final: “(…) esta puta realidad / tan cruel que a veces es mía / y la lluvia que no para de mojar / esta calle solitaria como tantos de nosotros”. Se lamenta Mariano. “No sirvieron para un carajo, pero la gente igual las sigue  cantando”. Saca chapa, se envalentona. “Con Once Catorce tenemos el récord de público, más de 300 personas, en muchas de las fechas que hicimos en Dasha en el último tiempo”.

Podría Interesarte  El anti doctor: Fuma, tiene sobrepeso y es el médico más prestigioso de la ciudad

 

***

 

Tarde de sábado en la terminal de Lobos. Mariano sirve dos cafés y se acomoda su remera XXL negra gastada que cubre con un chaleco negro brilloso. Está en el bar-café que administra desde hace casi diez años y se maneja con elasticidad. Habla y el espesor de su acento grave no aburre. Y con la misma atmósfera que en sus canciones de nostálgico blues, apunta historias que sucedieron acá, en Lobos, hace más de veinticinco años atrás. De alguna manera, él es correlato de aquellos que vivieron su plena juventud en los días del uno a uno. Y allá vamos al punto de partida.

 

Octubre de 1980, día de la Tradición. Un niño de cinco que apenas balbucea frases cortas está sobre el escenario de un festival gauchesco. Contiene con las manos un micrófono y recita. “Madre tesoro divino / no me creas vanidoso (…)”. El Centro Nativo Acuyai se inunda de aplausos. Años después, aquel niño ya tiene doce y en el centro lobense ya todos saben que su abuela le regaló una guitarra Antigua Casa Núñez. Ya pasaron treinta años y el nieto carcajea y se congratula de aquel regalo. “En aquellos años la guitarra era medio pelo, pero hoy esa madera está asentada y vale fortuna”.

 

 

Vairo-Couderc. Fundaron Once Catorce a comienzos de los 90.

 

 

Corre 1985. Como todo amante de la música rock, a Mariano le llegó el toque de magia. A poco tiempo de que su papá, Bocha, le regalara un equipo grabador de dos cassetteras, cayeron en sus manos dos obras clave. Un cassette de Simon & Granfunkel y otro que le partió la cabeza, «Hermanos abrazados» de Dire Straits. Entonces, el plan de esos días era ir al cole, andar de recorrida por el centro e invitar a sus amigos a escuchar música. “Se gastaron esos cassettes”, dice y amplifica la voz, “los escuchaba todo el día al taco”.

 

 

Año 1992, en una casa céntrica. Cinco muchachos guardan sus guitarras, terminan una botella de whisky y con una arenga de salida, en manada, enfilan para la esquina de Salgado y Junín. Esa noche la banda 11.14 va a dar un show para más de 300 personas agolpadas en el Bar de La Porteña. Pero al llegar al lugar no pueden entrar. “En el camino pensamos en que iba a ver mucha gente y llegamos y no cabíamos, estaba desbordado de pendejos”. Esa presentación fue una de tantas. “Con Once Catorce tocamos en todos los malditos bares de acá”. Y ahí le sale el chico de adentro y sin decir ni pronunciar ‘te lo juro’, tira: “Eso fue hace mucho”. Y cierra. “Hoy somos rockeros viejos, sí, pero no estamos chotos”.

Podría Interesarte  Cholo superstar: De día vende pollos, de noche es cantante romántico

 

 

Vairo: “Con Juanjo y Ariel nos pasamos cada domingo ensayando y en Empalme los vecinos lo saben”.

 

 

Mariano charla. Va al pasado, despliega memoria fotográfica y vuelve. Cuenta y cuenta. “En plena crisis post 2001 con La Rejunte, se nos ocurrió grabar un EP y traer a La Mississippi a Lobos, una locura”. Saca cuentas y recuerda a las personas a las que le terminaron de pagar los costos del show seis meses después. “Metimos en la cancha de básquet de Athletic 555 personas y no llegamos a cubrir gastos, lo único que nos quedó fue habernos dado ese gusto”.

 

¿Tenés nostalgia de los años de tu juventud?

Y sí, somos un poco nostálgicos los de mi generación. Es difícil recordar y que no se me piante un lagrimón o me salga una gran sonrisa. Nuestra mejor época fue del 92 al 95. Pero ahora es distinto, las cosas cambiaron.

 

¿Por qué casi no quedan bandas de rock en Lobos?

Es que ya no se escucha tanto rock and roll. En los boliches pasan otra música. Ni en los casamientos, ni en cumples ni cuando hacen un festival en la calle pasan rock. Ya los chicos no le dan tanta bola a los instrumentos, o sí, pero desde los celulares y computadoras. Eso es otra cosa.

 

¿Y qué se puede hacer?

No sé. Me tiene muy mal esto. Me tiene mal. Ya no hay cultura rock. Todavía quedamos nosotros, que ya no somos pendejos, y que salimos a tocar. La salida es esa: salir a tocar. Y que escuchen al rock en sus raíces o lo mejorcito de acá, como Pappo.

 

***

Mariano compuso canciones que en Lobos son hits, como “El club de la tristeza” y “Cigarros mal armados”.

 

 

En los bares

Mariano vivía a media cuadra de El Escritorio, cuando el local estaba ubicado en donde hoy se encuentra la concesionaria Juanjo Motos. “Vengo de ahí”, avisa y recuerda que en las noches de verano levantaba el teléfono para encargar el combo letal: milanesas a caballo con fritas. “Caminaba cincuenta metros y la pasaba a buscar: era el gordo más feliz del mundo”.

 

¿Es verdad que pasás más horas en El Escritorio que en tu casa?

Ahora no, pero hace muchos años sí. Antes vivía a media cuadra y hoy voy casi-casi todos los días. Me gusta charlar con amigos, leer los diarios y cagarme de risa. Como ya no fumo, mi gusto pasa por tomarme a la noche un buen whisky y, si se puede dos-tres-cuatro. La botella capaz. Y hablamos de música, de lo que pasa en Lobos, de política.

 

¿Por qué en las redes sociales te tildan de choriplanero?

La gente se pensará que tengo alguna conexión con el Estado. Es muy de esta época eso de tildar a todo el mundo. Expreso que las cosas van mal y me dicen choriplanero.

 

¿Qué te dicen?

“¡Eh, vos, kuka, planero!”. Pará, les digo yo, si podemos hablar. La verdad es que ya no quiero que más nadie me trate mal. Ponen en mayúsculas: “¡¿No entendés que se robaron todo?!”.

 

 

***

Banda en fuga. Vairo, Couderc y amigos en los inicios de Once Catorce.

 

 

 

El nene se va a despertar

Podría Interesarte  La estrella del fútbol paraguayo que hoy construye casas en la Laguna

Vairo no le teme a la muerte. Dice que pasó por muchos momentos duros. Enumera la muerte de su madre y un embarazo que perdieron con su ex pareja, Sabina, antes de la llegada de Rafael, a quien cada vez que nombra su cara resplandece.

 

¿Lo ves seguido? ¿Cómo afrontan la distancia?

Nos vemos, sí. Él viene para acá, pasa unos días conmigo y mi familia. Después, viene la parte más dura de todas: llevarlo en mi auto, en principio, y lo más jodido que es regresar solo por la ruta. Las vueltas, según el día, son de mucho silencio para mi.

 

Tiene 10 Rafa: ¿Escucha rock?

Yo le quemo un poco la cabeza y él canta mis temas, se los conoce. Pero no más que eso. Tengo esperanzas que le pique el bichito como a mí antes de los quince. Le cuento sobre músicos y las bandas de Pappo. Por ahí, quién te dice que…

 

¿Te acordás qué estabas haciendo el día que murió Pappo?

Estaba casado. Mi ex, Sabina, trabajaba en el kiosco del Colegio Comercial y yo estaba con un emprendimiento de una heladería en Mercedes. Escuché la noticia por la radio. Un auto gris, un Clio gris, informaban. En seguida llamé a gente de Lobos para averiguar si Juanjo Couderc que viajaba por todos lados, estaba por allá. En su momento, pensé ‘capaz que zafa el Carpo’. Fue un sobreviviente y así lo construimos. Fue triste para todos.

 

***

 

“El día que murió Pappo fue triste para todos los que amamos su música”.

 

 

 

Cada quien con cada cosa

Mariano Vairo, el último rockero de estas pampas bonaerenses, toma agua de una botella de medio litro y repasa los momentos de su vida. “Aquel pendejo que fui soy también hoy, así como me ves”, dice y avisa en modo Mariano tranca style. Para que el cierre sea picante, desafía. Un poco nomás al decir: “Preguntá todo lo que vos quieras”.

 

 

—Bueno. ¿Cómo te llevás con las drogas?

—Tengo muy buena relación (risas). Hace tiempo que ya no, pero fumé faso cuando era pibe, para cagarme de risa y divertirme con amigos. Nunca nada guau.

—¿Y entonces lo de “cigarros mal armados sin filtro para fumar” no está hablando del faso?

Cigarros mal armados de La Rejunte fue una canción para una amiga mía, nada serio ni más profundo que eso. Ya me lo han preguntado.

—Ajá, ¿Es verdad que practicabas swinger?

(Silencio de cuatro segundos. Toma agua).

—No… no… va, no sé qué se dice. Eso fue… Uno porque hincha las pelotas y habla mucho. Pero, es más folklore que algo concreto…

—Entonces…

—Acá se dicen muchas cosas de todo el mundo, ¿no?

 

 

 

Producción fotográfica: Fer Sambade / Estudio Mirar!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacé tu donación y ayudanos a seguir creciendo

Donar $50
Donar $100
Donar $200

¿Te gustó la nota? Suscribite a nuestro newsletter o seguinos en las redes