María Celia Romani: La risa que cura


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Una crisis la empujó a dejar su trabajo de cirujana y se volcó a ayudar a sanar a los demás con una terapia inusual: la risa.

 

Dos pequeñas corrían por la cornisa de un octavo piso de un departamento en Barrio Norte.

Una vecina alertada las vio y rápidamente le avisó a sus padres, dos médicos provenientes del litoral.

Pensando qué hacer con semejante situación decidieron mudarse a Lobos, pueblo donde el doctor Romani, padre de las niñas, había realizado residencia y donde sus hijas podrían crecer en un lugar tranquilo y conectado con la naturaleza.

María Celia Romani empezó el colegio en El niño Jesús, hoy FASTA. Luego siguiendo con la trayectoria familiar, se fue a estudiar medicina en la universidad del Salvador a capital, se especializó en cirugía plástica y se fue a vivir a Francia.

Se casó hace 25 años, tiene dos hijos, Lucas y Felicitas, dos perros Harmonia (sí, con H) y Mia, y dos gatos Tango y Caty.

 

 

Después de una situación personal dolorosa, donde el ego y la culpa le jugaron una mala pasada, se conectó con su parte más espiritual tratando de iniciar una lucha anti ego. Hizo meditación, reiki y empezó a conocer como estrategia de sanación y de conexión con la evolución, una terapia distinta: la risa.

Con el tiempo, operar la hacía sentir incómoda: “La situación de quirófano cada vez me resultaba más estresante”, recuerda. Así que dos años atrás, decidió abandonar los quirófanos y dedicarse a la parte estética:  depilación, botox, radiofrecuencia.

Pero eso no fue suficiente y hoy vuelca su verdadero propósito en algo que, entiende ella, es mucho más profundo: un taller de la risa que inició hace 11 años en el parque municipal. Y gratis.

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“El taller de la risa es un encuentro donde propongo reírnos, por los medios que sean”, explica. “La risa es una curación orgánica, regula el flujo sanguíneo, disminuye la presión arterial. Propone cambiar mi mundo y no el del otro, nos predispone bien física y espiritualmente, realizamos nudos con nuestras cosas feas y lo saltamos, tratamos de dejarlos atrás…evolucionar, expandirse.”

En el taller se ríe de casi todo, salvo del miedo, la violencia y la intolerancia.

 

 

María Celia hace de todo: anda en roller, baila, prepara asados, pinta, tiene escritos tres libros y está terminando su cuarto “50 Milagros y 1 amor”. Además, tiene el don de percibir lo que nadie ve: “O sea: veo cosas”, dice. “Después de la meditación, paso a hacer una reconexión con el universo, en ese momento generalmente me aparecen visiones, cuando paso por un hombre, el único hombre que estaba, vi como un sombrero mexicano visto desde arriba. Al hacer una devolución de lo visto el hombre empezó a abrir los ojos a medida de mi relato y cuando termino de contarle, la mira a su mujer y le dice, te acordas cuando cumpliste 50 años y en una cena te regale una serenata de mariachis…que felices éramos en ese momento, tenemos que trabajar para volver a estar así. Las visiones son herramientas yo no sé bien de que se trata hasta que lo comparto con quien la viví”

Cuenta que su parte laboral de estética y su parte espiritual no son opuestas, es más se complementan.” Si una persona tiene problemas con algo de su estética y le hace mal o la deprime qué mejor que solucionarla con algo más profundo.”

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“En este universo somos un único hijo de Dios, las guerras las peleas y la violencia no tiene otra solución que el amor y la paz”, se entusiasma. Y para eso, qué mejor que alcanzarlo que riéndonos de esta gran broma a la que llamamos mundo.

 

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