“Lobos debería tener un nuevo cabaret”


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Carlos El Peje Ruiz, dueño del Charly Bar, el único cabaret de Lobos, estuvo tres años preso y hoy atiende un restorán. Cómo se convirtió en predicador entre los reclusos. Y cómo hoy lucha por volver a insertarse en la sociedad. Última parte de una entrevista picante.

 

 

Sintió el pedazo de vidrio  entre la garganta y la vena yugular. Un pibe, de menos de 20, lo apretó contra la pared para sacarle lo último que le quedaba encima: el anillo de casamiento. Carlos Ruiz, 55 años, acababa de entrar al penal de Esteban Echeverría, era el 2012 y no sospechaba aún por cuántos años estaría a la sombra.

 

“Estar en cana fue terrible para mí”, relata hoy, El  Peje, el dueño durante casi dos décadas del único cabaret de Lobos, a casi siete años de esa noche en que se le dio vuelta el tablero. “Me encontré con un mundo que desconocía totalmente. Estuve dos días sin dormir”. Sin escalas: de rey de la noche a no poder dormir por miedo a lo desconocido, “ya al tercer día estaba tonto”.

 

“El tema fue  político, muy político”, repite Ruiz con respecto a su causa. “Vinieron a detenerme por algún problema con la municipalidad, por un contrapunto de Tacho [Gustavo Sobrero, por entonces intendente de Lobos] con Scioli [Daniel, gobernador de la provincia]. A mí me llamaba poderosamente la atención, que mi abogado de oficio ponía hincapié en que tenía que decir que la municipalidad lo sabía, y yo le decía: obvio, si lo sabía hasta el presidente, 18 años estuvo abierto el boliche.”

 

Pero no fue solo a Esteban Echeverría. Lo acompañaron, con las manos esposadas, su mujer y dos de sus hijos. Los chicos fueron liberados en menos de una semana. “Le tengo que agradecer a Fernando Andujar que me dio una mano con sus contactos en la policía para que salieran, ellos no tenían nada que ver”, aclara Ruiz. Pero su esposa Cristina Machado quedó adentro, por mucho tiempo más, y sin poder verse.

 

Atrás, dejaba Ruiz su bar. “La policía de Lobos se robó todo del boliche, equipo de música, televisor, 80 cajones de cerveza, dos máquinas de café, herramientas, yo se lo dije a Capdevilla [el comisario de Lobos en ese momento]: está bien, son las reglas de juego. Los vecinos tenían las fotos de los policías sacando las cosas”, asegura el Peje. “Pero la Biblia lo dice, es una promesa de parte de Dios, Él pondrá por estrado de tus pies a tus enemigos; si vos te quedás en el molde. Ahora, si vos querés hacer justicia por mano propia bueno, Él se cruza de brazos”.

 

Mientras tanto, Carlos “El Peje” Ruiz asentaba su domicilio en el penal de Marcos Paz, allí también se alojaban varios presos famosos. Alfredo Ignacio Astiz, alias “el ángel de la muerte”, Jorge Eduardo Acosta, alias “el tigre”, Miguel Osvaldo Etchecolatz, todos conocidos por sus condenas perpetuas, los rostros más violentos detrás de los abusos de la última dictadura militar. Ruiz también tiene su historia en la última dictadura, aunque es un poco distinta.

 

En familia. El Peje hoy junto a su esposa Cristina, y su perrito al que bautizó, en honor a su cabaret, Charly.

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Su padre, Manfredo Ruiz, era puntero del peronismo, su mamá, Nélida Juana Castellanos, había sido candidata a concejal, en el puesto décimo cuarto, “para completar la lista nomás”, aclara su hijo. Y él, Carlitos, trabajaba ad honorem en el partido justicialista como administrativo. Hacía unos seis meses que había empezado y se encargaba de inscribir nuevos afiliados. Una tarde lo suben a un auto, pensó que se trataban de cieguitos, anteojos negros usaban, pero no, veían bien. O quizás no tanto, porque Ruiz no tenía mucho para contar. De cualquier forma por las dudas lo tuvieron una semana guardado y con varios interrogatorios. “En esa semana me cagaron picaneando mal”, relata Carlos, hasta que cuando por fin lo están por largar, ya en la comisaría se pone charlar con unas prostitutas.

 

-Che, pibe, te metieron picana? – le pregunta una de las chicas.

 

-Sí, mucha – responde Carlos

 

-Bueno, entonces no vayas a tomar agua…

 

Aún hoy, no sabe por qué no debía tomar agua, pero asegura Carlos: “¡Yo por las dudas no tomé!”.

 

Se entiende que su pasado no lo acercaba mucho a la ideología militar argentina. “Pero en la cárcel los escuché a todos. Hablé con Astiz, con el cura que daba la extrema unción a los subversivos. Ellos estaban protegidos adentro de la cárcel, pero a mí me dejaron acercarme porque no me tenían marcado. Como no era una persona problemática, yo ya era un tipo de 53 años. Aunque no les conté por qué me habían detenido. Yo escuchaba nomás”, recuerda el Peje mientras saca otro pucho, el tercero de la charla. Para él, no hay confesiones sin humo. “Cuando más te hacés el tonto ahí adentro, mejor. Un militar que no me voy a acordar el nombre me hizo escuchar música clásica, a André Rieu, estábamos en la biblioteca y se me caían las lágrimas”.

 

Más allá de la afinidad musical, así analiza el pensamiento militar Ruiz: “Lo que ellos te dicen es que era guerra de guerrillas, que era mucho más grande de lo que la opinión pública hoy cree que es. Empezó en Tucumán, le ponían bombas a los altos mandos. Pero reconocen el error de desaparecer gente sin mostrarlo. Tendrían que haber mostrarlo las sentencias, aplicar la pena de muerte. Salvando la distancia, es la misma grieta de hoy, son separaciones que no nos dejan avanzar. Pero la Biblia dice que no tengo que anidar raíces de rencores ni amargura en mi corazón, porque el rencor solo a mí me hace daño”. Sin rencores, este recuerdo que le queda de los altos mandos militares: “Ahora bien, Astiz me pareció un tipo abatido”.

 

*   *   *

 

Diploma de pastor. El certificado de Ruiz de una iglesia evangélica con sede en Brasil, que lo autoriza a predicar.

 

Noche plena en el pabellón, luces apagadas, ambiente húmedo y frío, olor a encierro, silencio de ruidos leves y conocidos. Una voz gruesa, profunda, de un hombre corpulento, encerrado, inunda los pasillos: “¡¡Arrepiéntanse!!”

 

Era Carlos que expulsaba su sentencia, su ruego, su pena. “Se me cagaban de risa”, confiesa, “pero al final me fui con un diploma firmado por todos los internos que decían: ¡Arrepiéntanse!”, sonríe y se levanta de la mesa de su rotisería-bar-restaurante, va a hasta una pared azulejada, al lado del pool donde unos pibes cansan las bolas, y descuelga un cuadrito. Lo trae con media sonrisa, un simil pergamino antiguo atestigua el agradecimiento y las firmas de todos sus compañeros, son muchas.

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“Siempre fui un chiquilín, ni bien me acomodé en la cárcel empecé a jugar a la mancha. Una pavada, los tocaba y salía corriendo”, recuerda el Peje. “Pero al final todos se engancharon con esa pavada”. Más allá de los juegos y los gritos nocturnos, incluso más allá de la primera semana donde reconoce que renegó de Dios. En seguida se reconcilió con su señor y empezó a predicar, primero de a uno, como una charla casual, luego otro escuchaba y se sumaba a hablar. Al final eran casi 30. Todas las noches, hablaban de Dios junto al Peje, el exdueño del cabaret. “Todos me preguntan, che ¿la pasaste mal adentro? No, no la pasé mal por mi espiritualidad. El tema es estar ocupado con la cabeza, y la iglesia me tenía la cabeza ocupada”, explica Ruiz “el tema es no estar ahí.”

 

Cursó nuevamente la primaria, luego la secundaria y terminó con un taller de talabartería. No solo repasó conocimientos y sumó nuevos, también consiguió una reducción de tres meses de prisión por cada título, terminó nueve meses antes su encierro. Fueron tres años acobachado, aunque no es fácil sacar cuentas, ni él sabía bien cuándo iba a salir.

 

Una tarde lluviosa de jueves. Jueves gris, jueves de septiembre del 2016, jueves número 162 que pasaba preso, Ruiz barría la entrada al pabellón. Mucho mejor que no hacer nada, otra forma de no estar ahí.

 

-Ruiz, está en libertad, prepare sus cosas. – escuchó a sus espaldas, la voz monótona del servicio penitenciario.

 

“Fue toda una algarabía, cuando alguien se va en libertad dentro del pabellón empiezan a los gritos, a aplaudir, a mí me apreciaban mucho”, recuerda el Peje “la intuición fue llamar por teléfono a casa, atiende mi hija y se desmaya. Me entran a besar, a abrazar todos. Mi pensamiento era mi familia y agradecimiento a Dios”.

 

Lo único que sacó de su celda fue la Biblia, el resto lo repartió entre los presos. Caminó los 300 metros que van del pabellón a salida, cada paso de esa caminata final fue rezando. “A las siete de la tarde ya estaba para salir”, detalla Carlos “pero me tuvieron dando vueltas hasta las once, me boludearon mal”. También recuerda que cuando pisó la calle llovía mucho, pero mucho.

 

“Ya afuera de la cárcel, acomodado de nuevo en mi vida, iba a El Escritorio [un bar céntrico] y todos me miraban de costado”, cuenta Ruiz sin bronca “pero yo siempre tuve códigos, nunca voy a quemar a nadie. Cuando tuve un socio que empezó a hablar de más, le compré la parte”.

 

Asegura, y algo conoce del tema, que la noche está llena de amigos del campeón. “Cada tanto se me viene a hacer el amigo alguno y preguntar por alguna chica, le digo: mirá, yo no te vi nunca que me vayas a llevar un atado de cigarrillos a la cárcel”. Su tono tranquilo no altera, pero tampoco duda: “Durante 18 años estaban todos chochos conmigo. De los únicos que me ayudaron cuando estuve preso, ninguno era cliente del Charly”.

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“Mi mujer me decía: cuando salgamos de la cárcel nos vamos de Lobos. ¡No! ¿Por qué? ¿Matamos a alguien? ¿Vendimos drogas?”, se pregunta el Peje. “Que hablen bien de vos, mal de vos, eso sucede en todos lados, no solo acá”, y asegura: “No extraño el boliche, fueron 18 años sin vacaciones. Yo le decía a Dios, ya estoy cansado, quiero cerrar el boliche; pero no hacía nada. Así que me lo cerró él, y de paso me llevó tres añitos para restaurarme, para cambiar cosas que no estaban bien en mí. Ahora ya duermo de noche.”

 

Su mujer, Cristina Machado, también tiene algo para decir: “La cárcel no se la deseo a nadie. Él [su marido] dice que estuvo ahí para aprender algo, yo creo que nadie puede aprender nada ahí. Aunque ahora lo veo más sereno, más pensante.”

 

Volver a sonreír. Tras la prisión, no dudó en volver a Lobos. Dice que ahora puede dormir de noche.

 

Y luego de dieciocho años de cabaret, de tres años de cárcel, de falsas amistades y verdaderos amigos. Carlos Ruiz tiene su teoría sobre la noche, las leyes, la prostitución y las violaciones.

 

“Lobos debería  tener un nuevo cabaret. Al menos, se necesita un cabaret cada 100 km. Hay hombres que, o porque son cortos de carácter o lo que sea, encuentran en el cabaret lo que no pueden resolver solos. Mi teoría es que cuando salió la ley de tratas y se cortaron los cabarets aumentaron las violaciones. No lo sé, quizás siempre estuvieron y no se denunciaban. Pero cada vez hay más noticias y surgió casi paralelo.”

 

“La prostitución no se a terminar nunca, si tiene más de 2000 años, son decisiones personales de una mina. Acá no se legisla porque no hay un tipo que tenga huevos. Es más, lo tendría que presentar una mina. Yo hablaba mucho con AMAR, el sindicato de las meretrices, una mina tiene que presentar una ley para protegerlas, porque hoy trabajan cuatro o cinco minas en un depto, pero están solas, entra un flaco y las afana, no saben a quién meten en la cama.”

 

Cristina pasa por detrás de nuestra mesa, le hace una seña, hay un par de pedidos, el Peje asiente, no se mueve, su boliche camina aunque él esté sentado. Sobre el final Cristina asegura: “Yo le decía al juez, si me equivoqué fue por no saber, ¿cómo iba a imaginar que estaba mal? Si al Charly lo conocía todo el mundo, estaba en el centro”. Y Carlos “El Peje” Ruiz afirma sin estridencia, sin querer convencer, con una voz profunda y calma, que viene como desde el fondo de una celda nocturna: “Le doy gracias a Dios por haber estado en la cárcel, ahora sé que es verdad y qué es mentira.”

 

 

 

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