Por qué los trenes de Argentina, Bolivia y Canadá pasaron por las manos de este lobense


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Juan Carlos Rossi es obrero metalúrgico hace 46 años. Empezó en una fábrica y después, en su taller, se dedicó a elaborar piezas para trenes que circulan por todo el país y que llegaron a Canadá y a Bolivia. En épocas de crisis, supo reinventar su trabajo. Cómo se sostiene un oficio en un país cambiante y cómo ve la industria metalúrgica a nivel local.

 

 

 

“¿Viste los trípodes para que el queso no se le pegue a la pizza? Hasta eso llegué a hacer en mi taller”. Durante la crisis del 2001, Juan Carlos Rossi, el metalúrgico más conocido de la ciudad, llegó a elaborar los famosos cositos-para-la pizza. Con 46 años en el taller puede hacer casi todo lo que se proponga. Ahora, para facilitarle el trabajo al almacenero de su barrio, trabaja en una máquina para hacer milanesas. Cansado de verlo aplastar la carne a mano, la pensó y dibujó completa, todo en un solo día: “¡la muñeca le iba a quedar hecha percha!”.

 

Pero su fuerte siempre fue una pieza fundamental en los trenes: los porta escobillas. Esa producción puso a andar sobre rieles la carrera de Rossi. Hoy, su trabajo recorre todas las provincias de nuestro país, llegó hasta Bolivia y también hasta Canadá. Un porta escobillas es una pieza fundamental en un tren: lleva uno por cada uno de los seis motores de la locomotora. Como el trabajo de Rossi, la pieza tiene perfil bajo pero es fundamental.  ¿Qué pasa si falla? “Empieza a hacer un ruido y tira error en el motor”, explica Rossi, “pero el diseño de una locomotora no permite que llegue a mayores”.

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Cuando se le presentó la oportunidad de aprender el oficio, Rossi tenía 15 años. Fue en Electromac, la fábrica alemana de motores que se instaló en Empalme y sembró mística propia. Rossi conserva las revistas Concepto Siemens de la época, donde Lobos aparecía como el “paraíso para escapar del smog y encontrar tranquilidad”. La ciudad prometía todo. Poco ruido y mucho trabajo: Electromac, en su mejor momento, llegó a dar trabajo a 600 personas. Y la disciplina alemana no pasó desapercibida: “Si trabajaste en Electromac, en su primera época —define Rossi— o la amás, o la odiás”.

 

“Si trabajaste en Electromac, en su primera época o la amás, o la odiás”.

 

 

En 1971, entró como aprendiz y rotó por los tres mil metros cuadrados de la fábrica. Con dos meses en cada sector, se convirtió en un todo terreno de la metalurgia. Hasta que en noviembre de 1990 –a tres meses de cumplir, 20 años en la empresa-, se dio cuenta que tenía que dar un salto: “desde el primer día, trabajar solo fue mi ilusión”. El progreso económico como empleado era lento y quería largarse solo. “Le vi la pata a la sota”, define Juan Carlos. Pero su esposa, Sabina, opina distinto: “¡éramos flor de inconscientes!”.

 

Juan Carlos, después de verle la pata a la sota, la miró más de cerquita. Había dado un salto al vacío. ¿Y si no funcionaba? ¿Y si no había clientes? ¿Y si todo salía mal? “Teníamos los nenes chiquitos —acentúa Sabina— ya no éramos él y yo solos”. La pareja quiso prevenirse del peor escenario. Le sacaron los asientos al auto, visitaron un supermercado mayorista y lo llenaron de latas de conserva. “Pero todo salió bien —explica la mujer— y hubo latas de conserva para rato”.

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Durante ese año, trabajando de forma independiente, se dedicó a tocarle el timbre a todas las empresas ferroviarias de Argentina. Así, consiguió sus trabajos más importantes: excepto el Tren de la Costa, que no requiere porta escobillas, una pieza de su autoría pasó por cada tren del país.

 

Cuando llegó el año 2001, las latas de conserva ya se habían terminado. “Los pedidos dejaron de entrar y los que nos debían trabajos no nos podían pagar. De hecho, nunca pagaron”. El taller se dedicó a hacer cositos-para-la-pizza y platos descartables. Cada vez que iba a un cumpleaños de 15, Nicolás, el menor de los hijos de Rossi, se encontraba con las nuevas piezas que salían del taller de su papá. Para ser la producción con la que surfeó la crisis, resultó bastante bonita: “quedaron tan lindos —dice Sabina, encariñada con los platitos de colores—, que la gente los lavaba y los volvía a usar”.

 

 

 

El año pasado las cosas no estuvieron fáciles en el taller. El contraste es el año 2007, cuando llegó a dar trabajo a cuatro personas. Pero el año entrante, vaticina Juan Carlos, será mejor. “Se está empezando a ver eso”.

 

Para Rossi, un oficio da más herramientas que la que se sostienen con las manos. “Los trabajos de talleres siempre son necesarios, y si trabajás en matricería podés hacer cualquier cosa”. Hombre de máquinas, cuando sale del taller, Rossi se dedica a sus autos. Tiene dos de colección: una Chevrolet y una coupé. A las dos, las alquila para cumpleaños de quince y casamientos, con la condición de conducirlos él mismo. Se saca la ropa de trabajo y se viste para la ocasión. ¿Cuándo va a retirarse? Del taller, no lo sabe, pero con sus autos clásicos tiene una certeza: “los voy a manejar hasta que me deje de calzar el traje”.

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Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

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