El rapero que transformó la tragedia en fortaleza: “Canto sobre lo que sufrí”


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A los 12, perdió a su mamá, su padre lo abandonó y hace cuatro años su casa quedó destruida en un incendio. Hoy, a los 19, Juan Argüello integra la banda Buena Madera y es el número uno del rap en Lobos. El niño mimado de las maestras que hoy le dice no a los insultos.

 

 

Para Juan Argüello, el rap es su forma de vida. A punto de cumplir veinte, es el referente del rap en Lobos. Forma parte del proyecto musical Buena Madera y lleva escritas —dice— más de 500 letras de rap. “Tu conciencia es diferente si no pasaste hambre o no curtiste la calle”.

 

Al cantar y al hablar, Juan deja en claro de dónde viene. “Le canto a ese sistema que siempre estuvo rechazándome”, machaca. No le gustan las batallas entre raperos. Juan, dice: “Prefiero improvisar, no cacarearme con otros e insultarnos, porque me lleva a pensar: ¿qué estamos haciendo, loco?”.

 

¿Por eso es que no te sumás tanto a las batallas de improvisación?

No me gustan, sobre todo cuando el mensaje es bardear. Esto en el rap ya pasó hace 40 años. Yo ya no quiero pelear con nadie.

 

“¿Che, cuándo me van a invitar a rapear?”, le preguntaba Argüello a Marcos Mastandrea —fundador de Buena Madera— cada vez que lo cruzaba en la calle. Así, las causalidades llevaron al primer show en el Teatro Italiano al cierre de las Olimpíadas locales. “Cuando salió a cantar la primera vez con nosotros puso toda su fuerza y juventud”, recuerda Mastandrea. Confiado, se proyecta. “Lo que Juan escribe y canta con nosotros, hoy, es sólo un cinco por ciento de todo lo que tiene para decir”.

 

¿Cómo se construye un rapero? A Argüello, lo marcaron cinco momentos que arman su vida como un rompecabezas. En cada historia, aparecen las pistas y las marcas. Juan dice: “Cuando estaba apagado, me dio un montón de fuerza soñar”.

 

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Buena Madera. Juan y su rap junto a la banda de música afroamericana.

 

 

 

 

Uno. Nacer en un pozo

Juan tiene cinco y está en el jardín de infantes. Es el décimo de doce hermanos y las maestras lo adoran porque ya sabe leer. “De guacho me interesaba explorar el mundo”, retrocede  y mientras acomoda su gorra, tira: “De muchas cosas me fui recuperando, nací sin nada, como en un pozo”.

 

Un papá ausente y el empeño de su madre, Raquel. “Siempre nos aconsejó no mandarnos cualquiera y buscar ser buenas personas”, recuerda Juan que para aportar al hogar, a los diez, trabajó en un taller de pintura a la vuelta de su casa, en el barrio cercano al Cementerio. “La verdad es que en casa las cosas no iban de lo mejor”.

 

Ahora tiene diecinueve. Es sábado y el sol pega manso en la estación de trenes de Lobos. Juan saca unas pastillas de miel y con el acento áspero, va al inicio de su amor por la música. A los once, conoció los discos de James Brown. Desde ese momento, jura, algo lo atrajo. “Escuchar esas canciones viejas me cambiaba el humor”.

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Aprendió a rappear a los palos. En la semana trabaja con Luis Díaz en revestimientos plásticos y pintura —“el me mostró la música del Flaco Spinetta”, rescata Juan—. Entre escaleras y pinceles y paredes, mastica otro desafío: terminar el Secundario en la nocturna. A todo eso, complementa la actividad febril de escribir canciones de rap. Ahí —asegura— traslada todo lo que absorbió en medio de una vida dura. “Canto sobre todo lo que sufrí, viví y veo”.

 

Después del destello con James Brown, tuvo otro flechazo. Vio “Ocho millas”, el film protagonizado por el rapero blanco Eminem. “Los temas de Eminem me despertaron el gusto por el rap y una escena de la película donde una chica les canta la realidad a sus compañeros, me hizo decir ‘¡guau!’, esto también me pasa a mí”.

 

«Tanto odiar me hizo amar, pero morir me hizo nacer, pensar y reaccionar»

 

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 Dos. Todas las partidas

Año 2010. Juan está en su habitación y de fondo suena Charly García. Acaba de cumplir doce y todo aparenta normal frente al espejo con lentes negros y un escobillón en lugar de mic. Pero pronto, un rayo de dolencia tenaz lo dejó knock out: murió Raquel, su mamá. Esa muerte lo empujó, otra vez, al pozo. “Empecé a estar en la calle sin rumbo hasta cualquier hora —vuelve pero rescata lo positivo— y ese rodar hizo que cayera en la cuenta para romper con todo lo malo”.

 

Buscó laburo y una mañana se presentó en la redacción del semanario El Cuarto Poder. Se probó de canillita y arrancó. Lo hacía a pie y otras veces en bici junto a ocho amigos del barrio. De aquellas aventuras de niño, entre raps y pocas ventas, Juan distingue: “En la calle aprendí cómo rueda el sistema, a hacer las cosas mejor y a no ignorar a la gente”. Primero nadie les compraba un ejemplar, hasta que descubrieron el punto estratégico. No en los bancos ni en las paradas de colectivos ni en los cafés. Ese lugar era la entrada de la Municipalidad.

 

Allí, salían al encuentro:

 

—Señor ¿quiere el diario? Señora ¿me compra uno?

 

 

Antes del reparto, Juan y sus amigos cazaban pájaros con la honda en la plaza 1810. Una vez que cobraban las ventas, salían disparados al cyber. Allí, escuchaban a la banda de rap argentino Fuerte Apache. Ya pasaron seis años y Juan se ríe. “Éramos muy pibes y para nosotros el mundo giraba de otra manera”.

 

«Nos tratan como a los malos, nos muestran como los monstruos.

De niño yo veía el mundo de más de un color: lejos de este egoísmo, lejos de esta situación».

 

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Su primer acercamiento a la música fue a través de discos de James Brown.

 

 

 

Tres. Amor y tiempos de cólera

Tras la partida de su madre Juan andaba casi todo el día enojado y rebeldón. Hoy, dice: “Bardeaba y no paraba de hacer las cosas mal”. Remarca las-cosas-mal, pero no está arrepentido. “Salíamos a vaguear y nos mandábamos cualquiera, pero aprendí —resalta y se oxigena— eso es curtirse”.

 

Febrero 2013. En medio de todo, un descuido con dos garrafas de gas incendió su casa y perdió algunas pocas cosas. Ya había leído “Las venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano. Nada parecía que iba a salir bien. Hasta ese momento, no sabía casi de nada de música, sólo que le gustaba mucho el rap. Pero —hace cinco años atrás— en Lobos nadie tiraba fraseos ni rimas ni copaba las esquinas. Entonces, Juan pensó en hacerla solo. Cambió mano a mano una moto por una batería y con trece, escribió sus primeros versos de rap.

 

La música apaciguó al golpeado y el amor terminó por confirmarle que siempre existe una salida. “Me enamoré y eso me hizo un click —ese pasado le saca una sonrisa— me salían las letras y no paraba de escribir”. La relación finalizó dos años y medio después. Juan comenzó a trabajar de peón de albañil, aunque perdió el hábito de escribir. “Me partí en tres pedazos —mira el pasto— primero la muerte de mi vieja, después el incendio de la casa y al tiempo, separarme de mi novia”.

 

Con los días más estables y con el rumbo dirigido, Juan —ya en piel de un rapero compositor— comenzó a tomarse la cosa en serio. Investigó sobre el origen del rap y las biografías de los raperos.

 

A los catorce, compró su primer celular y empezó a tocar la guitarra, una criolla que consiguió a cuatrocientos pesos. Tiempo después, “flasheaba” en su habitación: base de batería y canto arriba del ritmo y sin depender de nadie que estuviera en la misma onda.

 

Pero un hombre solo no puede hacer nada. Meses más tarde, zapó por primera vez con batería y un teclado y supo que esto sería para siempre. Así, llegaron las juntadas con amigos y de a poco, las maniobras de conexión con la escritura. “Pasé un tiempo de hoja en blanco, pero volví”.

 

 

«Otra vez de cara al alba, vuelvo a sentirme en calma.

Me libero de impaciencias y siento el brillo de mi alma»

 

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Cuatro. La vanguardia es así

“Siempre me gustó improvisar y antes era más disperso que ahora”, se autodefine Juan. La música estaba en todas partes, pero “nadie me daba bola”. Hoy dice: “Sé que estaba re pesado y que lo hacía en los lugares inapropiados”. Pero ni pensó en la resignación, tanto que un día se decidió a enviarle un mensaje de texto al músico Guillermo Pastorino, el pianista de Buena Madera. Le contó lo que tenía craneado y Guille se emocionó. “Me pasó data del hip-hop, me mostró bandas de funk y soul —enumera Juan con tono de aprendiz— me hizo hasta cantar folklore y eso que soy rapero”.

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El toque de su maestro lo impulsó en sintonía. Juan viaja a ese antes de ayer. “Había perdido la fe y Guille fue el que me mostró que hay un cielo”.

 

“Juan tiene sus matices poéticos y metáforas con la visión del hombre de la calle, pero no es ingenuo lo que canta”, lo define Pastorino. Además, suma el lado social por “su llegada a la juventud y a la gente humilde —asegura— y eso, puede alentar a una persona a que termine la escuela, a buscar trabajo y a no vivir estandarizado”. Con estilo y ejemplo de maestro, Guille remata: “Es constructivo, no habla de banalidades y va directo, a lo Charly García”.

 

«Lo que no hiciste te persigue aunque lo ocultes o lo evites.

Siempre te viene a buscar. Se despierta en tu conciencia»

 

 

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Versión de “Himno de mi corazón” de los Abuelos de la nada por Buena Madera. Teatro Italiano Lobos, 2017.

 

 

 

Cinco. Es tuya, Juan

El presente tiene a Juan masticando ideas para sumarlas a las músicas de sus compañeros de banda. De Buena Madera, Emiliano Salas es el saxofonista. Conoció a Juan cuando el joven rap tenía el pelo largo y fraseaba rimas en el Parque Municipal. De su personalidad destaca que “es intenso, inquieto y usa la música para canalizar todas las adversidades de su vida”.

 

Sobre los shows de Buena Madera en el Italiano, donde sus intervenciones levantaron el ánimo del público, el propio Juan dice: “Si no me siento ‘reconocido’ no me sale agitar”. Su deseo —“está bueno que la gente aplauda”— es que el agite sirva para que se “tome el mensaje y se entienda la realidad que cuento”.

 

¿Qué cosas podés destacar como un real cambio en tu vida?

Que antes, cuando sentía que no tenía nada, miraba a los demás y pensaba mal, con mucho prejuicio. Ahora sé que para aprender a ser músico, artista, médico o piloto de avión, primero tenemos que aprender a ser personas.

 

¿Con qué raperos te gustaría compartir escenario?

Me gusta mucho Fuerte Apache de acá. Me gustaría rappear con El Orión XL, es zarpado todo lo que cuenta en sus canciones.

 

¿A quién señalarías como el futuro del rap en Lobos?

El Barto. Él es el mejor rapero de Lobos. Tiene trece y respeta la cultura del rap desde la raíz. Siempre lo aconsejo, es mi amigo. Le digo: “Cuando te enamores, vas a dar un vuelco a tu vida”.

 

 

Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

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