Horacio Zabalo, la persona más rica del mundo


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El 25 de noviembre, murió uno de los contadores más queridos de Lobos. Y sin dudas, el más querido por mí. Era mi tío. Pero era mucho más que mi tío. Su vida cambió la de muchos. Y tenía una riqueza que no era de este mundo.

 

Mi tío era la persona más rica del mundo. O al menos del mundo que conozco, que es bastante grande. A los 23 años iba camino a recibirme de médico y mis viejos se mataron en un accidente de auto (sí, los dos). Año 2006. No quise, o no pude, ir al velorio. Y recién una década después logré ir a conocer sus tumbas. Fuimos un lunes, solos, mi tío, del que trata esta historia, y yo.

 

A mis viejos los quise muchísimo, siempre me dieron todo el amor que necesité, solo me hubiese gustado un poco más de tiempo. Mientras los extrañaba, anduve por muchos lados. Le construí canchas de polo a magnates (llegué a hacerlo hasta en Moscú), me metí a fondo en mundos tan distintos como el periodismo o el atletismo, toqué el piano siendo prácticamente sordo, construí mi jardín planta por planta, bailé salsa siendo de madera o piloteé una avioneta del año ‘47. Conocí mucha gente, ninguno tan rico como mi tío.

 

Se llamaba Horacio Zabalo y hace un par de semanas se fue a dormir como cualquier noche. O mejor aún, era una buena noche de sábado. Había mirado tele hasta tarde, seguro algún programa político y una pelea de box, había leído el libro recién publicado de un amigo y luego se fue a dormir. Pero un paro cardíaco se lo llevó en medio del sueño. No se enteró. Dicen que es una buena forma de morir. Tal vez la mejor.

 

 

Doce años atrás, yo tenía 23, mis viejos ya no estaban, de golpe heredamos con mi hermano cuatro empresas con distintos socios, con distintos problemas y en la carrera de medicina no me habían enseñado cómo resolver un negocio o decidir una inversión. Era el año 2006 y ahí parece mi tío. Él ya se había casado con mi tía Raquel (la hermana de mi papá). Nunca habíamos hablado mucho. Pero ese día que mis viejos fallecieron, no sé porque, le pedí hablar a solas. No se lo pedí a nadie más, ni tampoco había hablado antes nada personal con él. Pero por algo que aún no me explico, el día más devastador de mi vida, pedí hablar con mi tío desconocido.

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No me solucionó nada existencial, pero me dio una respuesta que necesitaba. La sabemos él y yo, pero fue una bisagra.

 

Desde ese día y hasta hace muy poco que ya soy un boludo grande de 35, cuando tenía un problema que resolver (lo cual ocurre seguido porque me gusta meterme en líos para resolverlos). Caía en su estudio contable cuando ya no había nadie, excepto él solo, que se quedaba hasta la noche trabajando. Pero ni una de las cientos de veces que fui me dijo “estoy ocupado, pasá mañana”. Se reclinaba en su sillón de trabajo, yo en del socio y luego de un rato me iba mirando el mundo con otros ojos.

 

Podría ser un cambio de trabajo, una inversión con mi hermano o tener un hijo. Cualquier cosa que le planteara mi tío me la iba a refutar, analizar, pensar, replantear, castigar, ayudar y acompañar. Mis miedos más profundos o mis alegrías más superficiales siempre terminaban sobre su escritorio. Podía darme la opinión más demoledora, podíamos estar totalmente en desacuerdo, pero jamás dudé que su postura era sincera y deseaba lo mejor para mí. Terminada la charla me paraba y me iba. No había abrazo ni apretón de manos. “Bueno Zabalo, nos estamos viendo”, eso mismo le dije la última vez que pasé por su estudio, dos días antes de no verlo nunca más.

 

Mi tío era contador. Le gustaban los autos de carreras y tener su propia huerta. Estaba feliz de haber hecho el cruce de los Andes a caballo con su hijo Bautista y de animarse a hablar de igual a igual con su hija Martina cuando esta ya tenía veinti largo. Era conservador con una cabeza demasiado aguda como para atarse a un solo pensamiento. Nunca jamás, ni una vez, lo vi putear.

 

Horacio con su hijo Bautista cruzando los Andes

 

Había logrado vencer la voluntad de su padre que le decía que no estudie, que mejor se quede a trabajar en el tambo en Chacras con la familia. Para eso se venía en bicicleta desde el campo hasta Lobos y de ahí en tren hasta Capital, para poder estudiar y tener ese cuadro que decía Contador Nacional. Aunque en realidad, en Horacio, el título de contador tenía más sentido porque era alguien con quien se podía contar.

 

No solo yo, que aprendí a contar con él. Sino cualquiera. Cualquier familiar, o no, cualquier conocido, o no, en realidad cualquiera que tuviese un problema y necesitase de alguien podía contar con mi tío. Nunca jamás dejó de apoyarme. Aunque desde afuera no se veía como un gesto muy rentable, no tenía mucha lógica con lo que había aprendido en la facultad. Porque que cuenten con él significaba que siempre perdía tiempo, esfuerzo, plata, y en general, con el problema resuelto, la gente se olvidaba rápido. Yo desde afuera, al principio, no veía cómo de esa manera se podía volver rico.

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Una vez yo tenía que comprar una máquina. Esa máquina valía lo mismo que antes gastaba en cuatro años estudiando medicina. Ya era empresario, tenía plata, pero no tanta. Mi tío me acompañó a hablar con el dueño de la empresa que la vendía. Le contó que éramos de Lobos, le contó que yo había empezado hacía poco con la empresa, le contó cómo íbamos a usar la máquina para generar un negocio, en resumen, hizo de contador y le contó toda su verdad. Nos volvimos con la máquina financiada en doce cuotas. Mi tía decía que era porque habíamos ido con lentes oscuros y tiradores y parecíamos de la mafia. Yo ahora, mientras escribo esto, me doy cuenta que fue por lo que mi tío les había contado, aunque en su momento él me convenció que fue mi habilidad como empresario.

 

Con la máquina generé un negocio y él no ganó nada. ¿De qué forma hacía la riqueza? Iba seguido a su casa, tarde, a media noche, abría la puerta y pasaba. A esa hora él estaba tirado en el sillón mirando tele. No importa que mirara, llegaba yo y ponía boxeo. Yo le decía “¿Cómo anda Zabalo?”, él me contestaba “¿Qué cuenta estimado?” y nada más. Ni un abrazo, ni un beso, ni un apretón de mano, solo me tiraba en el otro sillón a mirar boxeo con él. Fueron muchas peleas, muchos knock out. Cada cual elegía su peleador al inicio del combate y se iban sumando las peleas que se ganaban (a veces en hasta tres canales simultáneos). Al final de la noche uno acertaba más y era el ganador. Así, muchas noches. La verdad no me acuerdo ninguna pelea, ni me importó. Era solo tirarse en el sillón a charlar con él hasta la última pelea, hasta que sin darme cuenta aprendí a vivir con veinte años y todo por resolver.

 

Así se me fueron los veinte, entré en los treinta y fui viendo porque mi tío era tan rico. Yo ya era todo un empresario, tenía mi tarjeta personal, y todas las pelotudeces que te hacen pensar que tenés algo. De eso, mi tío no tenía nada. Un día consideré que ya era hora de hacerle un regalo a mi pobre tío, de demostrarle mi agradecimiento como lo hace un buen empresario. Primero me di cuenta que no le faltaba nada, pero igual la porfié. Le compré algunas cosas caras, se las entregué de forma sorpresiva, para ver cómo lo impactaban. Pero nada. Agradecía mucho, decía que no hacía falta molestarse e intentaba demostrar que el regalo era útil. Pero la verdad que no lo necesitaba. Y mientras más busqué, más encontré que no necesitaba nada que se pudiera comprar. O visto del otro lado, ya tenía todo lo que quería.

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Una esposa que lo amaba, dos hijos de los que estar orgulloso y un sobrino que lo quería como a un padre. ¿Se puede ser más rico que eso? Hoy mi tío no está. Y yo a pesar de tener todas esas cosas, lo extraño un montón. Ya no me importa quién gane este sábado en el boxeo. Dos tipos se seguirán cagando a trompadas solos, arriba del ring. Un poco así me siento, como que me sacaron hasta el banquito y quedé solo arriba, para pelearla. También sé que en el camino nos vamos quedando solos, unos se van, aparece alguien más, de cualquier forma seguimos avanzando hasta que al final también nos vayamos nosotros. A veces la vida es linda, a veces una mierda. En general es lo primero.

 

Mi tío se fue sin ninguna cuenta pendiente y muchos lobenses lloraron a un tipo al que querían y admiraban. Sé que no está. Pero cómo me gustaría volver a tirarme en el sillón y decirle “¿Cómo anda Zabalo?”, y que me diga “¿Qué cuenta, estimado?”. Y seguir compartiendo la vida, entre pelea y pelea. Seguir robándole de a pedazos, el secreto para ser la persona más rica del mundo.

 

Bautista, su sobrino Ignacio, Horacio, yo, Martina, una profesora y Raquel, su esposa

(y esto es lo más cerca que tengo de una foto con mi tío, nunca le pedí de sacarnos una, no pensé que la necesitara, imaginé que iba a estar siempre)

 

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