Guillermo Marro, cómo el yoga le salvó la vida  


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 Tiene 70 y hace 29 años es maestro de yoga. Por sus clases pasan cada año más de 100 alumnos. Y forma nuevos instructores. Dolores crónicos, crisis económica y padre a los 65 años. Cómo el yoga lo ayudó a superarlo todo.

 

Es 1982 y —aún en dictadura— el país sufre y Guillermo Marro también. Tiene 36 y padece mareos crónicos, presión y dolor cervical. Trabaja como operario en la fábrica Electromac, en Empalme Lobos. A la mañana reza para que cesen los puntazos en su espalda. El paciente sufre y no para de rascarse los antebrazos. Siente como si un infinito tren de hormigas de plomo lo azotara. No le alcanzan las pastillas. No le alcanzan las sesiones con una psicóloga y un psiquiatra. Cada vez más doblado del dolor, recibió el diagnóstico de un médico que fue claro. “Guillermo, ¿sabés qué te pasa a vos? Vos perdiste el equilibrio”.

 

 

Esa oración fue una llave de paso —y de salida— a una práctica milenaria. El yoga. “No sabía respirar ni cómo parar el estrés”, cuenta. Dentro de poco, aquel paciente preocupado y desmejorado, ahora de 70 años, cumplirá tres de décadas como profesor de yoga. La práctica en Argentina en los 90 sólo aparecía reflejada en informes en revistas de espectáculos como la cura de quienes habían transitado caminos de pánico y adicciones al alcohol y las drogas. Pero en Lobos, menos de diez personas lo practicaba.

 

 

Su inmersión en la senda del yoga comenzó por prescripción médica.

 

 

En el presente —moda mediante— la excursión duradera en la senda de la respiración está determinada como un bálsamo en la rutina del trabajo, el cansancio y el estrés. Ahí, la experiencia de Guillermo, toma la rienda y es puro acompañamiento. “Me siento muy útil dando clases a la gente rica”, explica con un mate de lata gastado en la mesa de su hogar. “Porque muchas personas tienen resuelta la vida económica, pero no pueden vivir despojados de lo material y ahí trabajo yo”.

 

Siempre diseño mis clases como un compartir

 

La historia de Guillermo y su inmersión en la senda del yogui sucedió a lo largo de cinco años. Sus maestras, Rebecca y luego Griselda, lo introdujeron a través de clases y formación constante. En 1989 se recibió de profesor de yoga. En Lobos, Guillermo ya era un personaje conocido en el ambiente del fútbol. Supo ser un buen lateral derecho y enganche —llegó a jugar en la reserva de Morón— y tuvo a cargo el fútbol infantil en el club de sus amores, EFIL, donde también supo brillar como DT su hijo, Teti Marro.

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Tiempo después, era un empleado municipal más. El éxito del número de asistentes a sus clases —cada vez mayor—, no se dio sólo con chapa y cartel. Desde el principio, su clave fue el carisma y un valor agregado: respeto por la práctica más allá del sueldo. Así, llegó a tener cerca cien alumnos en tres turnos y a sumar adeptos que lo siguen hasta el día de hoy. Jóvenes, no tanto y personas de la tercera edad. “No importa los años que tengas, el yoga no te exige más que mirar para adentro”.

 

 

Si el mensaje del yoga es no buscar afuera lo que está adentro, Guillermo es un súbdito perfecto. En sus charlas previas al inicio de la clase, referencia a sus alumnos con datos de color. “Ahí llega el doctor con el que hacíamos goles de jóvenes” o “esta chica, así como la ven, tiene diez años menos que yo, adelante Martita”. “Alfonso, otro joven instructor de yoga que es una maravilla”.

 

 

“Para creer en los cambios que genera el yoga, hay que experimentarlo”.

 

 

Los caminos de la respiración

 

Hasta acá el inicio, un paso a paso equilibrado, sin más dolores musculares. Pero antes de todo, no había pranayamas (control de la energía cósmica) ni estiramientos de manos y pies. Hijo de una familia humilde —“peronistas a muerte”— el único libro que leían en su casa era la Biblia. Empezó a los ochos barriendo una despensa del barrio Acuyai y no se detuvo más. Inició el seminario para sacerdote, pero abandonó — “a mí siempre me gustaron las mujeres y la familia”—. Se recibió de perito mercantil en el Colegio Comercial y realizó trabajos como obrero en una fábrica de Mercedes Benz en González Catán durante dos años —“me arrepiento hoy de haber renunciado”—, tuvo dos hijos con su primer matrimonio, continuó otros tres años en Electromac, se divorció y un día dijo basta.

 

“Sufrí un colapso: dolores de cabeza y espalda y una vida con más problemas que disfrute”. Con el yoga como suplemento de equilibrio y aprendizaje, se dio cuenta que sin pensar logró abrir los campos de la conciencia. “Uno va descubriendo información oculta de uno mismo”, explica y recomienda, “pero, para creerlo, hay que experimentarlo”. No considera tener una virtud especial y, asegura, que sus pilares son la religión y el mundo interior. “Son regalos que hace Dios: o los enterrás egoístamente o los compartís”. Su respaldo también tiene a la madre Teresa de Calcuta. “Siempre diseño mis clases como un compartir, que es partir con…, esa es mi clave”.

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Convivencia sagrada

 

Si no fuera por estar contenido en la experiencia del yoga, Guillermo sería uno más entre muchos víctima del ajetreo diario. Pero algo del camino que lleva recorrido en más de treinta años, le resulta un freno todos los días. Y se autorretrata: “A veces me caliento y me dan ganas de largar todo”. Y ejemplifica: “Me pasó de estar por el piso con deudas, perder una casa a manos de un prestamista y rescatarme haciendo yoga bien temprano, sin parar de rezar”. Sobre aquel episodio prefiere ponerle un poco de humor. “Con esa persona fuimos amigos y sólo conservo el apodo: toallón, porque primero te envuelve y después te seca”.

 

 

El hábito de compartir su don, también lo ha llevado a dar clases en días poco convencionales, en navidad y en feriados, en donde solo lo acompañaban dos alumnas con asistencia perfecta. “No paso un día sin hacer yoga”. La práctica moldeó su temple y también su cuerpo y apariencia. Su cuello es una muestra: debajo de la nuca una cruz en los pliegos de su piel delatan estiramiento sin esfuerzo. A simple vista, no parece un hombre con siete décadas encima. Su cara no tiene rastros pesados del tiempo ni patas de gallo, como cualquiera de su edad. “Me dejo alcanzar por la paz, la tranquilidad y el autoconocimiento”.

 

 

Estilo de vida: mente, cuerpo y espíritu “en armonía”.

 

 

Habla sereno aunque amontona las palabras. Sus ojos contienen un manto lagrimal como quien se emociona en el cine. Su bici playera oxidada también narra su estilo de vida, despojado. No pasa un día sin estar rodeado de gente que lo sigue y nota en él su halo de felicidad. Su vitalidad está latente en las posiciones del yoga y en sus hijas —Wendy y Shanti— que tuvo con Soledad, su esposa treinta y tres años menor que él. Ya llevan quince años de casados.

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Ella siempre estuvo enamorada de él. Mientras Guillermo está por acomodar el mate, Soledad comenta que un chiste y su sonrisa la pusieron en una situación que le generó sensación de pérdida. “Vino y me mintió: dijo que se estaba por casar por segunda vez y eso me puso celosa, sin conocerlo”. De Guillermo, tenía una referencia, “que era buena persona”. A los pocos días y consciente de su lado seductor, él la invitó a almorzar. Fue el 23 de febrero de 2002. Guillermo vuelve con la pava chillando y ella pone los ojos grandes.

 

 

—¿Te acordás de eso, Sole?

—Sí, me puse hermosa. Llegué y el almuerzo fueron mates con pan y mortadela.

—¡Es que estaba en la lona, negra!

 

 

Comenzaron a salir y meses después, se enteraron de que serían papás. “No teníamos nada de nada de nada”, repite Guillermo. Y Soledad recuerda: “Gracias a los alumnos, pudimos hacer una fiesta y festejar a nuestro modo, felices”. Hoy, aparte de compañeros de ruta, los dos se complementan como pilares en la crianza de sus dos hijas Wendy de quince y Shanti (que significa Paz) de siete.

 

 

Marro en familia. Fue papá de nuevo a los 65.

 

 

Con tantos profesores de yoga: ¿Qué falta en Lobos para vivir más tranquilos?

Que la gente practique pero no por recomendación médica, sino con el sentimiento de búsqueda. Es difícil que lo hagan con una gran convicción. Ojo, otros se inician y lo hacen su estilo de vida. Creo que no hay que frenar el andar dentro de este asunto de respirar.

 

 

Sólo entrando un poco en la historia de su agilizado cuerpo, aparece un Guillermo Marro intacto. En las canchas distribuyendo el juego al resto del equipo o con treinta personas a cargo en una fábrica y en sus clases o conquistando al amor de su vida con mates y mortadela, es más fácil entender por qué el destino hizo que rechazara la oferta de ser cura para terminar como maestro. Apuntado en la respiración. Y, sobre todo, en paz.

 

 

 

 

Cobertura fotográfica: Fernando Sambade

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