Fabián Gruccio: La historia jamás contada del remisero que se transformó en rey de las combis


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Fue lechero, repositor de góndola,  sereno y mozo. Cuando compró la primera combi, casi se funde. Pero hoy Fabián Gruccio tiene treinta, conecta siete ciudades y lleva a 45 mil pasajeros al mes. ¿Por qué sus amigos le decían que Lobos Bus, nunca iba a funcionar? ¿Cómo hizo para crear una de las cinco empresas de transporte más grandes de Buenos Aires?

 

 

“Miraba adentro del local y ya me lo imaginaba todo”. Con las manos sobre los ojos formando un toldo, Fabián Gruccio apoyaba la ñata contra el vidrio. “Pensaba: la combi puede ir adentro”. Todos los días lo mismo: Gruccio cruzaba de vereda —desde su trabajo de remisero en El Gaucho—, para espiar aquel local vacío, en un lugar estratégico de la ciudad. “Los clientes pueden esperar sentados, al frente, mirando a la calle”, soñaba Gruccio. ¿Quién se imaginaría 20 años atrás que ese local abandonado hoy sería el corazón de LobosBus? ¿Y, al fin de cuentas, quién hubiese apostado que ese remisero ahora transportaría 45.000 pasajeros al mes?

 

En verdad su primer pasajero, fue Teresa, su mamá. A los 17, la llevaba al trabajo en el primer autito que se compró, un Fiat 600, gris, usado. Ahora mueve por día treinta combis. “Lástima que ella nunca lo pudo ver”. Teresa falleció cuando Fabián tenía 20 años. “Me gustaría mostrarle todo lo que logré”.

 

 

Gruccio, de mozo a empresario.

 

 

 

 

Gruccio trabajó casi desde que tiene memoria. “Bueno, la verdad no tengo muy buena memoria”, bromea. Pero sí recuerda que salía de la escuela y se iban con su amigo Guillermo Arijó al bar del padre, el emblemático Calahorra. Un día armaba tostados, otro día servía Coca-Cola. Al final de la secundaria, ya era encargado de un turno. “Desde chico, tuve en la cabeza que algo tenía que encontrar, algo que me permitiera hacer una diferencia”. El objetivo siempre lo tuvo claro: “para mí una diferencia era: auto, casa y vacaciones”.

 

Casualmente son tres cosas que de chico no tuvo. A los tres años, su papá se fue del hogar. Hijo único, se quedó con su madre, pero en casa de su abuela paterna. Por entonces no tenían auto y lo más cercano a unas vacaciones, fue un viaje en camión a San Clemente cuando Fabián tenía doce años. Armaron la carpa al lado, “pero éramos como quince”, hace el conteo Gruccio y los números no le dan para entrar todos en la carpa. Se solucionó fácil: “algunos dormían adentro del camión”.

 

 

Tras la búsqueda de esa diferencia, Gruccio probó de todo. Fue almacenero, sereno de fábrica y repositor de supermercados. Fue pionero en la venta de milanesas a comercios. Y cocinó matambres al por mayor, en un lavarropas viejo. Compró leche en tambos y los vendió casa por casa —“nos compraban todas las viejitas”, y todavía Gruccio la sigue promocionando, “¡era leche pura de campo!”-.

 

Nunca las tuvo fácil. Con diez años, le prestaron una vieja bicicleta. Fabián la arregló, le compró un asiento nuevo, la embelleció. “No sabés cómo la dejé”, se acuerda. Hasta que un día llegó el dueño a la casa: ¡ahora la quería de nuevo! “¿Y qué iba a hacer? Si no era mía”, reconoce. “Tanto trabajo que había hecho para nada. Me quedé con una bronca”.

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Su amigo de la infancia, Guillermo Arijó, lo pinta así. “Era distinto, de la barra de los muchachos, Fabián fue el primero que se compró un auto con su laburo”.  Fue un Peugeot 404 usado, color bordó, “siempre lo tuvo impecable”, recuerda Arijó. Y Gruccio en seguida puso el vehículo a ganar plata, repartiendo leche. No obstante, el primer gran éxito que emprendieron juntos fue una barra del boliche que marcó época: Kabak. “Los dueños nos cagaban a pedos”, recuerda Arijó “porque la barra nunca, pero nunca, daba ganancia”. Bueno, quizás no fue un éxito comercial. Sus mejores clientes eran ellos mismos. “Posta, tomábamos más durante la semana que lo que vendíamos el fin de semana”, reconoce Guillermo. Si bien no les dejó plata, es probable que a Gruccio le haya machacado su cultura de la responsabilidad. Según relata Arijó “es verdad que jamás faltó al trabajo, te aseguro que tuvo cien por ciento de efectividad”, Guillermo se tienta, “¡ninguna noche, Fabián logró irse fresco!”.

 

 

Más allá de la noche, durante el día Gruccio seguía con sus trabajos; intercalaba la venta de matambre con su oficio de mozo en Los Amigos. Los lunes solía quedarse dormido en plena clase, hasta que un profesor del colegio comercial se lo dijo: “Gruccio, yo sé por qué se duerme. Porque anoche estuvo trabajando, no de joda, y eso lo respeto”. Hasta que le llegó una oferta para trabajar en El Candil de quien, tiempo después lo sabremos, sería su último jefe, Leandro Maglione: “Me habían dicho que era un mozo muy eficaz”, recuerda. Maglione con 29, tenía nueve años más que su flamante empleado, pero compartían carácter, “los dos somos muy mal llevados”, reconoce “¡Cómo nos puteábamos!”, explica entre carcajadas. “Pero nunca por trabajar mal, sino por exigirnos más; él me criticaba los platos, y yo lo mandaba a la mierda”. Maglione da fe de su orden y responsabilidad. Para identificar los gustos de cada cliente —y fidelizar propinas—, Gruccio tenía una libretita donde anotaba sus platos favoritos. Gracias a eso, sus propinas se multiplicaban. Ahí mismo, en El Candil, el transporte volvió a cruzarse en su camino.

 

 

 

 

Una noche de sábado, mesas completas, se celebró el sorteo de un plan de ahorro para veinte clientes que compraran un cero kilómetro. El escribano sacó la bolilla y dijo el número del afortunado que se llevaría el auto con la primera cuota. Los comensales buscaban sin suerte el ganador entre las mesas. Ya todos los empleados del restaurant aplaudían para felicitarlo, sabían quién era el afortunado. “Me saqué un Fiat Duna”, recuerda Gruccio “mientras trabajaba de mozo”. Sus amigos le preguntaban cómo lo iba a pagar con su sueldo, “pero yo ya lo tenía pensado”. Lo puso a trabajar en la primera remisera que abrió en Lobos: El Gaucho. “En esa época era una locura poner un cero kilómetro de remis, yo lo puse”. Lo manejaba de lunes a viernes. El fin de semana era mozo, “me convenía por la propina”. Pero el auto no paraba, le ponía un chofer, “no me importaba quedarme sin auto el fin de semana”. Seguía buscando esa diferencia, que lo haría grande.

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Semana a semana, peso a peso, llegó a comprar otro auto nuevo: un Senda. Mozo, con dos cero kilómetros, pero él andaba a pata, los autos se quedaban trabajando. Tal es así, que para ir Capital un día se tomó una combi y ese viaje le cambió la vida: descubrió una idea, la que tanto buscó, esa con la que haría la diferencia.

 

“La combi no tenían aire acondicionado, las butacas no eran reclinables, a la vuelta salimos veinte minutos tarde y hasta dejaron un pasajero colgado”, enumera Gruccio y concluye “yo pensé, si esto aún así camina, bien hecho tiene que funcionar en serio”. Y se puso a probar su teoría. Dejó su último trabajo como empleado. Vendió el Senda, pidió plata prestada y compró una Mercedes Benz 180. Alquiló el local contra el que apoyó la nariz tantas tardes y en noviembre del ’96 abrió LobosBus. Con Cristina, su flamante esposa —se habían casado hacía nueve meses— y su hijo Matías —de dos años— se mudaron al departamento arriba del local. Trabajaban con su esposa y un empleado. Gruccio era gerente general de la sociedad anónima, pero también chofer, mecánico, administrativo, oficinista y lavaba la combi. A la noche tiraban un cable largo para llevar el teléfono fijo de la empresa a su mesa de luz. Si alguien quería reservar un pasaje a las cuatro de la mañana, él lo atendía. “No podíamos desperdiciar un solo llamado”.

 

Cuando empecé, tenía la convicción de que me iba a destacar por el servicio

 

Ya está, pensará usted, con eso la pegó. No, la verdad que no. Gruccio tenía 27 años y no le encontraba la vuelta, no veía un mango. “Ahí me la jugué”, reconoce hoy quien tiene 120 empleados a su cargo “vendí el Duna y compré otra combi más”. Ya no había vuelta atrás, se acababa el ingreso de los remises y todo dependía de las combis que aún no daban plata. Pero lo tenía claro: “o zafábamos o volvía a trabajar de mozo”.

 

“La verdad, nadie de los amigos vio que el negocio de las combis fuese a funcionar”, se sincera Guillermo Arijó. Pero Gruccio era el único que opinaba distinto.

 

 

 

Con dos combis pasó de tres viajes por día, a seis y empezó a fidelizar clientes. Reemplazó las butacas originales por otras reclinables, instaló en el vehículo una máquina con café y jugo, les ponía el diario nuevo todos los días y hasta los recibía con caramelos. “Tenía la convicción de que me iba a destacar por el servicio”, postula. Y ese servicio tenía una característica  que no entendía el mercado: la puntualidad.

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La empresa tiene nueve oficinas y 120 empleados.

 

Por no esperar cinco minutos a un pasajero y salir puntual, llegó a viajar vacío. “Los clientes que aguardan en el camino no tienen por qué esperar a otro que viene tarde”, explica Gruccio. Y luego de varios viajes vacíos, su política de partida empezó a ser entendida. Hoy en sus nueve oficinas de atención al público la directiva es clara: no se espera a nadie.

 

En ese punto estuvo el quiebre, pagó todas sus deudas y compró cinco combis en dos años. Sin embargo algunas cosas no cambiaban. Tenía seis vehículos en funcionamiento, pero durante siete años no volvió a tener un auto propio. “La plata la prefería meter en la empresa”, explica “total, si quería salir a pasear el domingo, agarraba una combi”.

 

Al principio fue: zafaba o volvía a trabajar de mozo

 

Nueve años después de fundar LobosBus, Fabián se bajó de la combi y dejó de ser chofer. Fueron un millón y medio de kilómetros al volante. “Llegué a meter cuatro viajes en un día”, reconoce —cuando hoy un chofer hace dos, como un extra, tres—. Aún cuando es una de las cinco empresas de combis más grandes de la provincia de Buenos Aires, admite que su mayor alivio es cuando pasa principio de mes y ya pagó los 120 sueldos. Más de una vez ha pedido plata prestada, “pero no me podría perdonar pasar de la primer semana y que no estén pagos”, explica Gruccio “la viví, y sé lo que es esperar un sueldo”.

 

 

La historia que muy pocos conocían, empezó hace cuarenta años. Cuando Teresa, su madre, lo llevaba todos los días a su trabajo de cocinera en El Candil. Fabián tenía siete años y dormía debajo de una mesa donde tiraban los manteles usados. A esa edad aprendió —sin que se lo digan— que al trabajo se va todos los días, aunque tu hijo se quede dormido. ¿Quién hubiese imaginado que cuatro décadas después conectaría siete ciudades todos los días, a toda hora? “Tengo la esperanza de que ella desde algún lugar lo esté viendo”, se ilusiona Fabián “y esté orgullosa de que le salió un hijo derecho”.

 

 

De mozo a empresario, pasó por todos los trabajos que pudo para lograr esa diferencia. Al final del camino descubrió cuál era el secreto. “Para dirigir una empresa, tenés que saber hasta limpiar los baños”, asegura Gruccio, y se ríe. “¡Y sabés las veces que me tocó limpiarlos a mí!”.

 

 

Cobertura fotográfica: Estudio Mirar

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