El mar por primera vez


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Chicos de todos los rincones de Lobos caminan hasta 10  km para cada sábado a almorzar al merendero Sonrisas del Mañana. Pero este verano recibieron algo más que un plato caliente, se encontraron con un viaje que los llevaría por primera vez a conocer el mar. 

Más de treinta chicos desbocados, sin control, se lanzan corriendo como poseídos rumbo al mar. Los adultos les gritan, tratan de calmarlos, es imposible, se meten con la ropa puesta, remeras, jeans, zapatillas. El agua está helada, la costa bonaerense es implacable aún en diciembre. No importa, sus sonrisas combaten cualquier frío, están repletos de alegría: por primera vez en sus vidas, está conociendo el mar.

 

Un micro repleto de chicos de Lobos viajó a Santa Teresita a cumplir el sueño de conocer el mar.

 

“La playa es grande”, cuenta Valentina Álvaro, de 11 años, y busca con qué comparar esa grandeza. “La playa es grande… grande como la playa”. Fue la primera vez que estuvo en el mar, que pisó la arena y se metió al agua. Compararlo con otra cosa, es subestimar el mar. “¡Y es fría y salada!”, asegura que no se lo va a olvidar jamás.

Ella es uno de los 39 nenes de entre 4 y 12 años del merendero Sonrisas del mañana que el 10 de diciembre fueron de viaje a Santa Teresita. “Tratamos de llenar el colectivo con la mayoría de nenes, solo fuimos 6 adultos”, cuenta Sebastián Ardiles, el fundador junto a su hermano Pablo, del merendero hace casi una década. “Esto es algo que surgió para darle a los chicos una posibilidad que, en general, sus familias no tienen dinero para ningún tipo de viaje”.

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No fue la primera salida que hacen con chicos, aunque para la mayoría de los chicos si fue su primer viaje al mar. La travesía empezó un domingo de este verano 2019, a las 4:30 de la madrugada. El colectivo salió de Lobos con todos los asientos llenos y las expectativas de qué se trataba eso del mar. Llegaron a Santa Teresita a las 9 de la mañana. Estaba fresco, pero igual, el mar abrazó a esas decenas de chicos que muchas veces no tienen quien los abrace.

Algunas horas después, cuando pasó la emoción del descubrimiento, pudieron llevarlos a todos a las duchas. Ahí también fue un amor con el agua, pero esta vez caliente. “Es que muchos viven en casas con servicio pobre de calefacción, suelen ser muchos a la hora de bañarse, y muchas veces toca fría”, explica Sebastián y cuenta que le costó mucho sacarlos de la ducha. El camping tenía caldera y el agua caliente no tenía fin.

“Los chicos se portaron mucho mejor que cuando están en Lobos”, explica Marta Guindani, 66 años y colaboradora estable del equipo. “No es que se porten mal  pero son muy inquietos. La verdad que yo mucha paciencia no tengo”, reconoce Marta “así que ayudo más que nada en la cocina”. Tras el almuerzo, se fueron a pasear por el mirador y  el centro de Santa Teresita. Que no será Río de Janeiro, pero algo de centro tiene, y sobre el final del viaje, sorpresa: los llevaron a tomar helado.  “Para uno es algo común, pero cuando los ves tomar un helado a los chicos, que no están acostumbrados, te das cuenta del valor que muchas veces no le damos a nuestra realidad”, explica Marta. No fue fácil, eran muchos, hubo que buscar una heladería barata y pelearle el precio. Costó más de lo pensado, pero al final cada nene tuvo su cucurucho con una bochita de helado.

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Así, panza llena, corazón contento, volvieron para Lobos. Felices y cansados, durmieron todo el viaje.

 

El merendero con Sebastián, su fundador. La alegría de ser solidario.

 

 

Misión: conocer el mar

 

“Un día los vi en facebook y habían publicado que necesitaban gente. El primer día me fui bastante mal, pensé que no duraba nada”, recuerda Marta su llegada hace un año y pico a Sonrisas del mañana. “Pero ellos necesitan ayuda, y esto es para devolver. Y cada vez hace más falta, cada vez somos menos para ayudar”, se sincera Guindani. Y Sebastián Ardiles explica: “No somos una asociación civil aún, por lo que es todo a pulmón. El colectivo nos salió $30.000 y eso que Rosso nos hizo un muy buen precio. Y gastamos $9.000 más en el resto”. Un día en la playa les salió casi 40 lucas. “Hicimos la rifa con una TV que nos regaló la papelera, Agustina Azcaray nos donó la muzarella y vendimos pizzas”, detalla los rebusques Sebastián para llegar al mar.

Pero es solo un viaje, al volver de la playa el hambre sigue. Cada mes tienen $6.500 de alquiler. Cada sábado son 40 o 50 chicos para alimentar. “Vienen caminando desde el callejón Turdo, desde el Hipódromo, desde el barrio PyN”, detalla Sebastián, el merendero queda en la calle Fortunato Diaz al 1280, cerca del cementerio, cualquiera que sea de Lobos sabe que eso significa hasta 10 km de caminata en entre ida y vuelta. El hambre no es perezoso.

Un sólo día bastó para sacarse las ganas de mar y de arena.

 

 

Además de Sebastián y Pablo Ardiles, o Marta, también a ayudan Alfonsina Marani o Beatriz Atencio (la mamá de Seba y Pablo), más algunos padres y madres de los chicos. “Pero a mucha gente las historias de los nenes los afectan mucho y terminan dejando”, explica Sebastián.

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Al final, no queda otra que preguntar:

-¿Seba, por qué hacés esto?

-¿Y por qué no hacerlo? -responde él.

Sebastián da una larga lista para los que, como él, piensan que siempre es mejor hacer que ignorar. Para los que piensan que es mejor comprometerse que sólo dar vuelta de página. “Necesitamos en el merendero cualquier alimento porque los chicos tienen hambre. O bien pueden venir y dar una mano que siempre falta gente para ayudar a los que le falta mucho. Nos pueden contactar por Facebook. Somos de responder rápido.”

El colectivo cargado de chicos llegó a Lobos a las 3 de la madrugada y marcó el fin de la aventura. Los niños aún tenían impregnada la piel con sol y sal marina. Y algunos eso no les era su suficiente: y en sus mochilas escondían un frasquito con arena. Recuerdo del día irrepetible que conocieron, al fin, el mar.

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