El cura que ahora enseña a catar vinos


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Oscar Abosaleh fue durante cinco años cura en Empalme. Dejó los hábitos hace 14 años. Fue candidato a intendente, concejal, tuvo inmobiliaria y hoy se convirtió en sommelier. Las verdaderas razones de por qué dejó el sacerdocio. El día que conoció en prisión a la envenadora  Yiya Murano.

 

 

Vivir una sola vida puede ser aburrido. Vivir vida de médico. O de abogado. O de arquitecto. Y ser eso y sólo eso, puede resultar, para muchos, tedioso. Oscar Abosaleh vivió unas cuantas. Primero fue apicultor –ayudaba de chico en las colmenas de papá-. Luego soñó con recibirse de ingeniero. Pero vivía en el campo, en Mercedes y estudiar en capital era un lujo. Estudió para ser profesor de matemática. Fue preceptor en escuela parroquial en Mercedes. Y, dos muertes cercanas en la familia –el abuelo y el tío murieron en un mismo mes- lo decidieron por volcarse a la vida religiosa. Cuando anunció que se haría seminarista, papá, que se consideraba ateo, lo echó de la casa. “Fue muy duro”, recuerda Abosaleh, que vive en un PH al fondo, frente a la Estación de Bomberos, en Lobos. “Estuvo tres años sin hablarme”.

La carrera fue larga: 4 años de estudio de filosofía en Azul, y cuatro años más de teología en Mercedes. 72 materias para convertirse en sacerdote. Nunca un bochazo. Fue consejero espiritual en el penal de Azul y en Mercedes. Luego en  prisión en Marcos Paz. Y durante tres años, fue capellán en la cárcel de menores de Marcos Paz.

En la cárcel de Marcos Paz, entraban por la cocina, por la parte de las mujeres. Un día, los recibe una reclusa con un plato de comida. ‘¿Quieren comer, chicos?’ Cuando Abosaleh la mira, la reconoce: Yiya Murano, la envenenadora, apodada la viuda negra. Y se queda congelado.

-¿Y aceptó el plato de comida?

-¡Ni loco!

Hoy Abosaleh jura que el paso por la cárcel de menores –hacía el seguimiento de los chicos, iba a diario- fue, aunque suene paradójico, una de las mejores cosas que le sucedió como cura. “Hicimos mucho por esos chicos”, se acuerda. Pero era duro de ver los códigos internos con que se manejaban entre ellos. Lo más perverso era la humillación del más débil. Le sacan todo. Le roban la comida. La ropa. Lo explotan sexualmente. A mí me tenían respeto, pero cuando hablaba con el débil, los otros me decían que no me acercara a ellos. Que no valían la pena”.

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Remplazó a un cura en Junín durante 45 días. Luego, por un tiempo se hizo cargo de la transición del monasterio Palotino en Empalme Lobos –entre 1995 y 2000-. Y finalmente fue sacerdote en Chivilcoy durante 5 años. Allí vivió una experiencia que revolucionaría su vida. Y literalmente lo transformaría más allá de lo que podía imaginar. Entre 1994 y el 2005, Abosaleh se ocupó de organizar encuentros matrimoniales, pensados para contener parejas en crisis. Allí se hablaba de todo, sin medias tintas, y Abosaleh que nunca había estado en pareja en su vida, conoció las pequeñas delicias de la vida conyugal. “Llegaban parejas casi al borde de separarse y terminaban felices. Otros matrimonios venían y no sabían ni ellos mismos lo mal que estaban. Había parejas que eran más socios que esposos”, recuerda él. “Me llamaba la atención ese misterio de la relación de pareja. Vivir algo recíproco con tanta intensidad. Me preguntaba cómo esa gente que se amaba también podía hacerse tanto daño. Y también cómo después de tanto dolor, llegaban a perdonarse”.

Tantos años, tantas historias lo hicieron pensar: “Yo había elegido el celibato, pero estos encuentros eran tan íntimos, tan palpables que me volaron la cabeza. y me obligaron a repensar también en mi misión como sacerdote”.

Su etapa como sacerdote. Hoy, ya sin los hábitos los vecinos de Lobos le piden que vuelva. Pero dice que es una etapa terminada. 

 

Los encuentros matrimoniales lo sumergieron en una duda existencial durante seis años hasta que decidió dejar el sacerdocio. “Sólo el hecho de pensar en esto, ya me daba miedo”, recuerda. “Yo era párroco en Henderson. Cerraba la puerta a las 20hs y la abría a las 7. Y de esas once horas solo, siete me las pasaba llorando. Estaba muy deprimido. Pero nadie lo notó”.

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En el 2003, vino el Obispo y  le propuso irse a encabezar la iglesia de Lincoln, una ciudad grande. Abosaleh, en medio de una crisis, entró en pánico. Declinó la oferta y le anunció que quería dejar los hábitos. “El 2003, cuando dejé el sacerdocio, fue el peor año de mi vida”, dice. “O tal vez el mejor”. Tenía 45 años.

Sin empleo, y sin experiencia laboral, Abosaleh buscó trabajar de lo que fuera: de portero, de asistente de una senadora. Pero las ofertas no llegaban. Un día en marzo del 2006, Guillermo Ré, el escribano de Lobos, que lo conocía de su tiempo de párroco en Empalme, le propuso emplearlo en su escribanía y radicarse en la ciudad. Y así, Abosaleh volvió a Lobos para quedarse. Y hasta la Unión Vecinal lo propuso de candidato a intendente en el 2007 –salió segundo con el 27% de los votos-. Y luego fue concejal por cuatro años. Se metió en el barro de la política y salió espantado. Durante su carrera a intendente, se puso a investigar el basural y las entregas de viviendas en el Barrio Celeste y Blanco. “¿Sabés qué hicieron para que me callara?”, dice. “Me metieron una denuncia. Decían que yo había incendiado intencionalmente el basural. Una locura. Tuvo un año esa denuncia hasta que la desestimaron”. El paso por la política de Lobos le dejó un sabor amargo. “Lo peor es la chatura de la clase política. Algo horrible. No les importa nada”.

Nunca más. Su paso por la política le dejó una mala experiencia. Dice que se sintió defraudado.

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Abosaleh se recibió de martillero, montó su propia inmobiliaria, pero el mercado y la enfermedad d esus padres lo obligaron a desatender el negocio, hasta que cerró el local. Hoy, vive de su nueva pasión: los vinos. Se recibió de sommelier. Y da clases de inicio a la cata en Lobos –ya pasaron 50 vecinos por sus lecciones-. Es profesor de cata en el Instituto Gastronómico de Cañuelas. Y está en tratativas con una bodega de Uribelarrea para dictar un curso de elaboración de vinos. “La transición después de mi vida como sacerdote fue muy difícil. Siempre fui muy introvertido. No salgo. No voy a cafés. Si me ves por la calle es seguro haciendo algún mandado”, dice. “Yo dejé un lindo recuerdo en Lobos así que el primer tiempo la gente me veía y me pedía que volviera a la iglesia.”

-¿Y usted qué le decía?

-Les decía: Mirá, mi realidad  hoy es esta. Estoy fuera. Yo con los curas de Lobos tengo muy buena relación. Incluso el padre Roberto, después me enteré, mi abuela le cocinaba cuando estaba en Mercedes. Y él fue quien me bautizó.

-¿Extraña su vida como sacerdote?

-Nunca lo extrañé. Y tampoco me veo volviendo.

-¿Y va a misa?

-No voy. No quiero ir para no distraer a la gente. Antes, cuando era sacerdote y un cura dejaba los hábitos y seguía yendo a misa, la gente comentaba: ‘Este dejó y sigue viniendo a la iglesia’. No quiero que digan lo mismo de mí. Así que rezo, pero en casa.

-¿Y encontró pareja? ¿Vivió eso que tanto quería experimentar luego de los encuentros matrimoniales?

-Lo viví. Y lo vivo. Hace 13 años estoy en pareja. Y pude sentir lo que es amar recíprocamente a alguien. El cambio valió la pena.

 

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