Diego Mariscotti: “Mucha gente se ahoga en un vaso de agua”


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Diego Mariscotti, programador informático en la municipalidad de Lobos, tuvo un accidente a los 16 años que lo dejó en silla de ruedas. Perdió un año de escuela, pero decidió completarla. Hizo nuevos amigos. Se apasionó por la informática. Terminó la universidad. Y hoy da clases en el Instituto y experimenta con máquinas de avanzada. Un ejemplo de esfuerzo y superación. 

 

Hasta los 16, un verano, Diego Mariscotti era como cualquier otro niño de Lobos. Hijo de un martillero dueño de inmobiliaria, y un ama de casa, menor de cuatro hermanos, a Diego le gustaban las computadoras. La fórmula uno. El fútbol, no tanto. Cursaba en el Nacional. Y en breve, partía de vacaciones en familia. Por eso, aquel día había limpiado la bicicleta y para comprobar que estaba a punto, decidió salir a pasear por el centro. Torció acá. Siguió por allí. Y en la Plaza Tucumán, la camioneta que iba delante dobló de improviso y Diego quedó a merced de un acoplado estacionado. Fue un golpe seco: la bici salió despedida y el aterrizó en la calle. Escuchó sirenas. Vio el cielo abierto, lejano, el mismo de siempre. Vio llegar gente de casco que se inclinaba y ponía mala cara. Y sus recuerdos se interrumpen allí. Despertó, días más tarde, en un hospital en Buenos Aires. Media parte del cuerpo inmóvil. Los médicos, sin medias tintas, le dijeron que, a partir de entonces, se acostumbrara a eso: no podría contar más con sus piernas. Tras pasar por un tiempo prolongado de recuperación, más una estabilización de la columna con una placa de titanio, Diego recuperó la movilidad de los brazos y la cabeza, el resto del cuerpo no despertaría más.

El vuelco de vida, lo volcó en su pasión por la informática. Ahorró la plata de regalos varios y se compró una modelo 386: su primera computadora. Un hermano le regaló su monitor. De más chico, cuando su hermano mayor no le prestaba la computadora, Diego tomaba decisiones drásticas: astuto él, se la colgaba usando la chispa de un magiclick.

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ADELANTADO. Se llevaba diskettes escondidos y copiaba softwares de la escuela, para ponerlos a prueba en casa.

 

 

Tras el accidente, perdió un año de escuela, y, persuadido por su familia, lo retomó en un curso nuevo. Le quedaban dos años para egresar. “Yo no estaba muy sociable que digamos”, recuerda Diego, en casa, junto a la inmobiliaria Mariscotti de su padre. “Pero apareció una camada nueva de amigos incondicionales que hasta me iban a buscar a casa para acompañarme a la escuela. Siempre tuve silla motorizada. Detesto que me anden empujando.”

-¿Fuiste de viaje de egresados a Bariloche?

-Mis amigos me insistían para que fuera. Pero no quería ser una carga para ellos. Allá es todo montaña y con la silla de ruedas, iba a ser una carga para ellos. Así que me quedé.

Terminada la escuela, se apuntó en el Instituto, de técnico en programación. Se recibió en tres años y aprobó unas 30 materias. Mariscotti era una luz: apenas aprendía un tema, y se apresuraba a aplicarlo. Ya en la escuela, llegaba con diskettes escondidos, grababa los programas nuevos y los probaba en la casa. Ya en 1992, diseñaba carteles, banners.

-¿Nunca te bocharon en el instituto?

-Una sola vez.

-¿No estudiaste?

-Sí, pero el profesor pensó que me copié.

-¿Y te copiaste?

-Nada del otro mundo. Miré de reojo.

Sus profesores captaron la velocidad de aprendizaje de Diego –ya arreglaba máquinas desde los 17-, y uno le ofreció trabajo. Así que, antes de recibirse, Mariscotti ya trabajaba en el centro de cómputos de la Municipalidad. Tenía 20 años. En el 2000, se puso al frente del diseño de la web del municipio. Y poco tiempo más tarde, el reconocido periodista Eugenio Ritenutti le ofreció diseñar su flamante portal de noticias: Infolobos, uno de los más visitados de la región.

“Eugenio tenía un bar en la galería, y había puesto unas computadoras con conexión a internet”, recuerda Diego. “Yo paraba siempre ahí. Un día, no le andaba una computadora y yo le ofrecí arreglarla. Así empecé a ayudarlo. Y luego me convocó para su página”.

Incansable. Da clases en el instituto. Es programador en el municipio. Y los fines de semana, va a bares y a Dasha.

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Desde entonces, Mariscotti no se detuvo: diseñó las boletas de impuestos de la Municipalidad. Fue el motor de la web del municipio para conocer las deudas, imprimirlas y pagarlas on line. Le llevó cuatro meses de búsqueda y más búsqueda en la web. “Ahora, estrenamos un sistema de alerta de patentes con pedido de captura. Se usan las imágenes que captan las cámaras de seguridad y se envían los datos para certificar que los autos no tienen problemas”, dice él, único programador del municipio, un edificio, más dependencias con 150  máquinas y 40 impresoras.

Para completar estudios, obtuvo la licenciatura de la Universidad del Salvador. “Tardé nueve años en recibirme. Era un programa donde los profesores venían de capital a Lobos. Arrancamos siendo 15 alumnos y nos recibimos dos. Como no le rendía a la universidad, los profesores se demoraban en venir y por eso se atrasó todo”. Desde el 2008, da clases en el instituto. Hoy dicta tres materias: nueve horas semanales. Explora desde el 2017, las maravillas de la impresora en 3D. Y dedica, desde hace un año, a ensamblar prácticamente cualquier cosa que implique programación y electrónica. “Se llama sistema Arduino. Es increíble. Se venden componentes sueltos que te permite amar lo que quieras. Por ahora, le estamos desarrollando un sistema a una cámara frigorífica que le avisa al dueño cuando le temperatura de las heladeras ascienden determinada temperatura. Le llega la información por el celular. Esto es lo que se viene ahora”.

Como muestra de su inventiva temeraria, una vez, a escondidas de los profesores, en sus tiempos de escuela, Diego elaboró en el laboratorio del Nacional, nitroglicerina. O sea: explosivos. Lo hizo con un amigo: Gerardo Iglesias. Una vez terminado, en lugar de detonarlo, lo arrojaron por la cañería. Conclusión: el compuesto quemó las cañerías. Y Diego, por inhalarlo, le atacó las vías respiratorias y hubo que llamar al grupo de toxicología de La Plata. “Tranquilamente, ese día podíamos haber volado”, recuerda Gerardo Iglesias, su amigo y socio de correría. “Diego tiene corazón enorme. Cuatro meses atrás, fui a contarle que andaba mal con mi pareja. Y me dijo: venite a vivir al fondo de casa. Así que, sigo acá, gracias a él”.

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Antes. Diego, de vacaciones. poco tiempo después, un accidente le cambiaría la vida.

 

-¿Tuviste novias, Diego?

-Sí, varias. Estuve cinco años en pareja, con una chica que le llevaba cinco años. Conocía a su familia. Luego con otra tres años. Y con otra tres. Hablamos de novias oficiales, ¿no es cierto? Hoy, estoy soltero.

-¿Salís con amigos?

– Voy a los bares, a los boliches. Dasha, Cien. Antes, a La Porteña. Pero no me gustan los grandes tumultos de gente. Antes, salía más pero ahora muchos de mis amigos están casados.

-¿Te emborrachaste?

-Muchas veces. Pero nunca para tanto. Confieso mi debilidad por el whisky Jack Daniels.

-¿Tuviste accidentes con la silla de ruedas?

-Sí. Tenía una silla que, después descubrimos, un sensor cuando le pegaba el sol la hacía arrancar sola. Imaginate, muchas veces me salía disparada a la mitad de la calle.

-¿Y qué hacías cuando salía para la calle?

-Respiraba hondo. ¿Qué iba hacer?

-¿Cómo te tomas todo lo que te pasó?

-Mirá, cuando no ando bien, no soy muy expresivo. Excepto que me esté muriendo, nunca me vas a ver quejarme.

-Pero, con todo lo que viviste, ¿hay un consejo que puedas darle a la gente?

-Veo que muchos se ahogan en un vaso de agua. Se hacen problema donde yo no veo problemas. Cuando fue la final de la Libertadores entre River y Boca, un amigo bostero se puso a llorar. Yo le dije: “Es un juego. No seas pelotudo”.

Por si no queda claro qué piensa de la vida, en su perfil de wapp, Diego escribió: “Fracasar no es caer. Fracasar es no levantarse”.

 

 

 

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