De la India con amor


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Luciano Quinteros, dueño del local de ropa De la India Lobos, viajó más de media docena de veces al país asiático. Allí aprendió los secretos del comercio de telas. Por qué regresa cada año. Qué episodio le hizo sentir que moriría fuera del país.

 

 

Antes de despedirse por un tiempo de la Argentina y convertirse en un comerciante viajero por Europa y Asia, Luciano Quinteros ya conocía América del Sur. Tenía dieciocho y había visto a los Redondos en Racing, escuchaba Divididos y tocaba un poco la guitarra. Tenía interés por la fotografía y sabía usar una brújula. Pero, lo que aún no avistaba era que, en menos de cinco años, su futuro como viajero iba a estar vinculado al comercio de ropa procedente de la India.

 

Su infancia transcurrió entre Mercedes y Lobos. La separación de sus padres hizo que terminara la Primaria en estos pagos. Pero pronto volvió a Mercedes con Pablo, su papá. Sin traumas ni angustias, hizo su primer viaje de mochilero a Salta y Jujuy, con dos amigos, a los quince. Algo comenzó a latir en su mochila. A los dieciséis, convenció a sus viejos para que le firmaran la emancipación. Y así, conoció Chile, Bolivia y eso de respirar paisajes —sin tutelas ni dependencias— le generó una necesidad: salir a caminar por distintas partes del globo terráqueo.

 

El plan de cargar algunos petates y partir. En esas escapadas —por el NOA en invierno y la Patagonia en verano— Luciano comenzó a vender prendas típicas que seleccionaba en cada pueblo por el que pasaba. Y las vendía en Mercedes, Lobos y en Capital. Mientras tanto, instalado en el centro porteño, hizo cursos de diseño y fotografía en el Centro Cultural Rojas. Hasta que se convenció de irse bien lejos. Y viajar. Hoy, con 35 y sin ataduras ni un look hindú a cuestas, asegura que “estar en sintonía con otras culturas exige más que vestir a tono”.

 

En la mitad de 2001 la Argentina estaba a punto de arder. Se vivían días de una falsa calma que anticipaba la ola a romper con el estallido de la crisis en diciembre. El destino de Luciano fue similar al de otros jóvenes, entre dieciocho y veintidós. Según Conicet, ese año se desarrolló la mayor ola emigratoria Argentina en 100 años, con cifras de más 250 mil jóvenes que abandonaron el país en apenas catorce meses. Con dieciocho, la mochila y una cámara de fotos, Luciano llegó a España. Trabajó en prensa, fue fotógrafo free lance, administrativo en marcas de patente del Estado y camarero en hoteles. “Nunca me importó estar en diferentes lugares haciendo de todo o a los tumbos”.

 

Quinteros, destaca de sus viajes “la solidaridad para con los turistas de los indios”.

 

En diez años, sólo visitó en dos ocasiones la Argentina. Allá, empezó a vender ropa en las playas y calles peatonales hasta que consiguió montar un negocio con venta al público. “Me fui aburguesando”, ríe y cuenta que desde Argentina, le enviaban ropa del altiplano con diseño para europeos. Alquiló locales por temporadas de seis meses y en su segundo invierno europeo aprovechó a cruzar el Mediterraneo para conocer la costa norte de África. En tanto, en sus días españoles degustó todo el universo de la música flamenca.

 

«Tuve épocas en las que recorría tablaos y también bares de jazz. Hoy atesoro haber visto en dos oportunidades a Paco de Lucía. Mientras tanto, tuve un local de ropa durante algunas temporadas y alquilé una casita en Cadaqués, el pueblo de Salvador Dalí. Creo que el mundo de los gitanos, sus fiestas y formas de vivir yendo de un lado a otro, terminaron por identificarme con eso mismo: recorrer y comerciar con la gente de cada lugar. No fue un hecho hasta que hice mi primer viaje al norte de la India, en el límite con Pakistán.»

 

La India fue un punto inevitable para la vida de Luciano. Comenzó así su recorrido por el exótico y místico mundo asiático. “Todo es distinto si lo mirás con los ojos de occidente”. En ese primer viaje que duró alrededor de tres meses, Luciano convivió como viajero haciendo escalas en hoteles por diez dólares la noche o en casas de lugareños con los que comerciaba telas con diseños de la cultura hindú. “Regresé a España fascinado, con bolsos llenos de ropa y un guiño”.

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Postales de la India. En el Taj Mahal, en la ciudad de Uttar Pradesh.

 

En el tercer viaje, fue más específico con la mercadería a seleccionar. En India, descubrió que cada etnia tiene su modo de elaborar la vestimenta. “Cuentan con una experiencia milenaria y cada grupo trabaja los hilos y las telas con su estilo”. Hoy, existe la compra por Internet, explica Luciano, pero “a mí me gusta viajar, tocar las telas y relacionarme con los indios”.

 

«Existen varias Indias. La espiritual y la que está montada para el turista con sus grandes hoteles y calles comerciales. Todo lo que conocemos por el cine y se ve como exótico, es su vida normal. Ravi Shankar, conocido en Europa y América, allá no lo conoce nadie. Ahí es donde se da el choque cultural. Para ellos no existen Los Beatles, ni Los Rolling Stones ni Maluma, nada. Tienen un montón de religiones y subreligiones de distintas ramas y diferentes castas. De pronto, están tranquilos y entra alguien en harapos y la gente lo venera. Luego, te enterás que es un baba y que pasa cada cierto tiempo a saludar a sus seguidores. Leí un montón sobre esa cultura antes de ir, pero entendí todo estando allá.»

 

El trato con los indios le hizo descubrir a Luciano el parecido con la forma de ser de los argentinos. Sobre todo el toque de picardía y humor. Sus preocupaciones, más allá del sustento diario y los problemas que acarrea una superpoblación que asciende a 1.300 millones, es: “acá no pasa nada, yo me reencarno”. Las castas se dividen en bajas (obreros, empleados) y altas (funcionarios, empresarios), pero la vida en India, explica el viajero, “no se mide desde lo material: un baba iluminado puede pertenecer a una casta alta y no llevar más que lo puesto”.

 

 

Casamiento en la India. Cervezas y tragos fuertes.

 

 

En la India el amor se da sólo entre personas de una misma casta y para buscar pareja —mejor dicho para casarse— los hombres recurren a los avisos clasificados.

 

«Si no saben a cuál casta pertenece una persona, no les gusta ni les llama la atención de antemano. Y la forma de estructura familiar se rige con esos mandatos. Al principio me resultaba rarísimo hojear los diarios y ver: “Joven zapatero de 18 busca esposa de…”. Después, la apertura hace que se vuelva algo comprensible el comportamiento de cada casta. Estuve en casamientos que duran cinco días. Se bebe fuerte, ya sea en una celebración de familias con mucho poder económico o de quienes les cuesta repartir. Se come mucho picante, a base de arroz y muchas verduras. Las cervezas son muy fuertes, pero su bebiba por excelencia es el whisky que heredaron de la colonia inglesa. Lo toman con cuarenta grados de calor y sin hielo. Todo resulta feliz al fin en la India.»

 

***

 

En cinco años De la India Lobos pasó de ser un show room a un local bien equipado.

 

 

El click en el tipo de mirada le hizo comprender todo ese caos armónico que se vivencia en las calles. De pronto pasan grupos de diez personas festejando a un recién muerto, casamientos de parejas de no más de veinte años en plena calle o un tipo que hace las veces de dentista y se convierte en héroe cuando extirpa una muela. “Es todo como muy caótico, pero con cierto orden a la vez: en la calle no se ven discusiones”.

 

«La familia es el primer círculo social, siguen las castas (de zapateros, banqueros o comerciantes), el club o el gremio y, en último lugar, el Estado. Su cultura es nómade y en sus casas no están rodeados de bienes materiales. En India los más pobres y los más ricos, duermen sobre mantas y comen en el piso. Pese a que muchos no recibieron educación, hablan tres idiomas y son de ayudar al turista extraviado. Así también se buscan el mango. Cuando se enteran que soy argentino, aparece el fútbol: Maradona y Messi. De Argentina sólo saben que queda lejos.»

 

¿Qué aspectos del mundo occidental se perciben en la India?

Por un lado, el capitalismo instalado con industrias pesadas con mano de obra barata. Y otra cosa que vi en el norte, en el límite con Pakistán, es lo que en España le dicen yonkis: chicos consumiendo aceite de opio, demacrados. Eso no me generó miedo igual, sino angustia. En India usan la marihuana como ritual y la cocaína está en la alta sociedad. Pero en sus calles, me siento en el lugar más seguro del mundo.

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Cada año Luciano se hospeda en casa de familias que confeccionan ropa.

 

 

Con siete viajes realizados, Luciano encontró la forma de comerciar las telas que vende en su local de Lobos desde 2012. Por eso, su itinerario de viajero tiene un modo distinto de recorrida. “Para comprar me manejo por pueblos alejados de las grandes ciudades”, explica Luciano, quien tiene como punto de referencia para comerciar a Jaipur, capital Rajastán, una provincia —“infinita y casi desértica”— que linda con Pakistán.

 

Su relación con familias indias ligadas a la costura —“no hago negocios con fábricas”— desembocó no sólo en el intercambio comercial de prendas, sino en poder ajustar los detalles antes de cada regreso. Así es que en la actualidad su local De la India cuenta con mucha variedad de prendas para mujeres. Vestidos, babuchas, camisolas bordadas a mano de seda y algodón, pareos, zapatos y carteras de cuero de camello. Muchas de las telas, también provienen de Nueva Delhi.

 

En cada viaje, Luciano relojea el paisaje de la capital de la India. A diferencia de Vieja Delhi, cuenta, en la Nueva Delhi es más evidente la mezcla cultural. En esas abarrotadas calles sin veredas vio de todo. Venta ambulante con cabras y camellos, autos con colores llamativos, vendedores de serpientes, chicas de minifalda, hombres con notebooks, chicos bailando al mediodía sin parar, peluquerías al aire libre y el impacto de la pira. Dicha práctica, abolida en 1829 pero con la costumbre instalada, se basa en que la familia del esposo fallecido obliga a la viuda a inmolarse junto al cadaver.

 

«Son prácticas ancestrales que me dejan sorprendido aunque ahora me siento amalgamado con eso. Quizá a pocos kilómetros de ahí, donde una mujer fue arrojada a la pira, fabrican el último chip y en la misma cuadra pasa un tipo con una barra de hielo porque vive sin heladera. Ellos no sienten ese choque y yo me siento súper seguro. He viajado con algo de dinero por lugares que quizá en otros países no entraba ni loco. He estado en casas de familia, como un invitado más. Con todas sus dificultades, lo que más dejan los paisajes de India es amor. Así de caótico como se percibe todo, los trenes, por ejemplo, tienen un servicio puntual y haciendo una buena práctica con los mapas es difícil perderse. Los argentinos sabemos lo que es que se pare un tren a mitad de viaje. El choque cultural es para un suizo. Yo trato de conectar con la intención de que no me vean como un turista, sino como un par. Tengo amigos allá y hasta me incluyeron en un grupo de What’sapp indio. Manejan un humor sano e inocente. En el comercio, son especialistas y te venden lo que quieren».

***

 

En abril de 2018 Luciano realizará su octavo viaje a la India.

 

 

En India el turista se enferma. Para Luciano, todo el colorido místico y sus originalidades se empañaron en su viaje número cinco. Había tomado las precauciones básicas durante su recorrida viajera-comercial: beber agua embotellada, evitar picantes fritos y utilizar aceite navratna —“te deja la cabeza como con aire acondicionado”— para no sufrir golpes de calor. Pero, el mismo día que partió rumbo a España, comenzó con fiebre y mareos constantes. En una escala en Alemania, los médicos le recomendaron una internación bajo estudios rigurosos.

 

—¿Estuvo en la India? ¿Bebió agua no potabilizada? ¿Fue picado por mosquitos?

—Sí, me picaron ¿Tengo malaria? ¿Cuánto me queda de vida, doctor?

 

En España estuvo tres días internado. “No podía ni siquiera googlear los síntomas”. El contagio de malaria proviene de un mosquito que al picar deja sus larvas en la sangre. “Tenía dos opciones: o que se me inflame el cerebro y morir en 24 horas o esperar que pase el dolor que tiene foco en el estómago pero recorre todo el cuerpo”. A partir de ese momento, Luciano aprendió a llevar remedios provenientes de la medicina ayurvédica. Claro que no fue malaria, pero aún le dura el susto. “Ahora salgo preparado porque mi plan es ser viajero, pero a su vez, recorrer para comprar”.

 

«De tantos viajes aprendí que los indios son pillos para el negocio chico, el menudeo y ese trato, me encanta. Muchos comerciantes me invitan a quedarme a sus casas y tienen el don de compartir todo. Ese trato, me llevó a hacer un viaje en moto a una aldea en medio del desierto. Ahí, di con una danza ritual con bailes y prácticas típicas de la religión hindú. El estereotipo que el mundo tiene sobre India es errado. Claro que se ven policías con cañas de bambú que imponen orden pero todo el mundo respeta ese rol social. Un oficial es para ellos como una institución padre. No es raro ver a un viejito de seguridad en la entrada de un hotel con apenas una escopeta. Esa es su mayor seguridad».

***

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En 2001 partió hacia Europa. En 2012 regresó a Lobos y abrió De la India.

 

 

¿Qué te preguntan en Lobos sobre tus viajes y experiencias allá?

Muchos me consultan sobre si deben estar precavidos de la inseguridad. Hace poco, asesoré a un hombre de 80 años que visitó el local. Le conté sobre algunas avivadas como también sucede acá y es típico en cualquier parte: el taxista que en el aeropuerto espera cazar a los turistas nuevos y con el uso de la confusión del recién llegado ofrece hospedaje —en un hotel con contacto y comisión— por la mitad de precio. Viven de esa forma y se la rebuscan con esa picardía, diría, bastante sana.

 

¿Qué tipo de clientes visitan De la India Lobos? ¿Qué ropas más se usan acá?

Hasta ahora vendo sólo ropa de mujeres. Mi idea es viajar este año y comenzar a traer prendas de varón que tienen cortes coloridos pero clásicos. De acá, llevan desde bijouterie, collares y camisolas a carteras elaboradas de modo artesanal. Cuando hablo con mis colegas de la India se sorprenden que les pida talles grandes. Me preguntan: ¿Más grande? La verdad, que muchas clientas encontraron comodidad con las prendas hindúes. Tienen color y son livianas.

 

En 2017, viajó acompañado por Pablo, su papá de sesenta. Desde Mercedes y a casi un año de la aventura, Quinteros padre, resume: “Viajar con Luciano me sacó las anteojeras: lo raro se aprecia mejor con información de viajero y no la de un turista común”. De aquel viaje, trajeron dos bolsos más de ropa y un susto para el recuerdo. En el aeropuerto antes de regresar a la Argentina, un agente turístico les informó que sus pasajes eran inválidos y los llevó en su propio auto, a veinte minutos de tomar el avión para regresar, a otra oficina para enchufarles un pasaje diez dólares más caro. Antes de que Luciano se diera cuenta de la estrategia, Pablo pensó que los estaban secuestrando. Finalmente “el tipo nos devolvió al mismo lugar de embarque: eso no pasa en otro lugar del mundo”.

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Para 2019, Luciano planea sumar vestimenta de hombre a su local.

 

 

¿Alguna vez pensaste que un comercio de ropa típica no iba a funcionar en Lobos?

Un poco, al principio. Conté mucho con la ayuda de mi hermana y mi mamá. Pero tenemos una ciudad que a pesar de todo, la gente consume y es exigente al seleccionar cada prenda. En el local, su decoración y cada objeto, al igual que el lugar de procedencia de la ropa, hay de todo y vienen a comprar de todas las clases sociales.

 

Luciano caminador

A cinco años de la apertura de De la India Lobos, que comenzó de modo informal con estilo show room, Luciano está seguro de dos cosas. Que en Argentina, desde la década del 90, la moda de ropa india en las mujeres argentinas no sólo suma belleza y colores, sino que además, aliviana el andar. Y por otro lado, que su vida con la mochila y los bolsos a cuestas tendrán siempre a la India como destino.

 

¿Qué lugar de India jamás vas a dejar de visitar?

Me imagino todos los años en la vieja Dheli. Perderse ahí con la muchedumbre, entre sus carretillas, el aroma de sus puestos de comida, es fabuloso. Como escribió el poeta mexicano Octavio Paz: la India es un mágico gran laberinto.

 

 

 

 

Cobertura fotográfica: Fernando Sambade / Estudio Mirar!

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