De buscavidas a zar de la noche


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Juan Carlos “Loncho” Romero. Por su disco pasan 1500 jóvenes por finde semana. Vendió panchos. Reconoció a su hija a los 19 años. Lo acusaron de homicidio culposo. Dice que jamás probó las drogas. Su lado solidario que nadie conoce.

 

 

 

“Soy tan buen padre por un lado y tan hijo de puta por el otro”

 

Juan Carlos Romero, alias “El Loncho”, siempre dijo que tenía dos hijos a los que ama con devoción, Lautaro (21) y Laureano (13). De hecho, mientras usted lector conoce su historia, el Loncho está de viaje por tres meses con Lautaro recorriendo el sudoeste asiático. Puede tomarse esas vacaciones porque su trabajo se lo permite, es uno de los dueños de Dasha, el boliche más importante de la zona, donde mil quinientas personas gastan un promedio de 300 pesos por sábado. Y fue gracias a ese mismo boliche que pudo hablar con su hija por primera vez en su vida, cuando ella, Naila, ya tenía 19 años.

“Era lo único oscuro en mi vida”, reconoce Romero, que tuvo que empezar terapia para poder afrontar ese encuentro. Él la veía bailando en Dasha, sospechaba que era ella, pero le era imposible avanzar. “Pensaba, soy tan buen padre por un lado y tan hijo de puta por el otro que no doy la cara”. Intentó acercarse por todos lados, pero el primer mensaje fue de ella:

“Me enteré que estuviste involucrado en mi búsqueda, esto no da más, tenemos que encontrarnos”

Vació un bar de su propiedad, “Dylon”, para poder hablar tranquilos. “Pensaba, me va gritar delante de todos, a recriminar que recién ahora aparezco”. Se citaron a las 4, Romero llegó a las 3. “Estaba terriblemente nervioso”. Naila llegó a las 4. “Pero pude meter un chiste, y ella sonrió, recién ahí respiré”, reconoce aliviado. Ya pasaron seis años y hoy está orgulloso de sus tres hijos.

 

 

 

“Me clausuraron más de 10 veces, incluso tengo el record de inauguración y clausura la misma noche”

 

Self-made man, es una frase hecha del inglés para definir  a un hombre que triunfa por su propio esfuerzo. Romero trabaja desde los 12, una época que la recuerda así “de los 10 a los 13, de noche té o café con leche nomás, en casa no sabíamos lo que era cenar”. Su padre falleció cuando él tenía 10 años de un ataque de presión. “Dijo, me muero, me muero, nos llamó a todos, nos agarró de la mano y nos pidió que cuidemos a mamá y nos portemos bien”. Se lo llevaron al hospital y nunca más volvió.

A partir de ahí la pasaron muy feo con la plata. “Pero mi vieja se rompió el ojete para salir adelante”. El Loncho empezó a los 12 en una marmolería, “con eso me compré mis primeras zapatillas nuevas, las guardábamos solo para ir al centro”.

Luego un taller mecánico, recolectar zapallos en los campos de Sol de Mayo, “ahí iba porque nos daban chuletas para almorzar”, ayudante de mozo en el restaurant del Club Social, de mozo en el bar Dakar (frente a La Marina), en eventos sociales en estancias, y vuelta de mozo en La Casa de mi Abuela (haciendo cruz con Athletic), vendió enciclopedias puerta por puerta. Trabajó en la barra de La Porteña y en la de Tío Coco (en esta última conoció a Pablo Bráncoli y Federico Candia, hoy llevan más de una década como socios, en ese momento el primero fue su compañero y el segundo lo echó del trabajo). Hasta ahí de empleado.

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Pasó a jefe cuando pusieron, con Martín Tolosa y Pablo Alonso, el primer puesto movil de superpanchos de Lobos.

“¡Fue recontra novedoso! Acá había panchitos nomás”, y señala entre sus dos dedos índice y pulgar una distancia de 5 centímetros. El tema es que el superpancho fue un éxito, hasta tal punto que, “a plata de hoy hacíamos 15 lucas por día, pero se juntaron los bares del centro y nos hicieron cerrar el carrito”.

Pero un self-made man, no se frena al primer tropezón. Puso un puesto de comidas para oficinas, “también, el primero en Lobos”, manejó el bar del club Salgado, y luego también le dieron la concesión de la cancha de pelota paleta. Ahí las malas lenguas dicen que a las botellas de agua mineral les metía agua de la canilla y cuando la abría le hacía “shh” con la boca para simular la tapa nueva. Al final de cuentas el agua es agua. Tuvo un parripollo. Crió chanchos. Puso una pizzería, Morgana. Un bar, Dylon. Puf…

Para todo esto abre su primer boliche. Y se llamó Nivel 1. ¿Por qué? Porque estaba en un sótano. Después pusieron otro boliche en un primer piso. Este se llamó Up. “Hoy no abro un boliche abajo o arriba ni que me regalen el local”, reflexiona con 42 años y dueño de un boliche en el llano: Dasha.

Pero antes le clausuraron el panchomovil, el Bar de Athletic por ruidos molestos, el Up por falta de salida de emergencia, Dylon el día de su inauguración, y la lista de anécdotas burocráticas sigue un poco más. “Pero Dasha viene invicto, nunca me lo clausuraron”.

 

 

 

 

“Se hablaba de que iba a comprar la justicia, pero fui al juicio oral solo y me declare culpable de no haberlo visto”

 

En la esquina de la calle Arevalo y 237, un choque cambió todo. Contra su camioneta Hilux último modelo un chico en moto impacta y sale despedido. Llevaba el casco puesto, pero desprendido, se le salió y su cabeza golpeó contra el asfalto. Era 19 de abril de 2013, un año antes, con el casco puesto pero de ciclista, había salido campeón sobre dos ruedas. Ahora moría ante la mirada de Romero. Tenía 16 años.

“No me siento culpable por el accidente, pero entiendo que hay una familia que sufre mucho”, cuenta despacio el Loncho, ya lejos de su estilo divertido, mirando el piso “pero te aseguro que si tuviera una mínima parte de culpa, me meto preso solo”.

La justicia le dio 2 años de prisión en suspenso y la inhabilitación del registro por 5. “Veía a la madre llorando y no me salían las palabras; pero para mi conciencia yo estoy juzgado”.

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***

 

 

“Negro, negro, ¿Qué me das? Me mira la nena y me muestra la planchita y la escoba”

 

Todos los 6 de enero el Loncho no es más el Loncho, es el Negro. Baltazar. Junto con la comisión del Club Rivadavia, salen por toda la ciudad a repartir regalos a los chicos, pasan por todos lados, por las salas del hospital. “Ahí ves a los pibes jodidos y se te afloja todo”.

Pero fuera de esos momentos, le encuentra la forma de volver al humor, su estado normal. “El tema de ser Baltazar es jodido, ahora los pibes te desplazan, para ellos el negro más famoso es el de whatsapp”. La tecnología contra la tradición. “Por eso, ¿qué le voy a dar una planchita a la nena?” reclama “me pone cara de orto y se va a manguearle a Gaspar”.

Son muchas horas dando vuelta por toda la ciudad, subiendo y bajando constantemente con las bolsas. “Termino hecho mierda, pero olvidate, no aflojo ni loco, de ese lugar me tienen que sacar muerto”.

 

 

“Conseguimos el dinero y nos encontramos con la doctora para abortar”

 

Juan Carlos tiene un amor de toda su vida, su actual esposa, Jorgelina. Cuando tenían poco más 20, quedan embarazados. En realidad ella queda embarazada de él. El Loncho siempre tuvo pancita pero está en una cruzada firme por bajarla y lleva 10 kilos menos. El tema es, queda embarazada “y el miedo te lleva a pensar pelotudeces”, reflexiona hoy. En ese momento estuvieron frente a la médica, con 20 años y la plata en mano para hacerse el aborto.

Dieron con una buena especialista, no los vio convencido, en realidad ellos querían pero tenían miedo de que fuera a decir Augusto, el padre de Jorgelina. “Chicos ¿están seguros de lo que quieren hacer?”, les dijo la doctora. “Nos fuimos de ahí, y al final con la plata nos compramos ropa y un oso peluche bien grande”.

Pero todavía había que decirle al suegro, Augusto. “Yo pensaba, donde me quiere pegar, le pego primero”.

La primera en enterarse fue la mamá de Romero “mi vieja me apoyó de una”. De ahí fueron a la casa de la familia de Jorgelina. “Llegamos y él estaba comiendo milanesas, no me olvido más”. Romero se sienta al lado del suegro, este lo mira, mastica un pedazo de milanesa, lo ve raro y le pregunta:

-¿Qué pasó loco, se pelearon con Jor?

-No Augusto, imaginate algo peor.- “Pensaba, donde me ataca se la pongo”.

-¿Dejó de estudiar?- insiste el padre.

-No, imaginate algo peor. – “Ahí sí, cerré la mano y dije se la pongo”-Quedó embarazada.

-¡Eh! ¡Yo le dije, yo sabía que esto iba a pasar! ¿Dónde está? Llamala.

Por suerte el Loncho espero un instante y no lanzó el ataque. Augusto respondió.

-Bueno, ya está- aflojó Augusto -somos los padres, los vamos a apoyar.

Hoy ese hijo es Lautaro, el que ahora se fue tres meses de viaje con su padre. “Y ser padre es lo más hermoso que me pasó en vida”, resume Romero.

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***

 

 

“De cada diez pibes, ocho fuman porro”

 

¿Tantos fuman porro? “Bueno, ponele siete”, negocia Romero con su estadística a ojo de buen cubero como dueño de un boliche donde bailan 1500 pibes por sábado. “La marihuana la cultivás en cualquier lado. Pero en el boliche no la dejamos entrar. Nunca me apretaron para meter droga en Dasha. Y parte de nuestro éxito es mantenernos limpios.”

“Hoy los pibes cogen por las redes sociales; antes se cogía en el reservado del boliche, hoy olvidate, eso es imposible. En el boliche tengo 36 cámaras, lo veo y lo saco a patadas. Dasha es la casa de gran hermano”. ¿Y la prostitución? “La prostitución es un mito en la noche. El tema trata de blancas en Lobos desapareció todo, y lo veo espectacular” Aunque no se puede negar que es el oficio más viejo del mundo. “Bueno, como todo”, concede “si lo buscás, lo encontrás”.

“Hoy el factor de riesgo en nuestro trabajo es la droga. Te puede entrar un pibe empastillado y se te muere adentro de un paro cardíaco, hace 10 años eso era impensado. Hoy los chicos tienen muchos quilombos familiares, de cinco, tres tienen los padres separados”, busca una explicación el Loncho. Pero no lo convence.

“Yo crecí sin mi viejo y nunca probé la droga. La sociedad no entiende que tenga un boliche y no pruebe la droga. Yo no tomo, no fumo, no me drogo. No lo entienden. Mi trabajo genera mucho prejuicio”.

 

 

“36 cámaras, Dasha es la casa de Gran Hermano”

 

 

“En mi negocio te vas quedando sin amigos, sin familia, porque estás al borde de todo”

 

“Al borde de la joda, de la falopa, del juego, de las mujeres, está todo ahí latente a cambiar tu vida”.

“Perdés amigos porque en las mejores fechas estás laburando, yo hace 20 años que no sé lo que es una navidad o año nuevo, recuerdo sólo mis fiestas de cuando era chico. Veo a la gente en los supermercados comprando todo para la noche y nosotros estamos en el boliche preparando todo para abrir”. Del negocio le queda claro algo. “Yo no quiero eso para mis hijos”.

“El boliche nos dio muchas cosas, pero en la balanza es más lo que perdés que lo que ganás. Perdés amistades, relaciones, porque te distancias. Lo único que ganás es guita”.

“A los 50 no quiero estar en Dasha, tenemos que dejar a otra gente haciendo lo nuestro. Aunque es difícil, es parte de nuestras vidas. Pero nos pasa factura”.

Le faltan menos de 8 años para los 50. Para cuando llegue al medio siglo de vida, Juan Carlos “el Loncho” Romero, self-made man, el hombre que triunfa por su propio esfuerzo, el hombre que pasó por todo, quiere reinventarse. A plena luz del día.

 

Cobertura fotográfica: Fer Sambade – Espacio Mirar!

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