Carlos Guindani, consejos del as del volante


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Hace cuatro años arrancó con la única escuela de manejo que hay en Lobos y ya le enseñó a más de doscientas personas a conducir. Asegura que con cinco clases “desde cero” salen listos para dar el examen práctico para obtener la licencia. De cada diez alumnos, nueve son mujeres.   

 

 

“Es puro verso que las mujeres manejan peor que los hombres”. Lo que dice Carlos Guindani —instructor de manejo, motivador— derriba el mito machista. “Los tipos, muchos, sólo saben tocar bocina y se creen que son Reutemann”. Con cinco clases de una hora —asegura— cualquier persona aprende a conducir “sin problemas” y a superar la prueba de fuego: estacionar entre coches.

 

 

El costo del curso es de 2.250 pesos. El eslogan de la escuela es artero: “Aprenda a conducir con o sin auto”. El de Carlos es un Corsa gris por el que ya pasaron más de 250 aprendices que, como confirma el instructor, “salen listos para la prueba práctica sin dramas y para manejar por el centro o en plena ruta”.

 

 

Hace cuatro años que arrancó a dar clases de manejo para principiantes. Su servicio es también una forma de que las relaciones familiares se ahorren algunos disgustos y roces —de puertas, paragolpes y capots— indeseables. Carlos confirma que, en la mayoría de los casos, las inseguridades de los que están arrancando son un derivado de la de los padres sobre sus hijos. Y, sobre todo, de maridos con sus esposas. “Les queman tanto el coco —tené cuidado ahí, fijate acá, ojo allá— que tienden a abatatarse con toda esa mala onda”.

 

 

 

Carlos arrancó con auto escuela hace cuatro años.

 

 

La clave primordial es perder el miedo a manejar: todos pueden

 

En la actualidad, su especialidad está destinada en un noventa por ciento a mujeres, en un rango que va desde diecisiete a más de sesenta. Carlos aclara: “Me refiero a ‘ellas’ cuando cuento porque son mayoría, nueve sobre diez, y no sabés cómo salen andando”.

 

 

En los últimos dos años el gran porcentaje de varones fueron cadetes de la policía y aspirantes a remiseros. Lo que une a ambos sexos, según Carlos, son dos razones. Padres atemorizados de que sus hijos rayen el auto y personas que quieren aprender pero no tienen vehículo particular. Sobre todo maestras y profesoras que se alistan con tiempo antes de la compra de su primer cero kilómetro. “La clave primordial es saber que uno puede manejar desde el momento en que se le va el miedo”.

 

 

Didáctica y técnica

La pasta de instructor de Carlos viene desde que superó más de una docena de aprendices, incluyendo a sus hijas, sobrinos e hijos de amigos. En 2013, presentó el proyecto en la Municipalidad para la habilitación y meses más tarde —papeleo en regla— dio su primera clase.

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Candelaria Dupraz (23) hizo el curso a los diecinueve. En la segunda clase, estaba maravillada. Salió manejando por la ruta 205: “Tiene paciencia y te hace maniobrar sin miedo”. Constanza Ravazzola (36) salió “perfecto en cinco” y realizó las pruebas, después del curso con Carlos, en Capital Federal. “Te habla de cualquier cosa y va mechando las instrucciones, tiene oficio”.

 

 

Lo que Carlos dice ni bien alguien sube del lado del volante va con tono suave, relajado y todo junto. “Acomodá bien el asiento, medí el embrague, sentite cómoda y pispeá los retrovisores”. Los primeros kilómetros trabaja en la seguridad. “Cuidar entradas a la ruta, manejo de luces de guiño y —dice contundente— detalles que no están relacionados con el manejo”. Carlos se refiere a esos vicios al volante que en un abrir y cerrar de ojos perjudican el control del vehículo. Hablar por celular, tomar mate, no llevar puesto el cinturón de seguridad o distraerse con la temperatura del aire acondicionado. “Para el que no sabe, es bueno recalcarlo”, apunta Carlos. “Una distracción y chau”.

 

 

 

 

 

Nueve de cada diez aprendices de manejo son mujeres. “Salen listas para rendir el práctico”.

 

 

 

 

ADN experience

Como anticipo para quienes deseen sacar el registro y adquirir los tips para principiantes, de la mano de Carlos, daremos un paseo con las claves para poner primera y decirle ‘chau miedo’ al volante.

 

 

Clase 1. Carlos hace charla introductoria y testea el historial al volante, o no, de sus aprendices. Los lleva rumbo a la verde hondonada frente al campo del Aeroclub, a un costado de la ruta 205. Allí, reparte seis obstáculos con distintas distancias en el pasto. “Esta prueba me dice el nivel de quien maneja y si nunca agarró el volante, el zig-zag es un buen ejercicio para ir ablandando los brazos”. El trabajo de rotación puede llevar hasta media hora. “Sólo zig-zag, sin acelerar”, detalla Carlos. Luego, continúa con movimientos de marcha atrás entre los conos.

 

 

“Imaginá que alguien con más de cuarenta que jamás agarró un volante, acá, con todo el espacio y el tiempo del mundo, empieza a esquivar los conos y los voltea también”. En esos casos, les aplica el inflador anímico. “Uso mucho el ‘dale que vos podés’, eso les da tranquilidad”. Con la primera clase superada, Carlos ya tiene un diagnóstico general.

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Clase 2.  Esta incluye salida a la 205 hasta el Aeroclub. Uso de luces y giros. Bajada del caracol del puente distribuidor, vuelta por el acceso del Cementerio hasta la terminal, para girar y retomar a la 205 y volver a bajar por la maderera. Carlos explica: “Éste tramo es medianamente fácil”. Tiene resaltos, práctica de encendido de balizas y retome hasta el cruce en la terminal con la estación de servicio YPF. Así, hasta completar dos o tres vueltas. “Lo más importante es la subida a la 205 y las precauciones del caso: pri-mor-dia-les”.

 

 

La prueba de fuego mis clases es estacionar entre coches

 

 

 

Clase 3. “Ya para esta etapa algunas están más cancheras”. Recorren desde la salida de la terminal, trazando una parte de la ruta 41 hasta entrar por la bajada del Matadero. “La zona del Parque Municipal es especial para practicar —enfatiza— tiene mucho movimiento”. Autos, caminantes, motos, ciclistas, skaters, bikers. Si las pruebas para estacionar evolucionaron, el recorrido prosigue con arranque en la calle Fortunato Díaz, desde el Cementerio. “Terminamos y les digo cosas como: ‘No te falta mucho, así que relajá”.

 

 

Clase 4. La recorrida más temida: vueltas por el centro de Lobos. Zona de bancos, comercios y los semáforos del centro. “Más de una vez, no sé si es porque ven que es un auto-escuela, pero han mortificado a mis alumnas con bocinazos enloquecedores”.

 

Luego del raid céntrico, Carlos sigue ajustando las indicaciones para estacionar. Y al paso recuerda: “Una vez a una chica la llevaron una cuadra a bocinazos, pobre  —se ríe— me la mortificaron, pero eso le dio impulso podés creer”.

 

 

Clase 5. Se anticipa el temor para muchas de las alumnas. Viven los días previos a rendir el examen práctico. “Pareciera que las van a mortificar y dicen ‘no voy a poder’”. Pero ahí está Carlos con la motivación a full. “Las tengo que convencer de que no las van a matar —apacigua— los que toman las pruebas a nadie joden, che, tranquilizá”.

 

 

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El rol de Carlos es ser un motivador. “Uso mucho el ‘dale, vos podés'”.

 

 

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ADN Pregunta

 

¿Qué cosas le faltan a Lobos en materia de tránsito?

Falta usar más la luz de giro que es fundamental porque anticipa toda maniobra y no hay que andar adivinando lo que va a hacer el otro vehículo. Una de las pruebas más jodidas para las que empiezan es la zona del Colegio Fasta y Pastas Biló, en calle Perón, donde salen de los dos lados sin luz de giro. Eso para una principiante puede ser fatal.

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¿Alguna vez alguien chocó durante el curso?

Nunca pasó nada y hoy, con el doble comando de acelerador, freno y embrague que tengo de mi lado, me siento más tranquilo. De movida les inculco la seguridad de la vida. No hablar por teléfono, ni mate ni cualquier cosa que distraiga.

 

¿Te han tocado casos en los que una persona no haya aprendido?

Sí, pero de gente mayor. Cuando se trata de alguien así, más de 70 años, hablo con los hijos o algún familiar, porque en la mayoría de los casos intuyo que no van a poder por más voluntad que le pongan. Un reflejo tardío puede terminar en un desastre, así que les cancelo.

 

¿Qué tipo de personas son las que más recurren a hacer el curso?

Por lo general son señoras que han quedado viudas y que tienen el auto en la casa y no quieren molestar a sus hijos. Desean moverse por sus propios medios. Con cinco clases salen listas.

 

¿Sentís que tu labor es “el” alivio para padres e hijos? ¿Qué te cuentan?

Tengo muchos casos de chicos y chicas jóvenes que se han peleado con sus padres y se han venido caminando desde afuera de Lobos. No les tienen paciencia y sacan la cuenta que les sale más barato hacer el curso que pagar un rayón o romper el embrague o la caja de cambios. Si erran un cambio les gritan: ¡Me vas a romper el auto!

 

¿Dónde está tu punto fuerte para enseñar manejo?

Que cuatro de cinco clases las hago con tránsito. Es bueno aprender sobre todo los cruces en esquinas y salidas a la ruta. Manejar en el campo o donde no pasan autos, no sirve.

 

 

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Guindani utiliza para la seguridad pedalera doble comando.

 

 

Antes de terminar el recorrido para esta nota con ADN, Carlos revisa su celular. Miriam de Roque Pérez, vía Whatsapp le escribió y él lo muestra con orgullo: “Hola, acá te escribe la mujer ex miedo (…) Tengo el registro!”. Carlos sonríe como diciendo ¿no te dije yo?

 

 

Para cerrar, toma aire y con el aliento adecuado finaliza lo que reitera, hasta tres veces cada día, a sus alumnas cuando están al borde de un ataque de nervios.

 

—Ni me cuentes historias de choques, eh, que vos sos la mejor.

 

 

Cobertura fotográfica: Fernando Sambade / Estudio Mirar!

 

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