Carlos Cepeda: “No pensé que había alambrado tanto”


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Carlos Cepeda es sinónimo de alambres. Empezó a los 10 y años y ahora está por cumplir 75 y sigue en acción. Fue el último alambrador a carro de Lobos. Las canchas de EFIL, Rivadavia y el estadio del Parque, y el primer alambre electrificado de la ciudad, llevan su firma. Ya alambró 1.500 kilómetros, el equivalente de distancia entre Lobos y salta.

 

–Pasá, pasá, vení, ponete cómodo. ¡Coca, fijate el agua!

 

Carlos Cepeda es mi vecino de toda la vida. Cada mañana, nuestra cuadra empieza el día cuando Carlos pone en marcha su camioneta F-100 para irse al campo a alambrar. Coca es Esther Mabel Wesner, su esposa.

 

–¿Cómo está esa nena?– me interroga Coca, que me vio nacer a mí, y ahora, a mi hija –¿Qué vas a querer, mate o té?

 

Carlos está a punto de cumplir 75 años, pero cuando tenía 10, él ya estaba en este terreno donde ahora tomamos un té y compartimos una torta hecha por Coca. “Yo ayudaba pisando el barro con el que papá levantó acá el primer rancho”, recuerda Carlos haya por el año ’65, cuando el hombre aún no había llegado a la Luna y Argentina no tenía ningún mundial de fútbol. “Después al rancho, le fuimos haciendo la casa alrededor”.

 

 

Camisa clara, bombacha de campo, alpargatas. No sale sin boina, pero no la usa dentro de la casa. Carlos, con una sonrisa amable y ojos blandos me acerca la taza de té. “Ah, y acá tenés el azúcar… disculpá, no te la ofrecí”.

 

– Yo le llevaba el mate cocido a mi papá al campo ya de chico. Pero recién empecé a alambrar cuando tenía diez años. Tapaba los hoyos de los postes y mamá apisonaba. Salíamos a alambrar en carro con caballos, fuimos los últimos alambradores en carro de Lobos.

 

De esos diez años ya pasaron 65, en los que Carlos fue dividiendo la llanura pampeana a fuerza de madrugadas, tenazas y alambre San Martín. Antes de llegar a su casa, que está al fondo del lote, hay que pasar por un pasillo entre dos galpones y un patio. Todo lo que se puede necesitar para “decorar” un campo, se encuentra ahí en cantidades desbordantes. Postes, alambre tejido, torniquetes, alambres lisos, varillas, esquineros, alambres de púas, grampas, tornillos, ganchos, puntales.

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– Antes era todo a mano, ahora es mucho más fácil. – minimiza Carlos un oficio donde no hay aire acondicionado ni calefacción central. Y como pruebas detalla. – Antes las maderas se cortaban a serrucho ahora tenemos motosierras. Los pozos que se hacían a pala, ahora llevo el tractor con hoyadora. Usamos el taladro eléctrico para los postes, antes engrasábamos la mecha del taladro manual con un cuerno de vaca.

 

 

Ese tiempo de antes

 

–Papá era de esa gente de antes, muy prolijo para todo. Me enseñó a tirar las líneas bien prolijas, si una varilla me quedaba torcida me la hacía “desengramprar” o si ponía demasiada tierra en un pozo para apisonar más rápido me lo hacía destapar.

 

 

Su papá fue Honorio Luján Cepeda y donde Honorio veía una varilla que no respetaba la exacta perpendicular con el horizonte, Carlos tenía que desatar cada uno de los alambres que la sujetaban y volver a colocarla “como corresponde”. Así lo aprendió de Honorio y así se lo transmite a su hijo, que también se llama Carlos, pero para todos, en el barrio, es Carlitos.

 

“Me enseñó muchas cosas del campo. Es un trabajo medio peligroso con las puntas de los alambres, más de un alambrador se ha vaciado un ojo”, advierte Carlitos “siempre me ha dicho que si el trabajo es de cuatro días, me tome cinco si es necesario, pero que esté en todos los detalles. Y que hay que cuidar al cliente, no tenerlo como un patrón, sino cuidarle también el bolsillo, tratarlo como un amigo. Eso nos deja las puertas abiertas en todos lados”.

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Carlitos ha acompañado a su padre Carlos en innumerables obras. Las enseñanzas de Honorio se atenazan en la tercera generación. “Con mi viejo todos los días aprendo algo nuevo”, asegura Carlitos “trabaja muy tranquilo y eso te hace todo más fácil, es muy compañero. Disfrutamos muchos momentos juntos. Es un ejemplo el espíritu guerrero que tiene, con 75 años cómo sigue trabajando”.

 

 

 

De Lobos a Salta con un alambre

 

Las cuatro canchas del famoso centro de los años ‘90 Top Pádel. Las dos canchas que había en la avenida Hipólito Irigoyen, otra en empalme, la de la salida de la calle Buenos Aires. Las canchas de padel de los clubes Palermo, Naranjo y Provincial. Y las de futbol de Madreselva, Provincial y Defensores. “También le acomodé el alambrado a Rivadavia, EFIL y el estadio del Parque”, agrega Carlos a una lista de más de medio siglo. “A un cliente le hice 800 metros de alambre electrificado (el primero de Lobos) y luego un puente de seis metros para cruzar un lago artificial”. Con Honorio le alambraron el campo a Don Héctor Croto, más de cinco kilómetros de perímetro. “Y después ya trabajando solo le hice toda la subdivisión de alambrados a sus hijos, Yuni, Pancho y Claudio”.

 

Sacamos cuentas, estimamos promedios, sumamos décadas y calculamos, a ojo de buen cubero, que en 65 años ya hizo unos 1.500 kilómetros de alambrado. Como desde Lobos hasta Salta. “La verdad, no pensé que había alambrado tanto”, sonríe.

 

“Ya no me imagino a Carlos de otra cosa que no sea alambrador”, asegura Coca, su esposa desde hace 47 años y ambos padres de Silvina, Carlitos y Rocío. “En la semana a las cinco y media le llevo el mate, a las seis ya está arriba”. Y Carlos siente que debe justificarse: “Pero así ya voy cargando la camioneta y para las siete cuando viene Carlitos está lista”.

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“Reniego porque no se queda quieto ni los domingos”, se suelta Coca “le digo: te voy a poner toda la ropa a lavar así no tenés nada seco para salir” y aclara “porque él cada día sale con la rompa limpita”.

 

Coca reniega pero no tanto, me pregunta si estaba bien el té, si me gustó la torta. “Dale, dale para que se lleve”, se apresura Carlos. “Pero queda eso nomás” le responde ella. “Quedate tranquilo”, me indica él, quizás porque me vio cara de hambre, “que Coca va a hacer otra”.

 

 

Honor a la palabra

 

Al otro día de la entrevista golpean las manos en casa. Abro la puerta, es Coca con una sonrisa grande y una flor de torta en las manos. “Le puse cascara de naranja y pasas de uvas”, me cuenta como un secreto. Agradezco, le doy un beso; hay gestos que te hacen olvidar hasta del distanciamiento social.

 

A la mañana siguiente desayuno un té y pruebo la torta, está amaneciendo, hace frío, y escucho la camioneta de mi vecino que sale para el campo. Me resuena la voz de Carlos: “Lo que más me gusta de mi trabajo es tirar línea, que quede bien derechita. Lo que menos, es engrampar cuando hay helada. Mi hijo usa guantes, pero yo nunca me acostumbré”.

 

Miro hacia afuera, heló lindo.

 

Y parece mentira, pero vuelvo a escucharlo: “Le transmito a mi hijo lo mismo que me enseñó papá, el secreto de un buen alambrador, es ser prolijo”.

 

 

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