Cabaret que me hiciste mal


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Carlos El Peje Ruiz era pastor evangelista y  fue dueño durante 18 años del Charly Bar, el único cabaret de Lobos. Lo visitaban políticos, empresarios, y matrimonios que buscaban cumplir sus fantasías. Hace siete años, el bar cerró y Ruiz fue preso. Hoy, en libertad, abrió una rotisería y busca transformar su vida. Confesiones del hombre que más secretos sabe de los vecinos de Lobos.

 

 

Un bar en una estación de servicio en las afueras de Lobos, plena noche, anda poca gente, un par de mesas ocupadas, alguna cara nueva. Un hombre alto, grandote, pelo largo con colita, cara  conocida, no solo ahí sino en toda la ciudad, atiende el teléfono. Se escuchan gritos desesperados de mujer: “¡Se nos están metiendo, alguien está entrando a robar!”. Su cara se transforma, se para de golpe. “¡Ya  salgo para allá!”, le brama al teléfono. Pero no alcanza a dar un paso, dos hombres se levantan de una mesa cercana y le cortan el camino. Sacan sus placas, van de civil, son policías: “Ruiz, queda detenido”. El robo no era un robo sino la policía que estaba forzando la puerta para allanar su casa. Carlos “El Peje” Ruiz, fundador y dueño por casi dos décadas del cabaret “El Charly”, aún no lo sabía, pero hacía medio año que investigaban cada uno de sus movimientos. Esa noche del 28 de octubre de 2012, la historia del más famoso club nocturno de la ciudad, llegaba a su fin. Y el Peje caía preso.

 

Hace 25 años, una tarde de domingo y lluvia Ruiz compró su parte del Charly sin poner un billete. Todo lo que necesitó lo sacó del kiosco por 50 pesos. “Yo venía mal, no tenía una moneda”, recuerda Carlos a ADN Lobos, en la primera entrevista donde aceptó contarlo todo: la trastienda del cabaret, los negocios, el poder, la cárcel y su nueva vida.

Héctor Laveglia, le ofreció venderle la llave de su negocio. Fue una de sus últimas transacciones, un par de años más tarde falleció. Era un bar, con todo el mobiliario, en la principal calle de Lobos, a una cuadra y media de la plaza céntrica. Consiguió dos socios más, “Chipola” Ricota, que en ese momento tenía una distribuidora de bebidas, y Gustavo Cris, que estaba en el bazar de su familia. Ellos llegaron con unos cuantos dólares y cuando estaban a punto de firmar sacaron los verdes y Carlos, lo que acababa de comprar en el kiosco: un talonario de pagarés.

 

–¡¿Cómo?! ¿Vos no tenés la plata?– le increpó Laveglia.

 

–Obvio… yo vine acá porque no tengo un mango– le respondió Carlos.

 

Hizo tres documentos y firmaron la venta. “Al final el negocio anduvo bien”, explica Ruiz “y lo pagué todo con el trabajo”. Sin saberlo, con 35 años y sin un mango, no solo había comprado la llave de un bar arrumbado; con ese negocio se haría famoso en toda la ciudad.

 

Ruiz parecía el hombre menos indicado para ese trabajo. Era pastor diplomado en la iglesia Ondas de amor y paz del pastor Giménez. Estuvo a cargo de la región de Lobos, Roque Pérez, Cañuelas y Navarro. Y tenía contacto directo con el pastor Giménez. Su vida era la iglesia. “Llegué a ellos cuando me agarró una crisis existencial muy profunda”, recuerda Carlos. Tenía 30 años.

 

 

Predicaba a las prostitutas. Era pastor evangelista y tenía leyendas bíblicas en su cabaret. Llegó a casar a las prostitutas con sus clientes.

 

A los 18 empezó a trabajar, había sido mozo en el bar del country (el desarrollo inmobiliario de vanguardia que nacía sobre la ruta 41), a los 20 le dieron la concesión de la confitería, a los 24 le sumaron la del restaurant, a los 28 la del club house y terminó como jefe de personal. Pero el llamado espiritual fue profundo, dejó su trabajo y se volcó a Dios. Parecía que su vida había encontrado ese camino para siempre, pero un auto volcó en plena noche, el hombre que iba manejando murió calcinado y eso también generó en su vida un vuelco.

 

Dentro del auto como acompañante iba la pastora Irma, la esposa del pastor Héctor Giménez. “Yo estaba en Lobos cuando me llególa noticia a la madruga, decían que el muerto era Giménez”, recuerda Carlos. Le agarró un ataque, se tomó el colectivo 88 a las tres de la mañana y luego de tres horas llegó a Capital. “Cuando entro a la iglesia central, me entero de que el fallecido era el amante de la pastora Irma. Dentro de la iglesia todos sabían que Irma era infiel pero nadie se lo decía a Héctor. Nada que ver con lo que salió publicado, Irma lo ensució al pastor y los medios compraron eso”, explica Ruiz “el pastor Héctor era terriblemente espiritual”. Esa noche, fue el principio del rápido y mediático fin de Ondas de amor y paz, la mala prensa y el juicio que le inició la pastora Irma llevó a Gimenez a la ruina y el pastor Ruiz se quedó sin iglesia.

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Pocos años después, Carlos no estaba detrás del púlpito, sino de la barra del Charly. Por ese local, pasarían mil prostitutas. “Empezó como cualquier boliche del centro”, recuerda “pero le di cabida a la gente que no tenía lugar en ningún otro bar”. Así lo explica ahora el Peje: “Más allá de mi fe,  yo era un tipo de la noche, siempre me gustaron las minas, ¿y qué pasaba? Todas las mujeres que andaban en la joda caían ahí, se fue dando una cadena, no lo abrí con ese fin, nunca imaginé que iba a terminar así”, asegura. Hoy, casi 30 años más tarde, con el mismo pelo largo y la colita de esa época, pero más canoso, sentado a la mesa de bar, ahora de su propiedad “es que la gastronomía siempre fue lo mío”, sonríe y le pega una pitada más al Malboro. “En ese momento estaba de comisario un malandra, uno de pelo largo…”, recuerda el Peje mientras busca en el cajón de la memoria entre tantos malandras. “Llegó a ser candidato a intendente en Mar del Plata. Bueno, como el tipo me debía un favor me dejó caminar, obvio, previo…” y hace el gesto de apoyar el puño con los nudillos sobre la mesa, en el universal gesto que simboliza pagar.

 

El Charly se empezó a llenar de chicas. Según el Peje, un día llegó una chica de Quilmes, “la trajo un tipo, parece que era el amante, o algo así”. Esa trajo otra. Después trajeron una dominicana. La dominicana trajo otra dominicana. La segunda dominicana trajo una paraguaya. “Viste lo que es Lobos, un pueblo chico con una mentalidad muy conservadora, cerrado”, relata el Peje “las pibas viajaban todos los días, o paraban en el hotel Petit, así que me pidieron salir de garantía para alquilar una casa. Los vagos de acá se enteraron y no las dejaban en paz, les caían en la casa todos los días!”, achina los ojos y apura un café. Nunca le faltan al Peje, puchos y café.

 

“Las chicas se tuvieron que mudar cuatro o cinco veces, ya no aguantaban más. Así que le consulto a mi mujer: che, y si les armamos algo atrás?”. Su mujer en ese entonces (y ahora), era Cristina Machado, nacida en Deonisio Cerquera , Brasil, con quien se había casado en el año 2000. “Cristina me dio el ok y les hice unos departamentos atrás de casa para que estén tranquilas”. Todo parecía encaminarse en paz, el Charly trabajaba a pleno, las chicas dormían tranquilas por el día. “¡Pero llegó a haber 16 mujeres!”, recuerda “¡era un quilombo!”. Y tuvo que intervenir:

 

“Chicas, se están robando el trabajo entre ustedes”, les dijo a todas reunidas.

 

Recién ahí empezaron a rotar y generalmente no había más de diez. “El Charly me enseñaron a manejarlo las chicas”, asegura el Peje “venían de trabajar en otros cabarets y me decían como hacerlo: «la copa la tenés que cobrar bien cara y vamos mitad y mitad, nosotras tenemos que estar 15 minutos con la copa y luego pedir otra o el pase [irse con el cliente], y el pase es todo para nosotras»”. El Charly abría de lunes a lunes, de 8 de la noche a 6 de la mañana. No había descanso.

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Pero Ruíz seguía sintiéndose pastor. Una noche tranquila con unas 20 personas les empezó a hablar de Dios: “Quedaron todos absortos, yo veía las caras. Luego, al finalizar una de las chicas vino y me dijo, Carlitos, no prediques más. Estaba llorando”, cuenta Ruiz.

 

En las paredes del Charly, para marcar el terreno, había colgado versículos bíblicos, “se me reían”, explica el Peje: “pero ojo: nunca se me generó contradicción entre ser pastor y tener un cabaret, porque estaba seguro de quién era. Con el boliche me ganaba la vida y en determinado momento aprovechaba para hablar de  Jesucristo. El Charly me permitió llegar a mucha gente que no hubiera ido a una iglesia”.

 

 

De vuelta en casa. Salió de prisión y abrió un restorán. Dice que 108 chicas de su cabaret terminaron casadas.

 

Era un bar pequeño sobre la 9 de Julio, pero había lugar para todo: negocios, placer, espiritualidad, y también amor. “Mi contador se enamoró en Charly”, titula el Peje. “Él venía a jugar al ajedrez conmigo todas las noches y después se iba con una chica de Dominicana”, pausa el relato, toma el café, prende otro pucho y continúa, “pero mientras jugábamos al ajedrez, la chica trabajaba.  Yo veía que cuando ella arrancaba con otro él sufría, se ponía mal”. Pasaron 14 años de esa escena de juego de mesa, celos y amor. “Hoy están casados, tienen una criatura y chochos de la vida”, sonríe el Peje.

 

Según él, 108 chicas se casaron mientras trabajaban en el Charly, y todas cambiaron de profesión. “Yo les decía, rómpanse el culo un año consigan sus objetivos y salgan de esta vida”, asegura el Peje “pero bueno, algunas se quedaban por el nivel de vida que les daba este trabajo”.

 

Cada chica nueva que llegaba, Ruiz le hacía exámenes de salud, le sacaba la libreta sanitaria en la municipalidad. Y confirma: “¿Me estás escuchando? Me daban la libreta sanitaria la municipalidad!”. Eso sí, se registraba como empleada doméstica.

 

Seis matrimonios, uno por iglesia católica, otro por evangélica y cuatro por civil, cinco divorcios, cinco hijos y una hija no reconocida que van de los 18 a los 40 años. Eso cuenta el Wikipedia sin escribir de Carlos Ruiz. “Hice diez mil cagadas con las minas, pero siempre me casé con muy buenas mujeres, tengo muy buena relación con todas, a todas les dije que era un vago”, aclara el Peje. “El loco era yo, el de la joda era yo, lo asumí siempre: mi gran problema han sido las mujeres. Cero alcohol, cero drogas, el vicio mío siempre fue el café, el cigarrillo y las mujeres. Otra cosa no existe”. Analizando un poco y explica: “creo que fue la búsqueda de demostrar que soy el macho alfa, que me volteo a alguien. Y es mentira, es la mina la que te voltea a vos, los hombres no levantamos a nadie. Pero la mina es un bicho jodido también, sabe que estás casado y te busca, ¿y qué vas a hacer? ¿vas a negarte?”. Al final de cuatro décadas de mujeres y de tentaciones, hay algo que sí le queda muy claro: “¡No te hacés una idea de la plata que me gasté en divorcios!”

 

Ruiz tira el humo para arriba y busca los recuerdos del Charly Bar. “De Lobos pasaron todos los estratos sociales. Desde políticos, hasta profesionales, comerciantes, albañiles, todo. Los casados iban en grupo, un casado con otro se cubre, iban muchos casados”. Y había distintas combinaciones, por ejemplo: “matrimonios que iban a buscar una mina por ejemplo. La primera vez entró un matrimonio, tomaron un café y él se me acercó a preguntar cómo era, si se podían irse con una señorita. Después ya venía todas las semanas, la esposa esperaba en el auto y se iban los tres”.

 

Los domingos a la tarde, a eso de las cinco, el bar tenía otra utilidad. “Una vez dicté clases de estudio bíblico a varios clientes del bar, una hora y media, les daba unas carpetas y explicaba la palabra del Señor, duró unos 3 meses”, cuenta el Peje. “Antes de finalizar el estudio les pregunté ¿sienten la necesidad de bautizarse?, eran 18, y 14 me dijeron que sí”. Y al siguiente domingo, pero en la iglesia evangelista Filadelfia, tuvieron su bautismo los parroquianos del Charly.

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“La biblia dice «conocerás la verdad y la verdad te hará libre», yo no predicaba en contra de mis clientes, pero les contaba la verdad de Dios”, explica el Peje pero también reconoce que: “en el boliche vi las miserias del ser humano, todas. La hipocresía de los políticos que venian al bar y después en un café en el Escritorio [otro bar céntrico] me juzgaban. La falsedad de los amigos del campeón. Y vos le tenés que poner cara de circunstancia y dale que va. No lo extraño en lo más mínimo. Perdí el crecimiento de mis hijos con el Charly”, asegura mientras suena el teléfono fijo sin pausa de su rotisería y bar. “¡El teléfono che! Vamos que hay que atender el negocio… disculpá, en qué estábamos? Ah! Sí… Cuando estaban por reacondicionar el teatro Italiano viene una noche “Tacho” Sobrero [el intendente de Lobos en ese momento] y me dice que me voy a tener que ir del centro, porque quieren mejorar eso [en referencia al teatro que estaba pegado al bar]. Era 2007 o 2008. Así que me voy por el cementerio. Hago todo de cero, le pongo 8 habitaciones, así que aparte de la copa ganaba con cada cuarto”. Empezaba una nueva etapa para el Charly, aún nadie sospechaba que estaba próximo su fin.

 

“Yo en el centro me sentía protegido, pero allá estaba muy cerca de la ruta, veía caras medio raras, no estaba bien. En el 2010 le digo a mi mujer, vamos a cerrar, ya estoy cansado de la noche”. Recuerda el Peje que algunas madrugadas se iba a la ruta, tiraba la camioneta en la banquina y hablaba con Dios, le decía: “Señor, no quiero seguir más con esta vida”. Y él mismo se responde: “Pero claro, yo no hacía nada para cambiarlo, entonces el Señor me miraba cruzado de brazos”.

 

La vida siguió pero ahora separado de su mujer, Cristina. “Y… ella dejó de ir al Charly, me dejó solo ahí y fue como dejar un lobo entre las ovejas”, grafica el Peje. “Mirá que siempre había dicho «nunca voy a estar con una chica del Charly», pero duré 5 meses nomás…”. Así que se va de la casa a vivir al complejo Bohío.

 

Estando ahí le preguntan si puede casar a dos italianos que estaban de visita, uno era un ingeniero que había venido a montar una máquina a la fábrica de Don Satur. El Peje se puso el traje, consiguieron una chica que hacía de intérprete al italiano, fiesta, todo completo. “A los dos o tres meses vuelve el tano a Lobos porque había pasado algo con la máquina… pero sin la mujer”, recuerda el Peje. “Una noche, tipo doce, entra al Charly con unos amigos, me miraba el tano, ninguno de los dos dijo nada, pero terminó arrancando con una mina”, y larga la risa “¡yo lo casé y a los tres meses lo atendí en el boliche!”.

 

Y lo que empezó una tarde lluviosa de domingo terminó un martes por la noche, en la que Carlos “Peje” Ruiz, Cristina Machado y sus hijos marchaban dentro de un patrullero rumbo a un calabozo en Esteban Echeverria, acusado de darle trabajo y alojamiento a personas en situación de vulnerabilidad. No lo dejaron ni pasar por su casa a buscar ropa. “Yo estaba tranquilo, pensaba que no tenía nada de qué preocuparme”. Aún no lo sabía, pero le esperaban tres años en prisión.

 

Hoy, siete años más tarde, Cristina aún asegura “Si él hubiese hablado salíamos enseguida”.

 

Fueron tres años en prisión, se reencontró con su esposa, fundó una iglesia en la cárcel y salió con otra visión del mundo. Pero aún faltaba lo mejor. (continuará).

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