Se cumplen dos años de la inundación que dejó una víctima y cientos de evacuados en Lobos


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Una víctima fatal, 500 personas evacuadas y zonas rurales enteras aisladas. Lo que se vivió en agosto de 2015 en Lobos, dicen sus pobladores, no se vivía desde hacía 30 años. Las explicaciones apuntan en dos direcciones: un nivel de lluvias que alcanzó niveles históricos según el Servicio Meteorológico Nacional y una subejecución del presupuesto para controlar inundaciones y realizar saneamiento hidráulico en la Provincia de Buenos Aires. Ezequiel del Valle, vecino de Barrientos de 24 años, se fue de su casa a caballo a hacer compras para su familia. El agua había crecido un metro veinte y Ezequiel no volvió. Se cree que la gran correntada lo arrastró al cruzar el arroyo El Quemado. El 19 de agosto su cuerpo fue encontrado atascado en una alcantarilla. En este ensayo fotográfico, Fernando Sambade, fotógrafo de ADN Lobos, cuenta cómo se vivió por esos días el desborde histórico de la Laguna de Lobos.

 

 

Después de varios días de lluvia, la laguna está llena, como muchas otras veces. Los datos del pronóstico meteorológico no son buenos y las noticias de los pueblos cercanos tampoco. Tras el desborde y la venida del agua uno empieza a pensar que quizás lo imposible de que llegue hasta acá puede cambiar.

 

 

 

Según el Servicio Meteorológico Nacional, el nivel de lluvias alcanzado fue histórico.

 

A la quinta noche de lluvia el agua me golpeaba la puerta y durante una noche larga y sin dormir comencé a darme cuenta que tenía que juntar a la familia y dejar la casa. ¿Cómo decirles? ¿Cómo hacer para que la angustia de no saber hasta dónde podía llegar esto los atrape?

 

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A la mañana y ya decidido que sí podía pasar, llevé a mi hija a la escuela, ya saliendo de casa donde tuvimos que caminar los cuatro metros hasta el auto por el agua, mi hija me dice “uh papá, mirá, está todo inundado”. Con cara de “no pasa nada”, puse música y la dejé en el colegio. Al regreso, el agua estaba entrando. Hubo que armar bolsos, levantar colchones, heladera, muebles, ropa, cajas. Por suerte tenía adonde ir: era el argumento alentador que repetía. 

 

Una víctima fatal, 500 evacuados y poblaciones rurales aisladas: el saldo de la inundación de agosto de 2015.

 

 

Fueron días raros, de espiar por la ventana cómo subía el agua y qué cosas quedaban tapadas. Camiones de la Municipalidad, arena, tablas de compuertas, canales de tv nacionales, vecinos durmiendo en la junta de fomento y la inexperiencia de todos. Días enteros tratando de que la rutina cambie lo menos posible. No se pudo.

 

 

Después de los primeros siete días, volvimos. Las puertas estaban hinchadas, los marcos arruinados, las paredes mojadas y los pisos de madera ya perdidos. Fueron días con olor a lavandina, trabajar con secadores y amigos que ayudaron.

 

 

Tres días después volvimos a dormir, pero el olor a inundación nos acompañó un largo tiempo. Hubo que reconstruir: cambiar puertas, cambiar pisos y pintar todo. Todavía hoy, como un tatuaje, las marcas de la inundación me siguen acompañando en las paredes de casa.

 

Volver a casa cuando el agua se fue.

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