Andrés Cánchero, diseña naves espaciales para la Nasa pero sueña con volver a Lobos para comer asado


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Trabajó codo a codo con expertos de la Nasa. Vive en Bariloche y prepara un nuevo satélite made in Argentina. Por qué dice que Lobos es una ciudad ideal para generar mentes de exportación.

 

—¡Papá, cuando sea grande voy a ser astronauta!—Muchos chicos han pronunciado esa frase al menos una vez en su vida; pero muy pocos, poquísimos, la cumplen. Andrés Cánchero también lo soñó, y ahora hace cohetes para que otros cumplan ese sueño. Nació en Lobos y se formó en el mundo. Trabajó para la NASA, y aportó su inteligencia para que Argentina sea de los pocos países que lanzan cohetes al espacio y ahora diseña el próximo satélite nacional.

 

La próxima misión espacial de la NASA que por primera vez va a llevar humanos a Marte, tendrá inteligencia lobense. Cánchero, durante su maestría en ingeniería aeroespacial, en Austin (Texas), trabajó dos años en la acústica de los motores cohetes del transbordador. Encerrado en el laboratorio, a la par de los investigadores de la NASA, replicaban a escala la nave espacial y mejoraban el diseño. Muchísimas horas de trabajo en otro idioma, una temática muy difícil, en resumen: “Fue un trabajo que me hizo parir”, reconoce Andrés.

 

Andrés en pleno trabajo

 

Radicado ahora en Bariloche, sus ideas continúan navegando por el espacio, ahora en satélites argentinos. Trabaja en la estatal INVAP, única empresa calificada por la NASA para realizar proyectos espaciales. Allí Andrés es parte del grupo de control térmico satelital, es decir, hace que los materiales del satélite aguanten la temperatura y sobrevivan los años que dure la misión. “El satélite es una caja llena de plaquetas, cámaras y elementos, que tienen que estar entre 80° y -40° centígrados”, simplifica. Si recordamos que la temperatura en espacio exterior es de -270° y que hay satélites que pegan un giro cada 90 minutos alrededor del planeta, por ende, están 45 minutos al sol y 45 a la sombra, no es un trabajo tan sencillo. Así lo resume Andrés: “Cada satélite es un mundo aparte”.

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En estos momentos desarrolla Saucon, un satélite con enorme cantidad de componentes nacionales: un aparato bien argento. Aunque con una conexión tana, ya que también colabora la agencia espacial italiana. Serán dos satélites, el 1A y el 1B (aún no han trabajado mucho en el nombre) que bollarán a 600 kilómetros de la tierra –bien alto-. “Es totalmente distinto al ARSAT, que es de comunicación, estos serán científicos”, explica Cánchero. Por lo que llegamos a entender, estos Saucones van a sacar fotos.

El satélite es una caja llena de plaquetas, cámaras y elementos, que tienen que estar entre 80° y -40° centígrados

En estos viajes por el mundo, pensando cómo llegar al espacio –también hizo una pasantía en Alemania-, extraña a Lobos, pero le encontró una solución. “Delfi es un pedacito de Lobos que viene conmigo”. Se refiere a Delfina Oliver su esposa desde hace cuatro años. “Andrés no solo resuelve satélites, sino también sabe calcular cuánta agua se necesita para cocinar un risoto”, confiesa entre risas su esposa. “También es super interesante escucharlo hablar de su trabajo, aunque algunas cosas son muy locas”, se sincera “me cuesta creer que hay una estación espacial llena de gente que da vueltas a la tierra cada una hora y media”.

Andrés y su esposa, Delfina

 

El vuelo de Andrés por el espacio exterior, al principio, fue muy turbulento. “Cuando rendí el examen de ingreso, me re partieron”, confiesa. Insistente, volvió a probar en febrero, “otra vez me bocharon”, se ríe. Al final hizo el curso de ingreso que duró un mes y empezó a remontar. “La vocación fue creándose de a poco durante la carrera”, explica. Mientras más de uno, al escuchar que estudiaba ingeniería aeronáutica, le preguntaba ¿y de qué vas a trabajar? “Ya veré”, era su respuesta. Mientras confirmaba que las matemáticas eran lo suyo.

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“¡El Chino era un crack!”, lo define por el sobrenombre, Juan Martín Gibessi, amigo desde los tres años y compañero de estudio “llegaba con la teoría leída pero ni un ejercicio hecho al examen práctico: ¡y clavaba un 10! El día previo a rendir la materia filtro de la carrera, no estudió, se la pasó escuchando Pink Floyd”. Y sí, también aprobó.

 

Como dijimos, ahora trabaja en Bariloche, y si bien el paisaje es de ensueño y todos los días hace lo que le apasiona, tiene un problema, para todo lobense, grave: “acá la carne no es muy buena”. Reconoce que en Lobos, “el asado se hace solo”. Y es que asar es otra de sus pasiones, y una tradición de familia: “aprendí de mi hermano Joaquín y de mi viejo, Miguel”, sonríe Andrés “no solo nos gusta hacerlo, sino también comerlo”.

 

Cuando rendí el examen de ingreso a ingeniería aeronáutica, me re partieron

 

Lobos es su lugar para asar, pero también para encontrarse con amigos y familia, “eso que no se puede reemplazar en ningún lugar del mundo”. Cada vez que vuelve, no deja de jugar algún picado de básquet o ir a ver jugar a sus hermanos a fútbol. Mariano Cánchero, uno de los mejores jugadores de la liga, periodista deportivo y director de El Autografo, es uno de los grandes interrogantes en su familia. Se lo preguntamos a Andrés: ¿Cómo puede ser que vos envíes cohetes al espacio exterior y tu hermano aún no sepa manejar un auto? “Cada uno tiene sus fortalezas y debilidades”, contesta entre carcajadas “yo no podría escribir tan bien como él. Ya le va a salir, mientras que agarre la bici que no es mal ejercicio.” Y relativiza su tarea: “Tampoco es tan difícil enviar naves al espacio, es cuestión de saber donde leer y luego probar y equivocarse hasta que salga bien”.

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De Lobos también rescata su ubicación estratégica para que la juventud pueda estudiar tanto en Buenos Aires como en La Plata, “es una gran ciudad para generar mentes de exportación. ”. Y se entusiasma con el tema: “Soy un convencido que la juventud no está perdida, es solo cuestión de esfuerzo, estudio y pasión”.

 

Hablando de pasión, el proyecto que más lo ha apasionado fue aportar al primer lanzador de cohetes al espacio de la Argentina: el proyecto Tronador. Son menos de diez países los que pueden enviar naves al espacio, “y nosotros podemos ser uno de ellos”, se ilusiona Andrés.

 

Sobre el final y ya entrando en confianza, le planteamos dos preguntas que siempre quisimos hacer a un ingeniero aeroespacial:

 

La primera. ¿Qué tan lejos estamos del pronóstico de Menem de tomar una nave espacial, subir a la estratosfera y llegar en una hora y media a Japón?

—No estamos tan lejos, se está abriendo el comercio espacial con empresas privadas. En su momento fue de ciencia ficción, pero nada nos dice que en unos años no podamos hacer lo que dijo el Turco. Igual en una hora y media parece muy poquito…

 

La segunda.  ¿Desde el punto de vista de la ingeniería espacial, hay una fórmula concreta para acertar los números de la quiniela?

Si la tuviera no estaría acá, mirá que yo largo la ingeniería espacial a la mierda, no me importa nada. Pero si algún día la descubrimos, te invito a comer un asado.

 

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