Acusada del homicidio de su ex pareja por defenderse, Ayelén Roldán habla desde la cárcel: “La Justicia me dejó sola”


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Ayelén Roldán es lobense y tiene 20 años. Fue detenida el 9 de diciembre de 2016 por el homicidio de su marido (Alejandro Brizuela), a quien había denunciado en cuatro oportunidades por violencia de género. Tiene una hija de dos años y un bebé que nació en la cárcel. Esta entrevista que dio a ADN Lobos desde el penal de mujeres de Los hornos fue publicada el viernes 2 de junio en el diario La Palabra a modo de adelanto. Anoche se informó oficialmente que, a partir de un hábeas corpus presentado por su familia, el juez concedió a Ayelén Roldán la libertad. Esta es su historia completa.

 

“No te guíes por las fotos porque está totalmente distinta”, avisa María Lettieri, mamá de Ayelén Roldán. Y es que desde el 9 de diciembre a Ayelén, de 20 años, la vida le cambió por completo: quedó detenida por homicidio al defenderse de Alejandro Brizuela, su pareja, a quien había denunciado cuatro veces por violencia de género; pasó las fiestas en el penal junto a su nena de 2 años y dió a luz a su segundo hijo atada a la cama del hospital San Martín de La Plata. Desde hace seis meses está detenida en prisión preventiva por lo que ella define como una combinación de mala suerte y ausencia de la Justicia. Y aunque lo que vivió “es insoportable” y no ve la hora de salir en libertad, dice que duerme tranquila como desde hace años no podía hacerlo.

 

El 9 de diciembre fue un viernes de verano común. “Alejandro se había despertado de buen humor”, se acuerda Ayelén, “eso fue lo único raro”. Brizuela estaba viviendo en la casa pero la pareja estaba separada y Ayelén cursaba el tercer mes de embarazo de un noviazgo posterior. Ese día Alejandro recibió una moto que había comprado, asi que a eso de las seis de la tarde llegó a la casa y le dijo a Ayelén que salieran a dar una vuelta. Ella no quería: la nena estaba enferma, la moto era enorme y Alejandro aún no sabía manejarla. Pero entre ellos no había margen de negociación, asi que la mamá y la hija se subieron a la moto. A los pocos metros, cerca de la entrada, una rueda mordió un pozo de costado y las chicas se fueron al piso. Ayelén se levantó furiosa y se metió en la casa para lavarle la cara a la nena, que tenía un pómulo raspado.

 

– Andate y no vuelvas- le gritó mientras corría a la cocina- Si querés matarte, matate solo.

 

La casa donde vivía la familia está en Cardoner 1929. Es chiquita: tiene una habitación y un baño. La puerta de entrada no tiene más seguridad que una tabla de madera que cierra desde adentro y, desde afuera, se abre metiendo la mano para levantarla. Por eso, cuando entró a la cocina, Alejandro la siguió y pudo meterse sin problemas detrás suyo. Él se le fue encima y Ayelén quedó sobre la mesada: vio los platos todavía sucios, una pila de tuppers y una cuchilla de cocina que alcanzó a levantar. Mientras ellos forcejeaban, su hija, en la misma habitación, lloraba. Con el peso de Alejandro sobre su espalda, Ayelén estiró el brazo donde tenía la cuchilla, que entró en la zona de la axila izquierda de Brizuela y le provocó un corte de ocho centímetros de profundidad. “Nunca había visto tanta sangre en mi vida”, recuerda Ayelén. Lo llevó a la vereda, lo recostó y mientras le sacaba la remera para atársela al brazo empezó a gritar y pedir ayuda. En un minuto, la prenda negra se empapó de rojo. Los vecinos empezaron a llegar, se sumaron cuatro patrulleros y una ambulancia, que se llevó a Alejandro. Según declararon los médicos, de camino al hospital él repetía que todo había sido un accidente: “se encontraba tranquilo”, declaró  Sebastián David Zaccara, que cumplía funciones de guardia en el Hospital de Lobos esa tarde. Y agregó: “minizaba la situación y no manifestaba rencor hacia su pareja, dando a entender que no fue intencional”.

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Por la zona del corte, la arteria axilar de Brizuela quedó comprometida y la hemorragia se hizo difícil de frenar. Perdió tanta sangre que le causó un shock hipovolémico y minutos más tarde, en el quirófano del hospital, un paro cardiorespiratorio le causó la muerte. En esto, dice Ayelén, “tuve muy mala suerte”. “Quería evitar que nos lastimara a mi o al bebé, quería asustarlo, no matarlo”. La fiscal a cargo de la causa, que descree su versión, pide para ella cadena perpetua; habla de puñalada en vez de corte y la acusa de homicidio agravado por el vínculo. Por su parte, la defensora pública que asesora a la joven pide para ella la excarcelación.

 

Ayelén contó a este medio que había denunciado a Brizuela cuatro veces durante 2016, gracias a la insistencia de su mamá. La primera vez que lo hizo fue en enero, con la mandíbula desencajada. Otras dos fueron en julio, cuando Brizuela dejó a su mujer y a su hija golpeadas y a la casa totalmente destrozada. La policía le dijo que no tenía móviles para enviar, que por favor sacara fotos con su celular para que quedara registro de las pruebas. Pero Alejandro le había sacado el teléfono (era frecuente que la dejara incomunicada) y la casa estaba llena de vidrios rotos. Después de esperar tres días a la Policía, Ayelén se cansó y limpió todo. La última denuncia fue en noviembre, cuando se había ido a casa de su mamá con la nena y Brizuela la fue a buscar. “Estábamos comiendo y empezamos a sentir piedrazos contra la casa, el techo, las ventanas -dice-. Para cuando llegó la policía él ya se había ido”. Solo una vez Alejandro quedó detenido: estuvo demorado cuatro horas y lo liberaron. En eso, dice Ayelén, “la Justicia me dejó sola”. Aunque en ese momento las denuncias no parecían servir de mucho, hoy son la única prueba que respaldan su versión de que intentaba defenderse cuando le causó la muerte.

 

 

 

Esa tarde ya eran las 19 cuando Ayelén se fue al Hospital detrás de la ambulancia, la llevó un patrullero. Dos horas más tarde, cuando el médico les comunicó que Brizuela había fallecido la Policía la esposó y se la llevaron a declarar. Saludó a su hija con un beso y no volvió a su casa nunca más. Hasta el 22 de diciembre estuvo en un calabozo de la Comisaría de la Laguna que compartía con otras dos mujeres acusadas de robarle a una mujer mayor.

 

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– Las dos se la pasaban diciendo que estaban arrepentidas. Yo les cuestionaba, “¿por qué lo hicieron si no querían?”. Y ellas me preguntaban lo mismo a mí. Yo lo hice para defender la vida de mis hijos. “¿Y por qué no te fuiste de tu casa antes?”, me decían. Pero yo no podía.

 

Desde que se abrió la causa, Ayelén no tiene abogada: dice que es inocente, que no la necesita. “De todas formas no podríamos pagarla”, había dicho su mamá varios días antes. La Justicia le asignó una defensora pública, que esa misma semana pidió el traslado a Los Hornos, para que pudiera estar con su hijita mientras permaneciera detenida.

 

En la unidad de madres del penal de Los hornos conviven embarazadas y mujeres con sus hijos de hasta cuatro años. Los jueves, los sábados y los domingos sus familias llegan con bolsos enormes con comida, ropa, pañales y cuatro guardias se encargan de revisar todo. Pasan la yerba a una bolsa, aplastan un alfajor y filtran las remeras con transparencias y breteles finitos. La colonia de baño no pasa. Verduras y frutas, solo tres de cada una. El pollo, trozado la próxima, por favor. ¿Y esto qué es? No podemos meter un anafe. Un padre rezonga: “me dijo que hace una semana que no tienen agua caliente” y las guardias ceden, van a preguntar y ver si pueden pasarlo la próxima semana.

 

Ayelén llegó al penal justo un día antes de Noche Buena. Al día siguiente, el 24 de diciembre, le llevaron a su hija de un año y medio: comieron carne y ensalada, pan dulce, recibieron a Papá Noel junto a otros chicos que viven en la cárcel. Después pusieron música y bailaron. Vieron los fuegos artificiales de los vecinos de La Plata por el cuadrado de cielo del patio. “Eso fue lo más lindo”. El 31 fue totalmente distinto. No había que forzar un clima festivo para los chicos, asi que cenaron y se fueron a dormir temprano: el balance anual las aplastó a todas. No tiene dudas: “de todos los días que estuve acá adentro, la noche de Año Nuevo fue la peor”.

 

Cuando llegó a Los Hornos la ubicaron en el pabellón evangelista, que es “dentro de todo, tranquilo”. Los pastores les cambiaron un viejo televisor de 14 pulgadas por uno de 29. Agarra dos canales: América, que los sábados queda fijo para ver Pasión de sábado, y el Trece, que tiene algunas novelas y el programa de Guido Kaszka. También les enseñaron a hacer facturas, pan y libritos de grasa. La primera semana una interna le avisó que iba a tener que pagar el derecho a piso y las demás compañeras le contaron cuáles eran sus riesgos: podían abusar de ella o molerla a piñas. Lo primero le daba pavor, a lo segundo ya se había acostumbrado.

 

De noche, las ratas corretean por el penal y las mamás se duermen con un ojo abierto. Ya hubo bebés mordidos de madrugada. “Este no es un lugar para un chico -dice-. Acá aprenden cosas de lo que ven hacer a algunas presas, se empujan, se pelean, se ponen violentos”. Por eso, dos meses más tarde, Ayelén decidió que la nena se vaya a vivir con su abuela y el 22 de febrero se quedó sola en su celda del pabellón 9, solo acompañada por el bebé que seguía creciendo adentro de su panza.

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Cuando se fue su hija el embarazo empezó a complicarse y esa misma semana llegó a tener 120 palpitaciones por minuto y rompió bolsa en la semana 32. Dice que perdió muchísimo líquido amniótico y dejó un enchastre por cada lugar que pasó. La ambulancia que la trasladó al San Martín quedó inundada. Llegó esposada y no le gustó como la miraron.  “Acá adentro, mientras no hay lío, me olvido que estoy presa. Pienso que estoy compartiendo una casa con otras mujeres. Pero cuando salís esposada y ves cómo te miran te das cuenta: no estás en una pensión, estás en una cárcel”.

 

Sostenida con una patera a la camilla del hospital, Ayelén Roldán tuvo a su segundo hijo por cesárea, un varón que nació prematuro y se quedó un mes entero en observación. Mientras ella estaba internada (no salió hasta el 1 de marzo), una de sus compañeras le robó todas sus cosas. “Tuve que pedirle a mi mamá que me reponga todo. Me habían sacado hasta las medias”. Una semana más tarde, un grupo de chicas le dio una paliza a la interna más revoltosa y la sacaron del penal con la cara desfigurada. Ayelén había salido para amamantar a su hijo y se salvó de la sanción colectiva.

 

 

 

Duerme tranquila, pero algunas noches sueña con lo que pasó. Se le aparece la foto del tajo en el hombro de Alejandro como una imagen fija. Sus compañeras la animan, le dicen que no se venga abajo, le cortan y tiñen el pelo, le depilan las cejas. Los días de visita, le ponen sombra azul en los ojos. Es el gran evento de la semana y empieza a las diez de la mañana. La salida es la peor parte: pueden hacerlo a las 12:30 o a las 14:30. Primero se llevan a las detenidas, los guardias chequean que no falte ninguna. Después las visitas se van yendo otra vez por turnos. Primero salen los hombres y después las mujeres (buscan estar seguros de que ninguna se camufle entre sus parientes). Ya solas, las mamás de las detenidas se quedan hablando. ¿Y la tuya para cuánto tiene? ¿Cómo la agarraron? ¿En qué pabellón está? ¿Cómo la tratan? Varias mujeres están detenidas por causas similares a las de Ayelén.

 

Antes de irse con las demás detenidas, Ayelén se arremanga el pantalón y muestra un tatuaje con las iniciales “A. B.” en su pierna derecha. “Alejandro tenía las mías en el mismo lugar”. Cuando salga, quiere instalarse en un departamento con sus hijos, trabajar para mantenerlos y que puedan estudiar. No descarta formar una nueva pareja y quisiera volver a ser mamá para saber cómo es un embarazo normal. También quiere estudiar una carrera: le gusta enfermería. “Con todo lo que pasó, creo que ya nada me impresiona”. El primer día que esté afuera quiere ir al Cementerio: “todavía no caigo que no lo voy a volver a ver”.

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