Tiene 101 años y solo una vez fue al médico


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Se levanta a 6 de la mañana pero se va a dormir a las 8 de la noche. Atravesó 6 golpes de estado, vio a 24 presidentes y es el testimonio vivo del Lobos del siglo XX, por primera vez, cuenta su historia María Esther Petraglia de Villamil

 

La primera guerra mundial estaba en plena masacre, la fabricación del Ford T iba sobre ruedas y Henry aún ni sospechaba cómo sería el modelo A, acá en Argentina los padres de Diego Armando Maradona aún no habían nacido (de hecho ni existían los mundiales de fútbol); era el año 1916. En Lobos, un pueblito de 5.000 almas, un 17 de agosto nacía María. Hoy, 101 años después, María Esther Petraglia de Villamil sigue viviendo en nuestra ciudad, es la lobense con mayor edad y decidió que llegó el momento de contar su propia historia. Una historia de más de un siglo que es parte de la piel de Lobos.

 

“Me acuerdo de cuando lo sacaron a patadas a Irigoyen”, hace apenas 87 años –María tenía 14- “fue Uriburu con el caballo. Yo me había puesto una boina colorada, porque venía un revuelo bárbaro, todos de boina colorada, bueno, yo también me la puse”, se ríe María como si contara sobre su último cumpleaños. Vivió 6 golpes de estado, tuvo 24 presidentes (incluidos los tres que pasaron en una semana) y una sola vez fue al médico.No usa el audífono, tampoco usa celular “dicen que trae enfermedades” advierte, ni sale mucho a la calle; pero está al tanto de todo. “Ahora dicen que no viene el Papa a la Argentina”, e interroga con los ojos entrecerrados “¿No será un pillo este?”

 

Y eso que el Papa le cae bien, son del mismo equipo, San Lorenzo. Y su casa así lo atestigua: el florero del centro de la mesa tiene el escudo del club “ese me lo regaló el Negro, mi hijo”, hay un banderín colgado del modular. “Yo le pido al Papa, que nos haga ganar”, parece que a pesar de las sospechas, aún le conviene tenerlo de su lado.

 

Ahora dicen que no viene el Papa a la Argentina ¿No será un pillo este?

 

Hija de Carmen Colela y Antonio Petraglia, María es la más joven de seis hermanos y tres hermanas, algunos de los cuales empezaron a nacer a finales de 1800. “Pero yo me acuerdo de todo”, aclara María “desde los cuatro años me acuerdo, iba con mi mamá de la mano a un casamiento; yo tenía un sombrero y un tapadito murciélago ¡Porque me vestían bien, me daban todos los gustos!”.

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María en 1933

 

Esa misma nena, una década después, ya caminaba sola por el paseo de la calle 9 de Julio, la salida obligada de los fines de semana. “Pasaban 4 muchachos ¡cuatro cafishos eran!, con sombrero cacerolita, muy paquetones de traje” relata María y parece que me mira, pero en realidad sus ojos están allá por 1930. “Le digo a mi hermana: a mí me gusta el del lado de calle. Y ella me dice: tenés razón, que cafiolo que es!”

 

Y habrá que creerle, porque así lo recuerda ella: lindo, alto, delgado, llevaba pantalón Oxford. Se llamaba Domingo Florencio Villamil, “y tenía 5 años más que yo”.

 

Era mecánico, así que con 20 años ya tenía su autito, y lo aprovechó para hacerle varias veces la pasada por la casa de la familia Petraglia. Hasta que María le pide asilo amoroso a su cuñada “para hablar nomás”, aclara. Así estaban, hace 80 y pico de años, hablando en la vereda cuando pasa Pedro, uno de los seis hermanos varones y la ve. Recién al otro día la interroga, pero María retruca: “¡novio mío no es! Pasó por ahí y como me conoce se paró a conversar”.

 

Le digo a mi hermana: a mí me gusta el del lado de calle. Y ella me dice: tenés razón, que cafiolo que es!

 

No fue muy convincente la explicación, así que invitaron al muchacho a la casa de los Petraglia para que mostrara sus intenciones. Parece que eran serias, después de 10 años de novio, Domingo Florencio la llevó al altar y pasó a llamarse María Esther Petraglia de Villamil.

 

“¡Ay, como íbamos a los bailes!”. A la Sociedad Española, a la romería de la Plaza Italia “yo bailé ahí cuando se inauguró”, sí, cuando se inauguró la plaza. También en la Tucumán. “Venían unas orquestas hermosas”, el tango copaba las noches lobenses. “Pero lo que más me gustaba era el charlestón; por eso tengo la columna toda chueca ahora, de bailar charlestón”, explica María sin pesar “ay, como me gustaba…”. Si tiene claro que las nuevas propuestas musicales no son de su agrado: “ahora es todo chinqui-chingui,  lo chicos hacen esas mojigangas, que se rompen todos, no me gusta”.

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Hablando de música. “Me gustaba la marcha peronista”, recuerda María y canta mientras aplaude “los muchachos peronistas…”. La lobense más longeva, también estuvo ahí: “Como no me voy a acordar cuando vino Perón a Lobos, era un hombre grandote; yo no era peronista pero me gustaba la marcha”.

 

 

Después de Perón vinieron las copas del mundo, y María se las festejó a las dos. “En el ’78 salimos corriendo, dejamos todo abierto y nos fuimos a la plaza, yo dejé todo abierto, total en esa época nadie entraba”. Ocho años después, con Maradona brillando en México (sí, pensar que cuando nació María ni los padres de Diego habían nacido), volvieron los festejos. “Ahí ya lo vimos por la tele”, y se sorprende del avance tecnológico como si fuera de esta década.

 

En realidad ella prefiere más la época de la radio “Chispazo de traición, El mantero de la Luz”, son las radionovelas que aún recuerda. “Rafael Díaz Gallardo, tenía una voz bárbara, Cacho Fontana, qué voz! hace mucho que no lo veo…”, será también que Cacho ya pisa los 85. “Por la radio me gustaba porque te imaginaba todo”, explica María pero: “las novelas de ahora no me gustan, mucho besuqueo”.

 

Ahora por la televisión mira solo fútbol. Obviamente a San Lorenzo, aunque esa nueva moda de los futbolistas tatuados: “algunos parecen que tiene una camiseta puesta… eso no sale más, una porquería”, y da sus motivos “escuché por la radio que eso trae enfermedades, y tiene que ser”.

 

“Sesenta años hace que somos amigas”, cuenta Susana Morales, compañera de María. “Me pide que pase todos los días a visitarla, pero yo todos los días no puedo!”, se queja Susana pero le da un beso. Con 75 años, ella es “la nena” para María. Y es con ella que escuchamos la anécdota de la única vez que María fue al médico.

 

María con Susana

 

“Yo tenía algo en el labio”, recuerda “y cada vez se me hacía más grande. El médico de nuestra familia era el doctor Barraza”. Al escuchar a su amiga Susana larga la risa pide “decile que te cuente cuándo fue! Si Barraza se murió como en el ‘50”. Y así es, el único cruce con la medicina fue en el año 1941, cuando María estaba a punto de casarse y “el doctor me salvó el labio” de un ántrax. Después nunca más.

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“Remedios mi cuerpo no tiene”, exclama orgullosa. Pero investigamos y descubrimos que miente. Toma una pastilla para la presión y a veces alguna bayaspirina; está claro, así cualquiera llega a los 101 años.

 

-María Esther ¿Cuál es el secreto para vivir 100 años?

 

– A mi me funciona porque me gusta la alegría. Cantar, chichonear, las palabras escabrosas, rezar, bailábamos con mi marido en el comedor. No hay que ser seco.

 

Ella cuida su jardín, tiene 43 macetas

 

Como de todo, me levanto a las 7, a veces a las 6, a veces me levanto porque me pide de ir al baño, pero me baño sola, se me pasa la mañana rápido, soy lerda porque tengo miedo de caerme, la vez pasada me caí por tirarle con un bidón a un sapo.

 

De noche poco, a las 6 ya he comido, líquido poco porque sino me tiene mal. Si quiero me amaso unos ravioles o tallarines. La casa la limpio sola. Viene una chica una vez por semana pero mejor limpio yo.

 

La chica que va es Carina Achilli, que la ayuda desde hace tres años. “Le hago los mandados pero no mucho más”, reconoce Carina “el resto lo hace todo ella sola, hasta las macetas arregla ella”. Entendiendo que tiene 43 macetas en su cuidado jardín, no es poca tarea.

 

-Me baño sola, me lleva dos horas, pero no me baña nadie. Me corto las uñas, me pinto las uñas de los pies, ahora no tengo esmalte pero siempre me pinto. Y nunca fumé. Antes tomaba ginebra, mientras bordaba o tejía para afuera, que buena que te hacía. Ahora ya no.

 

Pensamos que la ginebra podría ser el secreto, pero la dejó de tomar y sigue más viva que nunca.

 

-¿Y nunca piensa en la muerte?

 

-No, yo no quiero pensar en la muerte. Aunque a veces no me puedo dormir y pienso, ¿por qué tenemos que morirnos?

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